El arte de la persuasión

Propaganda

“Di una mentira mil veces y se convertirá en verdad”

(Joseph Goebbles)

A veces los humanos mostramos comportamientos insólitos. Y diferentes entre sí. De otro modo, ¿cómo explicar que con un instinto casi animal, en un país la gente se lanza con furor los días previos a la Navidad al contemporáneo deporte de arrasar centros comerciales, y con la misma pasión, en el país de al lado se lleva más lo de menospreciar a tus vecinos por rezar el Corán? Obviamente, alguien nos ha influido para llevar a cabo estas acciones.

Puede que haya sido papá, o los colegas, o aquel profesor de tal excelente labia, pero la mayoría de las veces, esa influencia viene de más arriba. Mediante una tremenda labor propagandística, gobiernos e intereses económicos de todo el mundo nos bombardean a diario con mensajes que nos llevan a actuar de una manera u otra. Definitivamente, la propaganda no es más que el arte de la persuasión.

Desde siempre, la persuasión ha sido innata en el ser humano. En todas las sociedades ha ayudado a crear y fortalecer poderes, fueran estos políticos o económicos. Sin embargo, y aunque ya los romanos llenaban paredes con graffitis (¿quién no recuerda la gran secuencia de “La vida de Brian“?), las religiones fueron, posiblemente, las primeras manifestaciones humanas que se sirvieron de técnicas efectivas de propaganda. De hecho, en castellano, la palabra propaganda, que no aparece registrada hasta finales del siglo XIX, proviene del nombre de una institución católica, la congregación “De propaganda fide” (para la propagación de la Fe), fundada allá por el siglo XV, e instrumento de propagación de la fe cristiana. Dicha institución no tenía en sí una finalidad de desinformación. El término, tal y como lo conocemos hoy en día, proviene de La Gran Guerra, ésa en la que a los europeos les dio por empezar a levantar trincheras, y originalmente, no tenía esa connotación negativa.

Las técnicas modernas de propaganda comenzaron a ser estudiadas de un modo científico por el periodista Walter Lippman y el psicólogo Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud a principios del siglo XX. De sus estudios y conclusiones, aún nos estamos descojonando hoy en día. Esta parejita de “graciosos” sembró la semilla del diablo con una teoría inquietante. Es muy simple: la gente es simplemente demasiado estúpida para entender las cosas. Los intereses comunes, por lo general, escapan al conocimiento de la gente en general. Sólo unos pocos, los más guays, pueden entender los intereses comunes, que es lo que nos conviene a todos. Por esta razón, cuando se identifica un bien común, los hombres “inteligentes” tienen que usar las técnicas necesarias para convencer a las “hordas asalvajadas” de lo que hay que hacer.

¡Y vaya si consiguieron convencer a gente! Durante la Primera Guerra Mundial fueron contratados por el Gobierno de los Estados Unidos para crear la Creel Commission, cuya misión no era otra sino alentar al pueblo estadounidense para entrar en combate en Europa. En sólo seis meses, se desplegó tal propaganda de la guerra, que consiguieron que un país hasta el momento relativamente pacífico y al margen del conflicto, se convirtiera en manadas de histéricos violentos queriendo matar alemanes. El experimento funcionó muy bien.

Además, contó con un aliado caído del cielo, el cinematógrafo. El cine se convierte muy pronto en el mejor vehículo propagandístico. No sólo sirve para entretener al rebaño -no se vaya a poner a pensar- sino que al surgir los conflictos internacionales difunde ideas que llegan a miles de personas, y con ello los gobiernos se hinchan a experimentar. Y el patético experimento cuenta con el apoyo de grandes (¡glup!) cineastas.

A principios de siglo en Alemania se comenzó a gestar ” la gran mentira”. Una banda de fanáticos, con Hitler a la cabeza, apuntando las más de las veces al corazón en lugar de la cabeza, consigue convencer a casi todo un país de ideas tan disparatadas que aún hoy día nos dan tembleque. Con un despliegue propagandístico nunca visto hasta entonces, Hitler accede al poder. Impresionado por la propaganda desplegada por el bando aliado en la Primera Guerra Mundial, designa a Joseph Goebbles como Ministro de Propaganda. Los cometidos de éste son terribles: por un lado, es el encargado de conseguir que nadie en Alemania conozca otra versión que no fuera la oficial, y por otro, de asegurar que la visión del pensamiento nazi se transmitiera lo más persuasivamente posible. Y los medios utilizados para ello fueron mucho peores.

