George Clooney bebiendo rebujito

Es fascinante la pasión que tenemos en este país por una feria. Solo este mes se organizan en IFEMA la Feria Internacional de la Piedra Natural, el Salón Internacional de la Ventana y el Cerramiento Acristalado, y la Feria para el Profesional del Animal de Compañía. No es broma, es España, el país con forma de cara de payaso.

Da igual que las maquillemos como eventos comerciales, celebraciones religiosas, o que les cambiemos el nombre mil veces. Verbenas, Ferias, Romerías, Fallas, Carnavales… tenemos nombres para regalar. Como las llamemos es lo de menos, porque el objetivo viene a ser siempre el mismo: comer hasta reventar y emborracharse con los colegas (yo con desconocidos, no importa) hasta que uno se olvida de su propio nombre.

A diferencia de muchos andaluces, no soy nada feriante, en el sentido folclórico de la palabra. Me siento ridículo cuando bailo sevillanas (como la mayoría de mis paisanos, que aun así prefieren perder la dignidad con tal de agarrar una chicha de lomo embutido en traje de gitana), y me molesta el olor a mierda de caballo que desprende la exclusividad de sus casetas y la ostentación de sus vestidos y corbatas.

Pero es una cuestión de gustos, y también a diferencia de muchos españoles, no me avergüenzo de nuestras tradiciones, salvo del lanzamiento libre de cabra y algunas otras salvajadas como las corridas de toros. Me avergüenza mucho más, por ejemplo, que dediquemos tantas energías y páginas escritas a hablar sobre 22 fornidos mozos que corren y sudan tras un balón, o que los programas más vistos de la TV sean “Salsa Rosa”, “La Noria” y demás morralla visual.

Rodeo flamenco

El cine español casi nunca ha contado con gracia las maravillas y las miserias de nuestro  folclore. Quizá por esa vergüenza ajena que siente parte de la clase artística hacia nuestras tradiciones, que ven erróneamente como expresiones de nuestra catetez. Durante años, Carmen Sevilla, Concha Velasco y compañía hicieron lo que pudieron pero claro, ellas no escribían los guiones. Se limitaban a cantar y a enseñar un trocito de muslo, provocando la salivación masiva de la audiencia masculina.

La situación fue tan ridícula que hasta preferíamos contar historias de algo tan lejano como el western americano. El “Spaguetti western”. Vaya tela de nombre. Piénsenlo un poco. Es tan absurdo como si ahora los directores americanos intentaran rodar en Texas una historia sobre Isabel Pantoja y Julián Muñoz, nuestro John Wayne patrio. Y así se creara un nuevo género: el Rodeo Flamenco, por decir la primera tontería que me ha venido  a la cabeza (porque el que inventó lo de “spaguetti western” no se lo pensó dos veces). Ya me imagino ese primer día de rodaje: Sandra Bullock interpretando a la Pantoja y George Clooney haciendo de Muñoz en lo alto de una carreta tragando polvo de camino al Rocío. La una bailando la falda con menos gracia que el telediario de Antena 3 y chupando cabezas de gambas como si le estuviera comiendo la churra a un chino. El otro, tocando las palmas como el que mata mosquitos y dando capotazos como el que pone la toalla en la arena de la playa. Esperemos que nunca llegue el momento en el que veamos eso.

La única película decente que hasta ahora ha captado un poco la esencia de ese folclore tan denostado es “La niña de tus ojos”, de Fernando Trueba, con guión de Rafael Azcona, quién si no. Antonio Resines y Pepón Nieto lo clavan en su papel de imperfectos españoles, siempre contrariados y gritones. Santiago Segura en el mejor papel de su carrera haciendo de maricona loca. Y Penélope Cruz, que además de imitar muy dignamente el acento andaluz, lo borda con sus aspavientos, y su descaro aflamencao. Ojalá empecemos a pasar más vergüenza por nuestro presente que por nuestro pasado y vengan más películas como ésta.

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Fernando G. Acuña

Cuando escuché por primera vez el refrán “pongo un circo y me crecen los enanos” pensé en lo afortunado que sería teniendo más enanos para mi circo. Por un momento, imaginé que los enanos crecían como las cebollas o los puerros, en un huerto, con un poco de sol y mierda de vaca. Así es mi vida: irreverente, cómica, absurda, como un circo lleno de enanos que crecen sin parar.


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