Yo fui un prodigio adolescente

"La canción de amor de Jonny Valentine", Teddy Wayne (Blackie Books)

No es de extrañar el boom de esta novela. Su mayor reclamo no es otro que parecer a simple vista una parodia de la vida, obra y hazañas de Justin Bieber, the wonder boy. Pero no se dejen engañar por el oropel -a pesar del brillo ya incluso en los titulares de su portada-: “La canción de amor de Jonny Valentine” es mucho, muchísimo más que una visión cínica de la biografía del (pen)último fenómeno teen de masas ídem. La novela de Teddy Wayne, que ha recibido halagos de nombres tan dispares como Jonathan Franzen y James Franco y considerado por muchos el fenómeno literario del año en los EE.UU., es un brillante relato de iniciación transmutado página a página, capítulo a capítulo, en una farsa despiadada del triunfo del capitalismo en la industria de la música.

Recuerdo una reunión sobre marketing que tuve hace apenas un par de años con la responsable de publicidad de una marca de refrescos. En los primeros cinco minutos, mi interlocutora lo dejó bien claro: “Lo que nos interesa ahora es el público teen”. Cero rodeos. El sueño de la razón produce monstruos, ¿cómo dudar que las fantasías de los adolescentes del mundo engendrarían creaciones como Justin Bieber, Miley Cyrus y compañía? Los nuevos titanes del mercado -no solo en música, echen si no un vistazo a la cartelera- tienen acné. La infantilización de nuestra cultura de masas es una realidad.  Según el World Youth Report 2012, el Programa de Juventud de las Naciones Unidas, en el mundo hay más de un billón de personitas entre los 10 y los 19 años. Calculen cuántas de ellas pertenecen al primer -con perdón- mundo y hagan sus cábalas. Consumo es igual a dinero, tendencias y modas suman y suman ceros. Dejar escapar una audiencia así sería imperdonable, pardiez. Nos quedan, por mucho que nos pese, muchos Justins que sufrir. Y “La canción de amor de Jonny Valentine” está aquí para recordártelo.

Teddy Wayne es un tipo listo. Y es un escritor dotadísimo para ponernos desnudos frente al espejo. Ya en “Kapitoil”, su anterior novela, retrataba un Wall Street pre-11S, describiendo desde dentro los engranajes de un mecanismo endiabladamente corrupto que acabaría provocando esto que vivimos. Con “La canción de amor de Jonny Valentine” la operación es similar, tanto en intenciones como en resultados: de nuevo opta por ceder la voz de la narración a la primera persona y edificar en torno al personaje protagonista una burla entre lo grotesco y lo documental del mundo que le (nos) rodea. Si en aquella ocasión era Karim, un genio qatarí de las matemáticas capaz de revolucionar las finanzas del petróleo con un nuevo programa informático, quien nos guiaba a través de un universo de brokers, drogas y música indie, ahora es Jonny, el niño de once años convertido en ídolo teen, el encargado de abrirnos los ojos ante un parque temático diseñado por adultos en el que no faltan montañas rusas con subidas y bajadas a golpe de pastillas de zolpidem, tremebundos circos freak de lo mediático y atracciones estrella disfrazadas de Madison Square Garden. El escritor, firma habitual en el prestigioso The New Yorker, desmenuza el día a día de un producto creado para arrasar, un chico atrapado en una espiral en busca del éxito efímero, el nuevo chico maravilla destinado a ser el próximo juguete roto.

Admirador confeso de Salinger, Wayne convierte “La canción de amor de Jonny Valentine” en la versión oteizada de “El guardián en el centeno”: al igual que Holden Caulfield, los encuentros y desencuentros de Jonny con los demás personajes secundarios de la novela -la mánager que una vez fuera madre, el guardaespaldas que quizás sea su amigo, esa figura casi dickensiana del padre ausente…- dibujan un retrato generacional certero y lúcido, entre lo sentimental y lo cómico, que nos emociona, divierte y acongoja por igual. Basta leer el demoledor encuentro sexual del protagonista con una fan para recordar el pasaje aquél en la novela de Salinger en el que Holden se encontraba con Sunny, la joven prostituta, y donde el sexo importaba mucho menos que la necesidad de una conversación en busca de alguna afinidad a la que agarrarse en mitad de la zozobra existencial. Claro que hay otras huellas literarias en la novela de Wayne: las múltiples alusiones a “Zenon”, ese videojuego que supone la única vía de escape para Jonny de su vida diseñada por otros, o la capacidad del protagonista para analizar minuciosamente el “Billie Jean” de Michael Jackson nos recuerdan a Bret Easton Ellis y sus no menos implacables retratos generacionales urdidos en obras como “Menos que cero” y “American Psycho”, salvando las evidentes distancias temáticas y los pasajes gore.

Que la idea inicial de la novela surgiera de un monólogo cómico en el que Wayne creó la falsa biografía de una jovencísima estrella para quinceañeros certifica también ese tono humorístico que recorre el texto y la intención paródica del mismo. Claro que, como todo gran humorista, el autor sabe cuando hacer que la sonrisa se congele en tus labios y la posible carcajada acabe en mueca inesperada de tristeza. Casi como cuando ese cantante de moda te sorprende con un baladón de la ostia que, placer culpable mediante, te emociona hasta la médula y sí, qué cojones, tienes que reconocerle el mérito. Cómo duele por dentro, ¿eh?

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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