Richard Pryor

Prototipo a su pesar del artista audaz tristemente engullido por el sistema, Richard Pryor dilapidó su vida en los excesos, como tantos otros comediantes insignes, de Fatty Arbuckle a John Belushi. Pero también creó escuela, la del cómico mordaz y deslenguado capaz de dar lo mejor de sí en el escenario… y lo peor en la pantalla. Acostumbrado a abrirse paso en dos mundos, el real y el artístico, a base de hostias, he aquí nuestro más sincero homenaje a todo un superviviente.

 

Richard Franklin Lennon Thomas Pryor III nace una mañana fría, la del 1 de diciembre de 1940. No le esperaba una vida fácil. De pequeño sufriría un par de violaciones a manos de un vecino y del cura de la parroquia (se ve que los tiempos, para algunos, no cambian). Su madre, prostituta, le abandonó cuando cumplió diez años. Su padre, exboxeador, se ganaba la vida como proxeneta de su esposa y tampoco tardó en darse las de Villadiego. Así que el pobre Richard creció entre las faldas de su abuela. Nunca mejor dicho, porque la dama regentaba un burdel. Quizás de ahí le viene su afición por -y sus problemas con- las mujeres: en sus sesenta y cinco años de vida, se casó hasta siete veces. Y aun le dio tiempo de tener alguna que otra novia, entre ellas Pam Grier, allá por los ’70, cuando era la musa de las blaxploitations.

Pero antes de alcanzar la fama, el joven Pryor tuvo que curtirse en mil y un trabajos variopintos: limpiabotas, conductor de camión, portero de un bar de streptease… Antes incluso, a los 7 añetes, fue batería por unos meses en un club de jazz. En 1963, enfila sus pasos a Nueva York. No tarda en alternar en los clubs con otros artistas como Woody AllenBob Dylan. Y llega su golpe de suerte: abrir para Nina Simone. De ahí a la televisión, que convertía en aquella época en oro todo lo que tocaba, un paso. Pryor interviene en “The Ed Sullivan Show” y “The Tonight Show”, entre otros programas. Y Las Vegas se rinde a sus pies.

Justo cuando su humor a lo Bill Cosby causa sensación en la ciudad de neón, monta su primer gran pollo. En mitad de una actuación, en septiembre de 1967, y con Dean Martin en la primera fila del público, el cómico exclama desde es el escenario: “¿Qué cojones hago aquí?”. Y se marcha sin decir más. Según sus propias palabras, esa noche tuvo “una epifanía”. Decidido a cambiar de aires se muda a Berkeley, California, y se deja querer por el ambiente hippie. Flirtea con el cine con pequeñas intervenciones (una de ellas en “Wild in the Streets”, peli de culto que fantaseaba con un gobierno de los EE. UU. que encierra en campos de concentración a toda persona mayor de 30 años) y comienza a utilizar en sus monólogos la palabra “nigger” y otros vocablos malsonantes. El mito ha nacido. Se erige en el cómico de lengua viperina, que divertía a la vez que ponía en primera plana las desigualdades sociales y raciales de un país en lucha interna.

Es 1974 un año crucial en la vida del artista: firma un contrato con la discográfica Stax para lanzar sus nuevos monólogos, colabora en el guión de “Sillas de montar calientes” (el western paródico de Mel Brooks), aparece en el mítico Saturday Night Live junto a Chevy Chase en un sketch antológico … Su fama se dispara, convirtiéndose en un rostro popular gracias a su unión con Gene Wilder en la gran pantalla en “El expreso de Chicago”. Pero no es la fama lo único que se dispara, también lo hace su adicción a las drogas.

El 9 de enero de 1980 vuelve a ser noticia, por razones muy diferentes: mientras preparaba bases de cocaína en un laboratorio improvisado en su casa, incendia accidentalmente su domicilio y acaba con el 50% de su cuerpo quemado, dándose incluso a la fuga de la policía mientras corre en llamas vecindario abajo. Pese a tan despendolada historia, aun tendría una segunda oportunidad. En 1983 se convertiría en el actor negro mejor pagado por su papel en “Superman III”, embolsándose incluso un millón de dólares más que Christopher Reeve. Aquel personaje, sus reencuentros con Gene Wilder y un clásico de los ‘80 para toda la familia como “Su juguete preferido” parecieron devolverle el esplendor. Lástima que la esclerosis múltiple apareciera en su camino y acabara confinándole a una silla de ruedas. En 1997, su última aparición, una pálida sombra del torbellino que fue, anclado sobre cuatro ruedas: “Carretera perdida”, de David Lynch. Qué mejor forma de despedirse que un carrusel de fantasmagoría como ése. Después, el ostracismo y el silencio. Hasta el 10 de diciembre de 2005, cuando nos despertó el titular de su muerte. “Al final, había una sonrisa en su rostro”, comentó a los medios su esposa Jennifer Lee. Genio y figura hasta la sepultura.

 

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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