Cómo crear una obra maestra (y casi morir en el intento)

"Wouldn't It Be Nice", Charles L. Granata (Libros de Ruido)

Desentrañar los misterios de la mente de un genio y desmenuzar, paso a paso, la creación de su obra maestra. Tarea seria la que se trae entre manos el productor e historiador musical Charles L. Granata en este “Wouldn’t It Be Nice”, recreación de cómo se gestó un disco que marcó sin duda un antes y un después en la historia de la música pop: “Pet Sounds”.

Granata, al que debemos también obras sobre megastars como Frank Sinatra (“Sessions with Sinatra. Frank Sinatra and the Art of Recording”) o personalidades de la industria musical como el productor Phil Ramone (“Making Records. The Scenes Behind the Music (with Phil Ramone)”) acierta en trasladar su enfoque a los detalles compositivos de tan obra magna, en detrimento de las habituales narraciones sobre la inestable mente de Brian Wilson.

De sobras conocida es la afición de Wilson en aquella época convulsa por el LSD -y el posterior consumo ingente de otras sustancias- que marcaría su evolución como artista y la composición y grabación del álbum más incomprendido en su momento, y también el más aplaudido posteriormente, en la trayectoria de los Beach Boys. Basta recordar la parodia sobre las sesiones de grabación del disco emprendida por John C. Reilly y demás miembros del clan Apatow en la divertidísima “Walk Hard: The Dewey Cox Story” para hacerse una idea de lo que un libro por otros derroteros hubiera dado de sí, para bien… y para mal. Pero Granata prefiere pasar puntualmente y de puntillas, aportando datos concretos pero sin caer en la tentación de deleitarse, por los escarceos de Wilson con las drogas, y centrar su atención en los detalles estrictamente musicales del compositor y su obra.

Así, presenciaremos gracias a una narración amena pero no exenta de detalles la peculiar relación creativa entre Wilson y su letrista, Tony Asher, un joven publicista al que el alma mater de los Beach Boys reclutó inesperadamente para la causa y con el que daría a luz canciones tan pluscuamperfectas como “God Only Knows” o “Caroline, No”. O descubriremos su sistema de trabajo durante la grabación con la llamada Wrecking Crew, esa banda de instrumentistas a sueldo con oficio holgado que integraban nombres como Billy Strange, Plas Johnson o Carol Kaye, habituales en sesiones de estudio, fueran para Phil Spector, otras bandas de entonces como los Byrds o Simon & Garfunkel, o para tropecientos discos de jazz de Capitol.

También conoceremos de primera mano las imprevisibles pero certeras soluciones de Wilson: cómo se enfrentaba a la hoja en blanco a la hora de componer -las llamadas de esos feels, puras pulsiones casi instantáneas que acabarían dando forma a una canción-, cómo distribuía las voces de la banda usando en más de una ocasión algunas como verdaderos instrumentos, como utilizaba diferentes estudios de grabación para encontrar el sonido idóneo para cada canción…

Claro que más allá de la concepción del álbum, que ocupa el grueso central del libro, Granata también dedica atención a la repercusión del mismo en otros colegas, con especial hincapié -cómo no- a la estrecha relación entre los Beach Boys y los Beatles, y cómo sus discos de aquellos años -“Revolver” y “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” por el lado de los de Liverpool, “Pet Sounds” y el inacabado “Smile” por parte de los de California- se nutrieron unos a otros de una indisoluble red de vasos comunicantes.

Desgraciadamente denostado en su época, salvo en Inglaterra donde músicos, prensa y público se rindieron a sus numerosos encantos, “Pet Sounds” es hoy un disco de cabecera no solo para el aficionado al pop, sino también para una retahíla impresionante de artistas que abrieron su mente gracias al caudal creativo de un Wilson en estado de gracia. Que Charles L. Granata le haga justicia con un libro como éste, más atento a la gestación del álbum que a la rumorología que lo rodeó, se merece un aplauso. Y un lugar destacado en tu estantería.

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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