Goebbles recurre a la mentira: cual arquitecto de realidades, construye historias para justificar acciones. ¿Queremos invadir Checoslovaquia? Pues es que allí persiguen a los alemanes. ¿Los judíos? Ésos nos roban. ¿Superman? Ése era judío. Esto supone toda una revolución en el uso de los medios de comunicación. Para asegurarse que todo el mundo escuchara los discursos de Hitler, salieron a la venta radios a precios irrisorios. Se instalaron grandes altavoces en las calles principales, y se obligaba a los restaurantes y cafés a emitir rigurosamente los discursos. Goebbles ordenó quemas masivas de libros en plazas y nada podía ser publicado sin ser aprobado previamente por una comisión de censura. Contra Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial, se recurrió a sembrar el desconcierto y el deseo de paz a través del célebre programa radiofónico de un auténtico desequilibrado, un nazi irlandés conocido como Lord Haw-Haw.

El Tío Sam mientras aplicaba todo sus conocimientos en el arte de embaucar a las masas. El cine (recordemos la soberbia “El Gran Dictador” de Charles Chaplin, ejemplo de antipropaganda, según se mire, o de un uso excelente de la caricatura como técnica de propaganda), la radio y los cómics irrumpen enla razón de los americanos. Pilotos de combate que eliminan teutones en Europa, como Johnny Hazard, Scordy Smith y Barney Baxter, son los protagonistas de algunos de los cómics que hacen compañía a millones de niños en América. La propaganda contra el malvado nazi ya estaba encarrilada.

En Rusia no se iba a la zaga. Allí las técnicas propagandísticas se sofisticaron aún más. El Partido Comunista de la Unión Soviética disponía de un Departamento de Agitación y Propaganda, el Agitprop, encargado de mantener la imagen del comunismo engrandecida a ojos de los ciudadanos. En los inicios del régimen soviético, el póster se eleva a categoría de arte. Cerca de 3.600 carteles fueron diseñados en apenas tres años, con un promedio de 20 a la semana. Más tarde, Stalin se repetiría más que el pepino, empapelando el país entero con cualquier imagen bucólica como fondo.

Años más tarde, llega la televisión, en una época en la que Estados Unidos y la Unión Soviética jugueteaban con misiles nucleares y botones rojos: la denominada guerra fría. La propaganda ideológica lo invade todo, está implícita en la mayor parte de los contenidos audiovisuales que se producen en el mundo. Y los gobiernos están encantados. En el Reino Unido, se consiguió que la BBC se viera en todo el mundo, y el Departamento de Desarrollo de la Información llegó a financiar las traducciones a otras lenguas de las obras de George Orwell, “1984″ y “Rebelión en la granja”, de clara orientación anti-estalinista. La CIA, por su parte, encargó en los años cincuenta una adaptación animada de esta última obra.

Obviamente, la historia reciente de España no ha sido ajena al uso de la propaganda. La Falange y el catolicismo tradicionalista fueron los dos grandes instrumentos propagandísticos del régimen. Aquí los cerebros propagandísticos también lo debieron hacer muy bien, porque “pan, fútbol y toros” se convirtieron en nuestro particular opio, ¡y vaya si funcionaron! La Iglesia opinaba, y casi legislaba, sobre el vestir, el lenguaje, las fiestas, las relaciones sexuales… Las mujeres, por supuesto, a la cocina.

El NODO remataba la lobotomía. Antes de ver una peli en el cine, todos nuestros padres se tenían que tragar por huevos como Paquito pescaba, cazaba, inauguraba fábricas o pantanos, y daba esos discursitos cada vez que se le antojaba. ¡Si hasta nuestro pequeño monstruo intentó meterse a cineasta! Sí, sí, Franco escribió el guión de la película “Raza”, en la que mostraba sus ideas sobre las que debían basarse las películas del nuevo régimen: patriotismo, la religión y la familia.

Con los avances tecnológicos de los últimos años las técnicas propagandísticas no han hecho más que perpetuar su existencia. Hoy en día los mensajes son más sofisticados. Al fin y al cabo, la manada de idiotas aprendimos a pensar. Un solo ejemplo: en Hollywood se han quedado sin malos. El comunismo ya no vale; aunque lo sean, los árabes están muy vistos como malos. Los chicos de Europa del Este se están reformando. ¿Os habéis dado cuenta de quién los ha sustituido? ¡Qué raro! Ahora en Hollywood, todos los malos tienen acento francés…

Y aunque la propaganda nos muestre su cara más “amable”, aquella que el sistema económico mira con buenos ojos, a través de la publicidad, la cosa es muy simple. Si un majareta tiene el suficiente dinero como para hacerse con el control de los medios de comunicación, estamos ante una bomba de relojería. Ejemplos de que esto está ocurriendo podemos citar a miles. A partir de ahí, corremos el riesgo de ser simples marionetas, conejillos de indias de macabros intereses.

Sin duda, resulta estremecedor escuchar actualmente un sermoncito con el que una vez Hitler obsequió al resto del mundo: “Hemos comprobado un recrudecimiento del terrorismo. Así que me he decidido a hablarle a Polonia con su mismo lenguaje”. No hace falta mucha perspicacia para adivinar a quién nos recuerda.

SÉ QUE SUENA FEO PERO…

…QUIERO SER UN LÍDER!!

