El arte de lo cotidiano

"La casa", Paco Roca (Astiberri)

Algo que me ha entusiasmado siempre de Paco Roca como autor es esa maestría para saber tocar la imaginaria tecla que va directa al corazón. Ya lo demostró de sobras con su obra maestra, “Arrugas”, y en el resto de su posterior producción, además de deleitarnos con argumentos de lo más interesantes, siempre hay uno, o varios momentos, en los que una situación, una frase, nos llega directa, impactándonos con la fuerza de un invisible puñetazo: Las vidas de los vecinos de hotel del protagonista de “Las calles de arena”; La gris existencia del inflexible editor de Bruguera en “El invierno del dibujante”; Esa reunión de viejos amigos, eternamente postergada en una de las anécdotas de “Memorias de un hombre en pijama”…: Una narración que se mueve en las lindes del realismo mágico;  Momentos enmarcados dentro de la Historia de nuestros tebeos; O sinceramente autobiográfica; Y también recuperando la hazaña de unos valerosos luchadores.

Todo para llegar a esta última obra firmada por Paco Roca, “La casa”. En ella se nos narra el regreso de unos hermanos, dos hombres y una chica (Vicente, José y Carla), al chalecito en las afueras en el que compartieron toda una infancia y juventud, llena de anécdotas. El padre de los protagonistas ha fallecido recientemente y la idea de los hermanos es adecentar un poco el lugar para poder venderlo. Pero una vez van llegando no pueden evitar que una marejada de recuerdos los ahoguen, preguntándose algunos el por qué de la forma de ser del desaparecido cabeza de familia, o ese “amor” que tenía por aquella parcela, volcándose en ella y, por supuesto, involucrando a su familia. De esta manera iremos conociendo la historia de estos personajes que podríamos ser nosotros, o unos vecinos. Seguro que el lector se identifica con alguno de ellos.

Lo que solamente iba a ser un largo fin de semana de reparaciones se convierte en un regreso al pasado, a escarbar en los recuerdos que, como descoloridas fotografías, van aflorando en cada rincón del lugar, para finalmente unir a los hermanos, que estaban algo alejados últimamente y volver a recuperar, aunque solo sea por unas horas, ese nexo que los unía.

En el camino seremos testigos de esos momentos de los que os hablaba anteriormente, como la razón de por qué al padre le gustaban tanto los higos o, de una manera que transmite una infinita tristeza, los últimos días del anciano, que a pesar de mejorar de un bache en su salud, parece rendirse ante lo inevitable.

Recorremos una senda para concluir con uno de los finales más redondos de la obra de Roca, y más demoledores. La realidad se impone ante todo, los recuerdos, las buenas intenciones… Todo, todo queda atrás ante un solitario cartel y una higuera. Pero así es la vida.

Y Paco Roca, siempre inquieto, no se duerme en los laureles gráficos y nos ofrece una narración que, partiendo del formato apaisado, se detiene en los objetos, una rama de un árbol seco, la hojarasca acumulada, un contenedor repleto de basura, para ir sumergiéndonos en esta historia, esta última carta a ese padre que se ha ido, a los recuerdos de la infancia, momentos irrepetibles a los que muchos de los que hemos leído esta maravilla no nos son para nada ajenos.

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José Luis Vidal

Cómo si del Tío Gilito se tratara, vivo sumergido entre cientos de cómics, libros, deuvedés, figuras de colección, cedés... Pero si no fuera así, no sería yo, así que siempre quiero MÁS, MÁS y MÁS!!!!!! (Se admiten donaciones y/o regalos)


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