El espíritu nunca muere

"The Spirit. Las Nuevas Aventuras". VV. AA. (Panini Comics)

Desde que en 1952 Will Eisner dijera adiós a su más aplaudida creación, ese detective con antifaz y guantes conocido como “The Spirit”, muchos -fandom, críticos, colegas…- esperaban con ilusión que el maestro retomara las aventuras y desventuras de su protagonista y su arrebatador plantel de secundarios en Central City.

Quizás el más insistente de sus fans fue, sin duda, el editor Denis Kitchen, el hombre tras Kitchen Sink Press, que un buen día convenció a Eisner de reimprimir su obra de posguerra en ochenta y siete indispensables comic books y alguna que otra recopilación. El éxito de “The Spirit” entre los lectores de Kitchen Sink Press, más habituados a la contracultura más underground que a los clásicos oficiales de las viñetas, animó al bueno del editor a pedirle a Eisner un deseo que hasta el momento, y durante varios años más, se negaría a cumplir: ¡publicar nuevas aventuras del detective!

Kitchen fantaseaba una y otra vez con la idea, e incluso le propuso a Eisner una historia directamente relacionada con el adiós de “The Spirit”: ¿por qué el detective había desaparecido en plena Caza de Brujas? ¿Tenía algo que ver el senador McCarthy en el asunto? Pero un Eisner empujado a la creación de novelas gráficas más ambiciosas y, también en gran medida, el orgullo de haber creado un héroe único, que en otras manos pudiera perder su esencia y su legado, daban un no tras otro como respuesta.

Hasta 1980: la publicación de “Spirit Jam”, una historieta en la que participaron una cincuentena de artistas de lo más ecléctica -ahí andaban Harvey Kurtzman, Frank Miller, Richard Corben y Bill Sienkiewicz, entre otros- y que supuso un nuevo empujón a la atracción por el personaje, obró el milagro. Eisner comprobó que tal vez el legado, su legado, estaba en buenas manos y, aunque tardó más de quince años en tomar forma, a principios de 1998 llegó a las librerías el primer volumen de “The Spirit: The New Adventures”. El sueño duró poco, tan solo ocho números, no por falta de interés o de ventas, sino porque Kitchen Sink Press se encontraba en plena guerra cainita y acabaría consumida por la batalla cuando el intrépido detective llegaba al octavo número de la colección.

Para goce y regocijo de los lectores, una década después Dark Horse recopilaba en un solo tomo aquella peculiar aventura editorial, y ése es el volumen que nos llega ahora a las manos cortesía de Panini Comics, en una cuidada edición que cuenta con un prólogo del propio Kitchen donde narra, con más detalles, los prolegómenos descritos en los párrafos anteriores. Los autores que reclutó Kitchen para la ocasión solo tenían un par de reglas básicas -Spirit no debe morir ni casarse- y contaban con la bendición de Eisner para dar rienda suelta a su propio estilo, sin tener que seguir los geniales trazos del creador de la serie original.

Basta echar un vistazo para relamerse con el cast de estrellas que consiguió reunir Kitchen, deseosos de poner sus manos sobre una de las creaciones más afortunadas en la historia del noveno arte: Alan Moore, Dave Gibbons (en la que fue su primera colaboración juntos tras el exitoso “Watchmen”), John Wagner, Carlos Ezquerra, Daniel Torres, Neil Gaiman, Kurt Busiek, Brent Anderson, Paul Chadwick, Eddie Campbell… Hasta Moebius -véase la ilustración de un poco más abajo -no dejó escapar la ocasión y se apuntó con una ilustración que rendía homenaje al cine negro de Hollywood convirtiendo a Denny Colt en un trasunto de Bogart, evidenciando de paso la estrecha relación entre el género de un Tinseltown dorado y las viñetas de Eisner.Y luego, yum, están esas portadas: Brian Bolland, Tim Bradstreet, Peter Poplaski… o el propio Eisner.

Firmas, pues, para todos los gustos en 18 historias cortas, a la manera de las narraciones originales de Eisner, que respetan en su mayoría las normas de la casa: esas splash pages iniciales que abren siempre de forma contundente el relato, el cariño -y a veces, la crueldad- con los personajes secundarios anónimos (el desafortunado protagonista de “Spinx el Gafe: en el Juego de la Vida”, el guionista atrapado en la aventura de su vida en “El retorno de Mink Stole”, el pobre imitador de Spirit en “La Sombra de Ellen”…), ese aroma a cine clásico que bascula entre lo noir y la screwball comedy (Cary Grant hubiera sido un Denny Colt pluscuamperfecto, y Howard Hawks su director idóneo)… y sobre todo, la reverencia a unos personajes que Eisner dibujó, por dentro y por fuera, con mano maestra. Reencontrarse con femmes fatales como Sand Saref o Silk Satin, con compañeros tan entrañables como el comisario Dolan o el pequeño Ebony White, y con villanos tan temibles como Octopus o el Dr. Cobra supone toda una alegría para los que, como es el caso de este cronista, devoraban las reediciones de las aventuras originales que allá por principios de los 90 publicara Norma en nuestro país.

Hay guionistas invitados que se aferran como gato panza arriba a las lecciones de Eisner -es el caso de Kurt Busiek en “El Samovar de Shooshnipoor” o de Jay Stephens en “El fantasma de Tiger Traps”, una de esas historias de regusto infantil que tan estupendamente bien le salían al maestro- y hay quien se permite salir por las de Villadiego, como ocurre con Alan Moore y su “Anoche soñé con el Dr. Cobra”, una exquisitez futurista ilustrada por Daniel Torres y que hubiera hecho las delicias del Toutain editor de “Zona 84″. Por cierto, a Alan Moore le debemos una de las historias, si no la que más, inspiradas del tomo, esa joya llamada “Los chismorreos y Gertrude Granch”, que entronca con esa línea fantástica que cultivaba Eisner tan a menudo en “The Spirit” y que funciona a la perfección como narración espejo de otro maravilloso cuento fantástico, “El curioso caso de Benjamin Button”, aquél de Scott Fitzgerald que adaptara David Fincher. Solo por una filigrana como ésa bien vale haber revivido una vez más a Denny Colt. Aunque solo fuera por ocho números.

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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