Recuerdos en un velatorio

"El almanaque de mi padre" Jiro Taniguchi (Colección Trazado. Planeta DeAgostini)

Año 2001. El desembarco del manga nipón había llenado los estantes de las tiendas especializadas hacía ya tiempo con colecciones dirigidas al público más infantil y, por qué no decirlo, bisoño. Los lectores de cómic echábamos de menos un manga más adulto y aunque se había hecho tentativas, finalmente se convirtieron en pequeñas gotas en un inmenso mar repleto de personajes de ojos grandes. Y es en este año, cuando la editorial Planeta DeAgostini se embarca en una arriesgada aventura, inaugurando una nueva colección: Pachinco, que en su digamos “curioso” formato (no era ni el típico tomito manga que todos conocemos y al que terminamos por acostumbrarnos, ni tenía el gran número de páginas y ni siquiera se leía en el sentido de lectura japonés, a lo que también, uf, nos acostumbramos…) se inició con tres obras que creo que cambiaron la manera de ver al manga en nuestro país: “El almanaque de mi padre” de Jiro Taniguchi, una obra costumbrista; “Monster”, de Naoki Urasawa, la maestría llevada al thriller y finalmente (y algo después) “Uzumaki”, de Junji Ito, donde se nos erizaron los pelos de la nuca leyendo sus páginas (confieso que algún amigo tuvo recurrentes pesadillas con espirales…).

Pero centrémonos en esta obra de Taniguchi: Youichi vive lejos de su pueblo natal y cuando recibe la noticia del fallecimiento de su padre decide volver, es su obligación como hijo asistir al velatorio y sepelio de su progenitor, del que nunca ha tenido una imagen muy positiva. De hecho, los recuerdos de su infancia no son demasiados y están más vinculados a sensaciones que a lo que realmente ocurrió en el seno de su familia. Una vez que está en su pueblo, el contacto y conversaciones con sus familiares lo llevaran por caminos olvidados, su frágil memoria recuperará momentos que había decidido olvidar en un rincón oscuro y podrá reconciliarse consigo mismo y tener una visión nítida de sus padres, real, distinta a la que él pensaba que era y que fue deformándose con los años y el olvido.

Para muchos lectores, esta obra que destilaba tanta sinceridad nos dio la oportunidad de poder ser testigos de unos sentimientos (los del ciudadano japonés) que hasta ahora, debido a su peculiar manera de ser, bastante cerrada a los sentimientos, nos habían estado vedados, al menos en el manga. Taniguchi narra una de sus mejores historias, donde ningún personaje es especialmente ejemplar, tan sólo reales, creíbles y es por ellos que nos podemos sentir identificados con ellos y con los que éste Maestro del Manga nos narra, dándonos cuenta de que, al fin y al cabo, los seres humanos, sean del país que sean, no somos tan diferentes.

Otra de los detalles que sorprendió a los lectores era el estilo de Taniguchi: hiperdetallista, meticuloso, y que se alejaba completamente del canon autoimpuesto en la mayoría de los mangas. A todo esto había que añadir una narrativa algo alejada (al menos en esta obra) de esos interminables momentos o escenas a las que nos tienen acostumbrados los autores de manga y que salvo en contadas ocasiones, lo único que hace es lastrar la narración o simplemente alargarla interminablemente, síntoma de que no hay mucho que contar…

En fin, han pasado ya doce años, que se dice pronto, y ésta es una ocasión tan buena como otra para recuperar aquella primera obra publicada de Jiro Taniguchi en nuestro país y ahora como realmente se merece, en un magnífico tomo que va a formar parte de nuestras bibliotecas junto a todo lo que se siguió publicando, afortunadamente, de éste y otros autores nipones, obras dirigidas a un público más adulto y ávido de otro tipo de historias.

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José Luis Vidal

Cómo si del Tío Gilito se tratara, vivo sumergido entre cientos de cómics, libros, deuvedés, figuras de colección, cedés... Pero si no fuera así, no sería yo, así que siempre quiero MÁS, MÁS y MÁS!!!!!! (Se admiten donaciones y/o regalos)


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