Malala

Hoy se celebra el día mundial de la infancia. Al lado de mi casa hay un colegio, y como cada día a las 8 de la mañana, decenas de niños corrían de un lado para otro mientras otros se restregaban los ojos aun llenos de legañas recordando lo calentitos que estaban en sus camas. También hoy, en Londres, una niña pakistaní de 13 años llamada Malala Yousafzai se ha quedado en la cama. Desde hace meses lucha por su vida en un hospital para recuperarse de los disparos que recibió por parte de un grupo de talibanes. Fue castigada por querer ir a la escuela.

Hace 5 años se estrenó una película llamada “Buda explotó por vergüenza” (2007) que contaba la historia de Abbas, una pequeña afgana de 7 años que quería ir al colegio. Abbas es pobre e intenta vender unos huevos para poder comprar un cuaderno y un lápiz y así poder e ir al colegio a aprender. Para ello, atraviesa desfiladeros, cruza el desierto, se enfrenta a perros rabiosos y vive mil episodios extenuantes. Sin embargo, la inocente Abbas no sabe que el mayor obstáculo con el que se encontrará al final de su aventura será la religión que infecta y se extiende poco a poco, como un hongo venenoso, entre su pueblo.

“Buda explotó por vergüenza” no es documental, pero es tan crudamente real que uno a veces no sabe si está viendo una película o informe semanal. La historia de Abbas es descarnizada pero a la vez esperanzadora, como lo es la batalla que Malala lleva varios años librando, primero en Pakistán durante sus años de activismo y ahora intubada desde una camilla.

Es el día a día de muchas niñas que en Afganistán, en Pakistán o en Irán tienen prohibida o restringida la educación en nombre de Alá, ese señor tan coherente que te manda al infierno si te comes un bocata de chorizo o te bebes una Cruzcampo pero que te asegura la salvación o un par de entradas para ver al Madrid si azotas debidamente a tu mujer o si te revientas los sesos con explosivos y de paso te llevas a quien pase por delante.

Los cineastas de esos países, muchos de ellos en la cárcel o exiliados, lleva algún tiempo criticando la represión que en cuestión de educación y cultura sufren las niñas a través de sus películas. Y muchas de ellas son muy buenas. El mismo año que Buda decidió explotar de la vergüenza que sentía al contemplar tanta absurda represión,  se estrenó “Persépolis” (2007), una película basada en el comic de Marjane Satrapi, una mujer iraní que cuenta con muchísimo frescor y a modo biográfico cómo se crió en Irán y cómo la revolución de los Ayatolas la obligó a huir a Francia para obtener una educación decente. Me encanta esta corta secuencia en la que la pequeña Marjane se pasea entre contrabandistas, que venden de extranjis cassettes de Michael Jackson o Julio Iglesias como si traficaran con cocaína.

Que una niña vaya a la escuela es un problema para el régimen talibán, que quiere un pueblo lleno de fundamentalistas esquizofrénicos dispuestos a morir por un amigo imaginario y donde las mujeres vivan sumidas en la sumisión y en la incultura, y de paso se tapen el pelo o las rodillas, no vaya a ser que algún cerdo no sea capaz de controlar sus instintos y le entren ganas de procrear allí en medio de la calle, mirando a la Meca.

Eso sí, no nos engañemos porque la religión no solamente es sinónimo de oscurantismo en esa parte del mundo. En EEUU, unos 50 millones de yanquis han votado hace unas semanas a un pirado llamado Romney que abogaba por cambiar los libros de textos de los colegios para explicar que la mujer no viene del mono, sino de la costilla de Adán o de un extraño truco de magia que tardó 7 días en realizarse. Es evidente que el mandril, el macaco y el ser humano no están tan lejos a nivel intelectual.

Pero dejando aparte que la religión es un cáncer para la educación de miles de críos en todo el mundo, lo que más me entristece de la historia de Malala es algo tan simple como que una niña tenga que vivir su infancia rodeada de dolor. No soy padre, pero si un día lo soy y tengo una hija, la llamaré Malala. Así, por mucho que pasen los años, cuando la mire recordaré su historia de lucha y libertad.

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Fernando G. Acuña

Cuando escuché por primera vez el refrán “pongo un circo y me crecen los enanos” pensé en lo afortunado que sería teniendo más enanos para mi circo. Por un momento, imaginé que los enanos crecían como las cebollas o los puerros, en un huerto, con un poco de sol y mierda de vaca. Así es mi vida: irreverente, cómica, absurda, como un circo lleno de enanos que crecen sin parar.


Un comentario

  1. Alberti dice:

    A todo esto, no me he enterado si Buda estalló de santa ira por tanto esquizofrénico circundante y circuncidado o si explotó de la risa, de ese desgüebe que tienen los locos que han llegado tan lejos viéndo lo que pocos saben ver y todo les aparece tan sin sentido que sólo la hilaridad es fuente ya de alivio y evasión. ¿Podrán estallar de la risa algún día esta chiquilla, malala, y toda sus iguales? ¿O estarán ya condenadas a una eterna condena a la cordura, a la resignación, a la inexistencia del jarrón chino, a la lobotomía emocional de los machacados? Hoy, la nueva presidenta de la Comisión Islámica de España, Amparo Sánchez -ex católica ferviente y ex izquierdista feviente, en todo caso con una gran necesidad de fervor en su vida- ha declarado que “llevar el velo para la mujer es una obligación religiosa como ir a misa”. Y lo dice muerta de la risa. Sin palabras…

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