Un placer de mil demonios

"Hellboy Volumen 3", Mike Mignola, Duncan Fegredo y otros (Norma Editorial)

¡Estamos de enhorabuena! Por fin llega a nuestras manos el tercer y esperadísimo volumen de las aventuras de “Hellboy”, la última entrega de una recopilación de auténtico lujo emprendida con loable acierto en nuestro país por Norma. En las más de ¡800 páginas! que encierra este preciado tomo, el fan de la criatura más emblemática de Mike Mignola encontrará nueve aventuras, a cual más indispensable por una u otra razón.

En “La oscuridad llama”, y tal y como relata en el esclarecedor prólogo que da pie a la obra de la mano del editor Scott Allie, seguimos al protagonista tras los acontecimientos descritos en “Lugares extraños”, otra aventura gráfica de lo más recomendable, incluida en el segundo volumen de la recopilación. La lucha encarnizada entre nuestro querido demonio y la Baba Yaga, esa gran hechicera, continúa aquí en todo su esplendor, y los lápices de un entonadísimo Duncan Fegredo, mas allá de mimetizarse con las líneas y sombras de Mignola, se calzan como un guante al relato, combinando con maestría pasajes tétricos, batallas épicas y sí, también, momentos cómicos no exentos de ese toque surrealista tan propio de la casa (véase por ejemplo el encuentro con un domovoi, espíritu doméstico ruso). En Fegredo, recomendado a Mignola por el animador y dibujante Glen Murakami, se revela en éste su primer trabajo para la serie como un acierto de primera, tras las desaveniencias creativas -algo tan habitual, por otra parte- entre Mignola y Lee Bermejo.

Fegredo continua con su encomiable labor en la segunda historia del tomo, “La cacería salvaje”, una delicia para los paladares que gustan de los relatos mitológicos, pues aquí Mignola aúna con maestría batallas eternas con gigantes, una espada tan legendaria como Excalibur y la presencia de la mismísima Morgana Le Fay. ¡Ay amantes de la leyenda artúrica! La imaginación de un Mignola hechizado -nunca mejor dicho- de pequeño por la magia que destilaba “Merlín el encantador”, aquella entrañable película de Disney, y su afición posterior por relatos como “Camelot” de T. H. White o “Hadas” de Alan Lee y Brian Fround se vuelca en una historia entre lo intimista y lo grandioso, entre lo trágico y lo mágico que entrega alguna que otra sorpresa respecto al pasado de nuestro héroe y algunos de los mejores momentos de toda la serie. Así están, sin ir más lejos, esos momentos ¿románticos? entre Hellboy y una crecida Alice, la niña que un día vió hadas (¿les suena, lectores de Carroll?). Fiel a sus orígenes, Mignola combina aquí con soltura la escuela de autores como Arthur Machen y M. R. James con leyendas y tradiciones de todo origen y pelaje.

Aunque lo mejor de esta magna historia es la manera en la que Mignola va desarrollando paso a paso, viñeta a viñeta, ese aire fatalista que rodea el destino de Hellboy: su inevitable enfrentamiento con Nimue, la bruja más poderosa del Universo, capaz de encandilar a Merlín y robarle sus secretos, y el tampoco inevitable rol que deberá jugar nuestro querido Hellboy en el Apocalipsis. Un relato vibrante, magnético, que culminará en el siguiente capítulo, “La tormenta y la furia”, un excepcional clímax cuyo desenlace, la feroz batalla entre Hellboy y el Dragón, el Ogdru Jahad, la encarnación del Mal en estado puro, bebe tanto de Jack Kirby como de H. P. Lovecraft.

Pero Mignola, viejo zorro, no solo se abandona -¡y cómo!- al espectáculo, también es capaz de encogerte el corazón con (re)soluciones argumentales capaces de dejarte helado (el final no tiene precio, y callo sin ánimo de spoiler) y deja para la posteridad personajes secundarios tan genialmente construidos como Gruagach, ese hombre-cerdo que despierta tanta compasión como odio.

Finalizados estos tres magistrales relatos, más bien uno solo narrado en tres actos, el resto del tomo que pone fin a la recopilación en castellano de las aventuras de “Hellboy” se mueve en esos cuentos breves que tan bien maneja Mignola, que se deja acompañar para la ocasión por ilustres como Richard Corben, Kevin Nowlan y Scott Hampton. Casi nada. Una serie de narracciones extraordinarias que harían las delicias de Poe, con la afición desmesurada por el pulp y la mezcolanza de géneros que han convertido a “Hellboy” en un clásico instantáneo del cómic y sí, no hay que dudarlo, también de la literatura fantástica.

Así, “Hellboy en México, o una borrachera de campeonato” describe las andanzas de nuestro héroe en territorio jalisco, una historia de vampiros amenizada por luchadores mexicanos y el trazo vigoroso del maestro Corben. “El programa doble del mal”, otro capítulo nuevamente ilustrado por el genio del aerógrafo, presenta dos historias cortas de tradición Warren: “La recompensa de Sullivan”, abracadabrante vuelta de tuerca a los cuentos con casas encantadas, y “La casa de Sedek”, brevísimo relato de tintes egipcios, tono jocoso y ecos de los clásicos de la Universal.

Algo más tiempo se toma Mignola en  “Los durmientes y los muertos”, tan bella como cruda historia de vampiros y fantasmas, se beneficia del trazo limpio del siempre sobrio Scott Hampton (“Simon Dark”, “Batman Night Cries”). En “La novia del infierno” nos reencontramos por última vez con Corben, en un relato que por un lado entronca con la querencia de Mignola a jugar con las leyendas y por otro con esos finales con sorpresa incluida tan al gusto de los amantes de Creepy.

Y se obra de nuevo el milagro: con “El legado Whittier” todos los que añorábamos la labor a los lápices de Mignola aplaudimos su regreso y solo protestamos, claro, por lo efímero del mismo: apenas 7 páginas en una historia narrada a ritmo vertiginoso y de resonancias cthulhuloides. La coda final llega de la mano de Kevin Nowlan, otro retorno que sabe a gloria, en “Buster Oakley obtiene su deseo”, inesperada incursión de Hellboy en los terrenos de la ciencia ficción, una delicia gráfica cercana en espíritu, eso sí, al tono entre la mofa y el homenaje de los filmes de Tim Burton.

Y cuando el lector, abrumado de tanto genio, aun anda recuperándose se encuentra de bruces con el generoso material extra: más de 100 páginas con bocetos, ilustraciones, storyboards y demás delicias de los autores anteriormente mencionados, con mayor protagonismo por supuesto de Mignola y Fegredo, las auténticas estrellas. Un epílogo de lujo para una edición de ídem. Indispensable es un adjetivo que se queda corto.

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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