Como un tiro

"100 Balas", Brian Azzarello, Eduardo Risso (ECC Ediciones)

Cumbre del nuevo noir, a la misma altura de las novelas de clásicos modernos como Dennis Lehane o de los filmes más inspirados de John Dahl, “100 balas” es sin duda alguna una de las series más influyentes en el cómic de finales de los 90 y principios del nuevo milenio, así como una de las obras fundamentales del noveno arte. Así, sin más. En su acertada y hábil mezcla de géneros -pulp, thriller conspiranoico, noir, folletín…- el guionista Brian Azzarello y el dibujante Eduardo Risso, matrimonio creativo más que bien avenido, arrasaron entre público, crítica y colegas: además de ventas más que abultadas y una adaptación para la pequeña pantalla de la que se lleva hablando años, “100 balas” arrancó en su momento elogios de autores totales tan reverenciados como Howard Chaykin y fue presencia habitual en los dos galardones más preciados en el mundo de las viñetas, el Harvey y el Eisner.

Precisamente con el genio que diera nombre a dicho premio, Will Eisner, y con su capacidad para narrar historias universales a través de microcosmos magistralmente descritos y personajes secundarios inolvidables (¿no era eso “The Spirit”, amigos, y no el bodrio que entregó Frank Miller en celuloide?), tiene mucho en común “100 balas”. Y este volumen, sexto en la reedición que emprendió ECC Ediciones hace unos meses en nuestro país, no es para menos: en los números 51 al 60 que aquí se comprenden, unos Azzarello y Risso en perpetuo estado de gracia, nos narran la odisea de Wylie Times, otro de los peones atrapados en esa partida de ajedrez eterna entre los Milicianos y el Trust, en una Nueva Orleans donde no faltan tugurios de baja estofa, matones sin escrúpulos, ajustes con ese pasado que nunca olvida y estremecedores cara a cara con el destino.

Pero la narración, un thriller de alto voltaje, no solo funciona como un tiro, sino que también cuida en todo momento los detalles ínfimos, las tramas secundarias y una galería de personajes tal que no extraña en absoluto que Warner Bros. y Showtime hayan andado a la gresca suspirando por convertir estos guiones en material televisivo. La historia de Gabe, músico tullido con un don prodigioso, es puro Eisner. Como también lo es la de Wally, ese marido cornudo que no duda en descerrajarse la cabeza de un tiro por puro amor fou, una historia que cala hondo a pesar de estar resuelta en apenas ocho viñetas. Incluso Lono, auténtica máquina de matar al que conocemos también de anteriores episodios, aquí obligado a convertirse en extraña pareja de Loop, otro sospechoso habitual en la trama urdida por Azzarello en “100 balas”, no desentonaría un ápice entre la fauna humana de Central City, esa jungla de asfalto donde Denny Colt esquivaba otros tantos proyectiles.

Diálogos para enmarcar, tipos más duros que un bollo de dos semanas y un ritmo endiablado, que engancha a la primera viñeta y no te suelta hasta la última, beneficiado además por el trazo a lo Mignola de un Risso siempre en pluscuamperfecta comunión con su compinche guionista, hacen de esta nueva entrega de “100 balas” otra delicia más a guardar como oro en paño en la recámara. Y como las grandes novelas, aunque estés deseando que lleguen las próximas entregas, temes también el momento del fin. ¡Y eso que es una reedición, diantres!

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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