Una familia entre bambalinas

"Los huerfanitos", Santiago Lorenzo (Blackie Books)

Ya que no tenemos el placer de reencontrarnos con Santiago Lorenzo en la oscuridad compartida de la sala del cine, para nuestro consuelo nos queda las horas pasadas en la intimidad de la lectura. “Los huerfanitos”, que así se llama este retorno a la novela de uno de los creadores más singulares de nuestra, ejem, cultura contemporánea, es además un libro de ésos que se leen con la sonrisa puesta de principio a fin, una historia coral con las dosis justas de humor, ternura y, sí, que también hay alguna yoya que otra, acción.

La odisea de los tres hermanos Susmozas por levantar una obra teatral para escapar de las deudas que un padre difunto, tan desaparecido en vida como cabronazo en cuerpo presente, les deja como única y desagradecida herencia, sirve a Lorenzo una trama a ratos descojonante, a ratos acojonante, que no solo funciona a las mil maravillas como novela de iniciación a la madurez sino también como descripción de un fascinante microuniverso -ese Pigalle desvencijado y sus habitantes- y, por último, como reflejo levemente distorsionado de la precaria situación actual que nos rodea.

Ya en “Los millones” el dinero, ese puto parné, se convertía en detonante de una historia que, entre la picaresca y la tragicomedia costumbrista, lograba que el lector se riera a mandíbula batiente pero con el corazón encogido. En “Los huerfanitos”, dickensiano título que habría hecho las delicias de Buñuel, otro que sabía lo suyo de reírse de este perro mundo, Lorenzo reincide en el punto de partida pero toma alas, hilvanando una narración brillante, trufada de ternura y mala baba a partes iguales, con un dominio del lenguaje que entronca, sin esfuerzo ni mohínes, con esa tradición tan nuestra, la de Azcona, Valle-Inclán o Torrente Ballester.

Al final vamos a tener que estarles agradecidos a tantos productores mojigatos y ciegos. Porque si Santiago Lorenzo sigue pariendo obras como ésta, que el cine se quede huerfanito tampoco nos viene tan mal, leñe.

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Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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