Dexter contra Dexter

"Double Dexter", Jeff Lindsay (Vintage)

Hay muchos más Dexter pero, por simplificar, dejémoslo en básicamente dos: por un lado, el Dexter adorable de la tele, y por otro, el psicópata egocéntrico de las novelas.

Es un fenómeno bastante común entre personajes multimedia, especialmente los que se alimentan de nuestros peores instintos: a la encarnación audiovisual se le liman los filos para que no corte demasiado. Ridley Scott y sus guionistas hicieron encaje de bolillos con el final de “Hannibal” para evitar que el público enfurecido prendiera fuego a las butacas, como probablemente habría ocurrido en caso de mantenerse fieles a la implacable amoralidad de la novela de Thomas Harris. Y el gran David Morrell, creador de Rambo, suele decir que su libro, “Primera sangre”, y la saga que comenzó con “Acorralado” son trenes que salen de la misma estación en direcciones opuestas (uno hacia la más cruda desesperanza, y otro hacia la victoria retrospectiva en Vietnam).

Las novelas de Dexter son rebosantes cajas de sorpresas para los que solo conozcan el personaje por la serie de televisión. Tras una primera temporada que adaptó con relativa fidelidad “El oscuro pasajero”, la doble vida de Dexter Morgan se desplegó a su vez en dos parejas de dobles vidas: Showtime fue por un lado, y Lindsay siguió por otro, aunque sus caminos se hayan cruzado de forma puntual y no se sabe cuán azarosa. Así, por ejemplo, el despellejador de la tercera temporada puede ser una versión extremadamente light del antagonista de la segunda novela (pese a la relativa manga ancha para el sexo y la violencia en la televisión por cable, el concepto de “patata humana”, verdadero hallazgo para la antología del sadismo, era a todas luces inadaptable). Y ya en la sexta temporada se ha ido perfilando una amenaza para la séptima que, de momento, parece tener bastante que ver con el enemigo que se enfrenta a Dexter Morgan en “Double Dexter”.

Pero más allá de la anécdota, de las diversas peripecias de María LaGuerta, del asesino del camión de hielo o del sargento Doakes, cuyos destinos en la letra impresa tienen muy poco que ver con los de sus contrapartidas televisivas, la diferencia más crucial entre las novelas y la serie radica en aquello que las une: el mismísimo Dexter Morgan.

La serie de televisión, en gran medida a instancias de su protagonista y productor ejecutivo, Michael C. Hall, se ha ido acomodando a la clásica estructura narrativa del “aprendizaje emocional”, harto más digerible para el espectador que desea disfrutar del asesinato y la tortura sin cargo de conciencia: el hombre vacío, que desconoce la empatía por sus semejantes, descubre gradualmente que él también tiene sentimientos y que necesita a otros seres humanos. Un Ebenezer Scrooge cualquiera, vaya. El Dexter de las novelas, por el contrario, carece de eso que los gurús del guión llaman “arco”: es un psicópata desde la primera  a la última página, y el resto de seres humanos son juguetes que solo le reportan alguna satisfacción cuando los desmonta. Un ejemplo elocuente: el Dexter televisivo quiere casarse para mejorar la fachada pública tras la que oculta sus actividades extracurriculares, pero descubre por el camino que realmente desea formar una familia y las pasa canutas para conseguir que su novia acceda tras una tortuosa declaración. El Dexter de las novelas se casa porque su novia, al echarle a lavar unos pantalones sucios, encuentra el anillo de una víctima en un bolsillo y decide que es para ella.

La versión literaria de la saga llegó a su punto álgido en la segunda novela (“Querido Dexter”), cayó en picado a las profundidades en la tercera (“Dexter en la oscuridad”), y remontó moderadamente en la cuarta (“Dexter por decisión propia”) y la quinta (“Dexter is Delicious”), cuya receta sigue esta última entrega sin mayores audacias: el monólogo interior de un psicópata que nos divierte con una visión de nuestra vida cotidiana desde la más hilarante misantropía.

En esta aventura a Dexter le sale un imitador que se dedica a copiar su estilo para deshacerse de toda la gente que le molesta y echarle los muertos a él, pero es evidente que a Lindsay no le interesa complicarse la vida con tramas alambicadas ni giros sorpresivos:  una vez más, carga las tintas en la comedia, no solo negra (el final playero con bikinis voladores tiene cierto sabor a “Los incorregibles albóndigas”), y en el ridículo de todos los tipos humanos que se le ponen a tiro. De hecho, también lanza un par de estocadas satíricas a la idolatría de los asesinos en serie en general y a los fans obsesivos de su personaje en particular, aunque sin hacer sangre, tal vez por aquello de no morder la mano que le da de comer, por mucho que en demasiados capítulos sea agónicamente evidente el cansancio acumulado tras cinco novelas.

Hay, por cierto, una edición en audiolibro interpretada por el propio Lindsay: vale la pena escucharle dando voz a Astor, la hijastra adolescente de Dexter, para apreciar adecuadamente hasta dónde llega la saña en su caricatura.

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Alejandro Romero

Mientras se hunde en el asfalto, Alejandro Romero traduce libros de magia, escribe tebeos crípticos como "La canción de los gusanos" y tratados herméticos como "El humor en la sociología posmoderna" (sí, en serio), y se materializa en las más recónditas universidades andaluzas para enseñar sociología a los inocentes, así, a traición y con toda su mala idea.


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