El terror llama a tu puerta

"Las Brujas de Westwood". El Torres, Ángel Hernández, Abel García (Dibbuks)

En la nueva y una vez más afortunada incursión en el terror de un guionista tan dotado para el género como El Torres se aprecian no pocos puntos en común con su obra anterior: ahí encontraremos en el plano artístico a Abel García, dibujante ya ganado para la causa en “Tambores”, y en lo narrativo ese microcosmos de pequeña ciudad que esconde grandes secretos como ocurría en “El velo”, o el paisaje tétrico y amenazante de los árboles envolviendo la historia como ya ocurriera en “El bosque de los suicidas”.

Claro que El Torres, lejos de repetir fórmulas por muy exitosas que sean, apuesta por dotar a su última obra de otros hallazgos que elevan aun más el entonado ritmo que ya había mostrado el malagueño en sus anteriores títulos. Así, se agradecen ciertos momentos de humor no exentos, claro, de negricidad o ese apego tan propio de Stephen King -con “It” a la cabeza- por apuntar el detonante de la historia a la infancia del protagonista y hacer de éste un escritor.

No es la única referencia, fortuita o no, que “Las Brujas de Westwood” esconde en sus páginas: su propio título, que recuerda tanto a Salem como a Eastwick, ya incita al juego de la memoria. Las hechiceras parecen, a ratos, el reverso tenebroso de “Mujeres desesperadas”. Hay momentos que uno podría ubicar -ay esa tertulia literaria con las brujas- en “The Lords of Salem”, la última y bizarra obra maestra de Rob Zombie, o en joyas del cine brujeril malsano como son “The Wicker Man” o “Kill List”. Sin duda los aficionados al género disfrutaremos de ese aroma al mejor Carpenter que destilan algunas de sus imágenes (que me aspen si “En la boca del miedo”, una de sus mejores películas, no tiene más de un punto en común con este endiablado cómic). Y si abandonamos las referencias de la pequeña o gran pantalla y nos ceñimos a las viñetas, que es lo suyo, habrá sin duda quién recurrirá, más allá de los sobresaltos de la invitable escuela Creepy, a la habitual comparación con la obra de Niles & Templesmith.

Pero no se engañen, queridos lectores, “Las Brujas de Westwood” tiene alma propia. La historia es lo suficientemente original para sortear los posibles lugares comunes sin caer en el tópico aberrante. Mantiene el interés de principio a fin, y revela a El Torres, si no lo sabíamos ya, como un excelente creador de personajes en dos, tres, apenas cuatro pinceladas. Y sin intención de caer en el spoiler, su clímax de redención toca la fibra sensible sin necesidad de lágrima fácil.

Y sí, va, también acojona en ciertos momentos. Eso sí, uno preferirá siempre para ello la estampa de terror goyesco -como en la escena de la ofrenda- que el encontronazo del protagonista con un zombie adiestrado a lo “Noche de miedo”. Cuestión de gustos, claro.

Mención aparte en el resultado final, por supuesto, merece la labor gráfica del ya citado Abel García y un no menos entonado Ángel Hernández, aquí en la edición española sustituyendo además a un Roger Bonet solo presente en la impresión yanqui. El propio Torres se encarga de despejar, o casi, el misterio de tanto salto de lápiz en un epílogo que acompaña el volumen. Sea como fuere, el estilo realista de ambos autores unido a la exquisita paleta de colores de Esther Sanz, capaz de viajar de la luz a la oscuridad en un santiamén, se calzan como un guante a una historia que no por fantástica levanta nunca los pies del suelo. Porque como El Torres bien avisa siempre, el terror está aquí ya, entre nosotros.

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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