Aquellos maravillosos años

"Los chicos que coleccionaban tebeos". Julián M. Clemente, Helio Mira (Panini Comics)

Que levante la mano quien no haya peregrinado de librería en librería de su pueblo -ahora apenas hay pueblos, todos quieren ser ciudades- buscando ese número a puntito de salir de “La Patrulla-X” con la esperanza de que no se le hubiera adelantado la única otra alma gemela que había en veinte, treinta, cien kilómetros a la redonda. Que se ponga en pie en la sala quien no echara un vistazo entre el estupor y la curiosidad al primer “Ronin” que cayó en sus manos, o levantara las cejas con los anuncios que Zinco colaba en otras de sus colecciones del inminente lanzamiento de “Watchmen”. Que grite a los cuatro vientos quien no soñara despierto con una peli de sus mutis preferidos, o de la guerra Kree-Skull de “Los Vengadores”, o… de tantos y tantos otros que han acabado con sus huesos, y sus mallas, en la gran pantalla.

Existe una generación, ésa cuyos integrantes rondan o superan por los pelos ya los cuarenta, criada entre la cuatricomía, los bocadillos y, ay qué tiempos tan añorados, los Correos del Lector. Críos mamantados por los títulos de Forum y Zinco, que anhelaban encontrarse algún día en un mercadillo con los restos arqueológicos de Bruguera, Vértice y Surco, que fantaseaban con poner en sus estanterías las ansiadas Novelas Gráficas Marvel o ese Extra Superhéroes de Lobezno, sí aquél en el que enseñaba sus garras de adamantium desde la portada. Renacuajos que tiraban del VHS del vecino para zamparse películas una tras otra, incluso esas piratas (sí, existían pelis piratas antes de los torrents, elinks y demás palabrería geek) que no había forma humana de tragarse por culpa de la sombra inesperada del tipo de la segunda fila que se levantaba al baño o las voces cavernosas de los protagonistas a causa de la grabación a las bravas.

Y de esa generación habla, el título lo dice todo, “Los chicos que coleccionaban tebeos”, un ejercicio de nostalgia tan emotivo como divertido que ya hubiera querido filmar Robert Mulligan entre su díptico estival, el formado por “Verano del 42″ y “Un verano en Louisiana”. O plasmar el bueno -cuando lo era- de Rob Reiner en una suerte de remedo made in Spain de “Cuenta conmigo”. Pues como esas tiernas películas, esta novela es un dulce -aunque no exento de momentos tristes, claro- caramelo para todo niño grande, para todo lector entrado en años pero que no ha perdido ilusiones, para en definitiva todo aquél que un buen día decidió que hacerse mayor no significa dejar de leer tebeos.

Julián M. Clemente, devoraviñetas que ha contagiado su pasión al pulso vibrante de sus televisivos “Hero Kids” y en una vasta lista de ensayos y estudios varios sobre el Universo Marvel, y Helio Mira, guionista todoterreno -su firma se ha estampado en los libretos de “No somos nadie”, “Muchachada Nuí” o “Rocío Durcal, volver a verte”- y que comparte con el anterior la afición por los comics, la emprenden aquí con sus MCP’s para entregarnos un relato veraz y conmovedoramente confesional de sus años mozos. Un período vital, pura educación sentimental, en el que más de uno y de dos lectores se sentirán identificados. Hay quien recordará con el corazón en un puño aquel tebeo que le prestó un buen día un compañero de clase antes de forjar una amistad de las inquebrantables (¿eh Pablo Bernardo?), quien se apresurará a su estantería más desvencijada para releer con la sonrisa boba puesta aquella aventura en la que Thor se convertía en rana, o quien dibujará de nuevo en su cabeza cada esquina, cada recoveco de aquella librería que una vez por semana, o una vez cada quincena, deparaba una nueva alegría.

Porque como decía el neozelandés Dylan Horrocks en su monumental “Hicksville” y se recoge en un pasaje de este recomendadísimo libro: “Los comics te romperán el alma”. Sí, puede que sí, pero también te pegarán los pedazos.

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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