Desmadre a la americana

"El lobo de Wall Street", Martin Scorsese

Que un viejo zorro -y excocainómano, no lo olvidemos- como Martin Scorsese vuelva por sus cerros de Hollywood y nos entregue un despendole como “El lobo de Wall Street”, la película de sus últimos años más en sintonía con obras maestras de su puño y ojo como “Uno de los nuestros” o “After hours” (sí, soy uno de los que se niegan a llamarla “Jo, qué noche”), ya es una alegría de tomo y lomo XXL. Pero además, la nueva UTE Scorsese-DiCaprio funciona a las mil maravillas, convirtiéndose hasta el momento -y con perdón de “Shutter Island”, homenaje a la RKO disfrazado de tramposo thriller- en su mejor trabajo juntos.

Como en aquéllas, Marty apuesta no solo por narrar en clave de comedia negra y taquicárdica las peripecias de sus protagonistas, sino también en entregar una metáfora no por exagerada menos realista del mundo que nos rodea y de los males que nos aquejan: el culto al dinero, el consumismo enfermizo, el capitalismo despiadado… y esa cultura del todo vale arraigada en las oficinas de Wall Street -y de ahí, al mundo- como bien nos enseñó en su día Gordon Gekko, del que Jordan Belfort parece más que un alumno aventajado, uno capaz de dejarle en paños menores a golpe de turulo.

Adicto no solo a las drogas sino también al show must go on como lema vital, Jordan Belfort -un personaje real, ojo- sirve en bandeja a DiCaprio un rol tan atractivo como complicado. Un papel al que hinca el diente dispuesto a provocar en el espectador asombro (cualquiera de las múltiples wild parties que se suceden a lo largo del metraje), carcajadas (atentos a su tour de force en la ya antológica escena del cuelgue de quaaludes, un calmante que ríete de la ketamina) y sí, también tristeza: la mirada perdida y de perdedor de un Belfort destrozado física y moralmente tras la última pelea con su esposa dice más que mil palabras y mucho más aun de las virtudes de un actor inmenso llamando a las puertas del tío Oscar. Cualquiera de sus speeches como Belfort aregando a sus huestes de brokers harán las delicias de los montadores de clips de la gala del próximo 2 de marzo en el Teatro Dolby.

Apoyado en un reparto tan prodigioso como su protagonista principal -con mención especial para un Jonah Hill con alma de cartoon, un Matthew McConaughey cada vez más alejado de las comedias románticas (¡y qué bien le sienta!) y todo un descubrimiento como Margot Robbie, capaz de pasar de femme fatale a sufrida esposa sin desentonar un ápice- y puntuando la frenética acción, como es habitual en el maestro italoamericano, con una cuidadísima y excelente banda sonora, Scorsese logra con “El lobo de Wall Street” una comedia bestial y otra gema más en su ya brillantísima carrera.

Habrá quien dirá que no es una obra maestra, ni siquiera una película redonda, pero créanme: dotada de una caligrafía narrativa tan adictiva como los vicios de sus yonquis protagonistas, “El lobo de Wall Street” atesora más de uno, dos y tres momentos en su largo metraje -que a servidor, que conste en acta, se le pasó además en un santiamén- dignos de aplaudir a rabiar. Y eso, en tiempos de anemia cinematográfica como los que solemos vivir tan a menudo, vale su peso en oro. O en acciones, como prefieran.

Título original: The Wolf of Wall Street. Director: Martin Scorsese. Guionista: Terence Winter, según el libro de Jordan Belfort. Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Kyle Chandler, Margot Robbie, Rob Reiner, Matthew McConaughey. Nacionalidad: EE.UU., 2013. Distribuidora: Universal Pictures International Spain.

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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