Mensajero del futuro

"Ronin", Frank Miller, Lynn Varley (ECC Ediciones)

Aun recuerdo, como si hubiera pasado ayer, el día en que cayó en mis manos el primer ejemplar de “Ronin”, en aquella lustrosa edición que publicara en nuestro país Zinco. El estado neblinoso en el que mi mente me revive aquella etapa de devorador de viñetas logra que confluyan en el mismo espacio-tiempo dos obras para mí fundamentales en mi educación comiquera, y que compartían extrañamente cierta similitud en su punto de partida: este “Ronin” que nos ocupa, que comenzó a publicarse en EE. UU. en 1983 y “Camelot 3000″, la epopeya neo-artúrica de Mike W. Barr y Brian Bolland, cuyo primer número vería la luz a finales de 1982. Ambas obras gráficas comparten posesiones y reencarnaciones a través del tiempo, la confrontación entre un futuro tecnológico y un pasado heroico, una narración épica inspirada en iconos mitológicos -allá el Japón feudal y sus samurais, acá la Inglaterra de la Mesa Redonda y sus caballeros- y unos personajes que, en la mente de un lector adolescente, se clavaban en la memoria para siempre.

Claro que hasta ahí las similitudes, pues mientras Barr y Bolland se aplicaban como (inspirados, eso sí) artesanos a contarnos el cuento de siempre disfrazado de epopeya sci-fi, el bueno de Miller se entregaba a un frenesí creativo decidido a romper los límites de la narrativa gráfica y abrir nuevos caminos a eso que llamamos noveno arte. Y vaya si lo consiguió: “Ronin” se haya a medio camino entre la etapa -digamos- clásica de Miller, ésa que comprende sus primeros trabajos para Marvel (“Daredevil”, “Wolverine”), y el paso de gigante que supuso tanto para él como para la industria del cómic el ya legendario “Batman: The Dark Knight Returns” para DC. Dispuesto a experimentar sin temor al riesgo, Miller se inspiró en el manga “Kozure Okami” -conocido en EE. UU. como “Lone Wolf and Cub”- y aplicó a la historia de “Ronin” las tradiciones japonesas que tan buenos resultados le habían dado en su flirteo autoral con “Lobezno” para narrarnos una odisea futurista, de tintes apocalípticos y no exenta de momentos terroríficos (el pasaje en la oscuridad de los caníbales es puro horror) hilvanados con otro de exultante belleza (las fugas oníricas de Billy Challas, el protagonista, como Ronin; la desnudez no solo física sino también emocional de la agente Casey). Mención aparte merece el tratamiento del color de Lynn Varley, todo un festín sensorial, y la perfecta simbiosis entre la tradición del cómic yanqui y la innovación del tebeo europeo (con referencias, trazos incluidos, al maestro Jean Giraud aka Moebius)

Y es que Miller sabía, viejo zorro ya entonces, que lo que contaba era lo de menos. Importaba más cómo lo contaría. El enfrentamiento entre el Ronin, un samurai sin dueño eternamente obligado a recuperar su honor, y el demonio Agat, un ser tan milenario como poderoso, servía como excusa para una historia bigger than life, que no hacía ascos a nada: la ciencia ficción especializada en futuros distópicos, la crítica a las sociedades tecnificadas en exceso y en detrimento de los valores humanos, menciones a la lucha de clases y el temor a las grandes corporaciones, el avance imparable de la biotecnología… Como toda obra maestra, “Ronin” sigue siendo hoy día, 21 años después de su aparición, un prodigio narrativo y gráfico, un título mayúsculo en la Historia del Cómic. Y convirtió a Miller en todo un visionario, capaz de anticiparse a fórmulas y temas explotados en los años venideros tras “Ronin” hasta la saciedad.

No hay que ser un lumbreras para rastrear su impronta en buena parte, no ya del cómic (empezando por el mismo Miller: su “Sin City” debe mucho a los hallazgos que encontrarás en “Ronin”) sino del audiovisual de los últimos años. Lean si no este cómic y disfruten luego de “Matrix” y sus secuelas. Seguro encuentran más de una similitud, de un guiño, de una referencia. Incluso alguien tan, al menos en principio, ajeno a Miller como el animador  Genndy Tartakovsky (“Las Supernenas”, “Hotel Transilvania”) ha confesado a los cuatro vientos que su “Samurai Jack” le debe todo a “Ronin”. Mucho se ha hablado de su traslación al cine, con nombres como Darren Aronofsky o Sylvain White tras las cámaras, y hace tan solo unos meses nos sorprendía el anuncio del canal SyFy -¡oh, cielos!- de convertir el cómic en una miniserie.

A la espera de que se le haga justicia dos artes por debajo, en el séptimo, las nuevas generaciones pueden disfrutar de esta masterpiece en la edición integral que ha publicado ECC Ediciones en nuestro país. Una joya -se echa en falta tan solo una tapa dura o algunos extras como los que acompañaban aquella edición Absolute publicada en 2008- que un buen día nos legó el mejor Miller, aquél que parecía sin duda un mensajero llegado del futuro.

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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