Tranquilo, se hará lo que se pueda. De momento, te dejamos como muestra unas cuantas técnicas de propaganda de las más empleadas, que te ayudarán a fortalecer tus dosis persuasivas:

Técnica: Un tipo Corriente

Ejemplo: George Bush

Es una de las técnicas más sofisticadas en los Estados Unidos. Allí, si quieres ser un líder, has de aparentar que eres un hombre normal. Muy normal. Da igual que vivas a expensas de los demás, o que en la infancia tu padre te descubriera jugando dentro de la caja fuerte. Tú eso, obviamente, no lo cuentes nunca. Queda mejor decir que te encanta comer helado después de cortar el césped del jardín.

Técnica: Di mil veces una mentira y se convertirá en verdad

Ejemplo: José María Ánsar

Funcionó espléndidamente en la Alemania nazi y aquí en España, más de uno ha aprendido la lección muy bien. Recuerda: nos encanta que nos prometan cosas. Y en el fondo, da igual que sea mentira porque casi nos hace más ilusión que nos prometan algo que el “algo” en sí. Para ello, has de hablar mucho, por los codos. Así las mentiras que sueltes se esparcirán en tu discurso.

Técnica: Bandwagon

Ejemplo: Otra vez George Bush (lo sentimos)

A pesar del extraño nombre, es una de las más usadas, por lo fácil que resulta de usar. “Todo el mundo lo hace ya” ó “únete a nosotros”. Que viene a ser lo mismo que “O estás con nosotros o contra nosotros”. La gente siempre desea estar de parte de los ganadores. No todo el mundo se siente a gusto como outsider.

Técnica: Cabeza de turco

Ejemplo: Ariel Sharon

Extendida por todo el mundo. Si te ves en un marrón, faltaría más, las culpas a otro. El malo siempre es otro. Puede ser un país, un grupo amplío de gente o una persona individual. Importante esto último. Necesitas un antagonista, un enemigo. Él es todo lo contrario a ti, a lo que representas. Si vive en tu propio país, no habla tu idioma, tiene bigote y grita, muchísimo mejor.

Técnica: Me verás hasta en la sopa

Ejemplo: Hugo Chavez

¡No! No te quedes en tu despacho de última generación. Sal a la calle. Empapélala con la mejor de tus fotos en el mejor de tus perfiles. La fuerza de la estética es ilimitada. En la tele, chupa cámara. Y crea una frasecilla, de esas fáciles de recordar, con generalidades que en realidad no quieran decir nada.

EL NO-DO: LOBOTOMÍA CAÑÍ

El experimento dio el pistoletazo de salida el 22 de Diciembre de 1942. Empezaba la aventura de los “Noticiarios y Documentales”, más conocidos por su nombre comprimido, el NO-DO. Se emitiría siempre en los cines de forma previa a cualquier película y no se podía editar en España, sus posesiones o colonias (¡glup!) ningún noticiero cinematográfico ni documental de este tipo que no fuera el NO-DO.

Desde 1943, 4.016 programas del NO-DO fueron exhibidos en los cines de toda España, hasta que en 1975 dejó de ser obligatorio su pase previo a cualquier película. Menos mal, porque debió de ser un castigo sin piedad.

Con este invento (nada original por otra parte, más bien adaptado de la maquinaria propagandística nazi), el imaginario del español medio iba a quedar irremediablemente dañado. Además los documentales eran de un cutre inimaginable. De una manera hiriente al intelecto, uno tenía que sufrir en pantalla a Franco en su coto de caza, o inaugurando pantanos, o viendo jugar al Madrid, además de legiones de curas, censores, toreros, guardias civiles, familias con 13 hijos pasando hambre…

El mensaje era claro, España era -a ver quien tenía huevos de decir que no- un país de currantes y luchadores, creyentes en el buen Dios, y unidos ante las amenazas externas de comunistas, masones, moros, etc… Obviamente, había que inventar fuerzas que quisieran acabar con la bendita y agraciada por Dios España.

La verdad es que todo aquello no parecía muy propagandístico, si acaso resultaba sedante. Un negligente intento de lobotomía barata. Idiotizándonos, pensarían los capitostes del régimen, nos conducirían a la desidia, a la flojera mental. Si a eso le añadimos la censura e inyecciones diarias de fútbol y toros, teníamos a una opinión pública que lo más que debatía era si había sido penalti lo del Bernabeu o si merecía las dos orejas el Cordobés.

Hoy en día, echar la vista atrás para comprobar como tras esa sintonía compuesta por un tal Manuel Parada (¿parientes tal vez, o un triste presagio?) y el aguilucho encaramado al escudo, aparecía Franco en pantalla, a lo Big Brother cañí, escuchimizado y consumido, con ese timbre de voz oscilante entre lo quejica y lo caprichoso, deja en un cuento para niños los discursitos de Cospedal.

 

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Raimundo Gutierrez


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