Lamiendo pomos frente a Sigmund Freud

Parafilias japonesas

A mí la filosofía me sirvió de muy poco. Más que nada porque el trallazo, la apertura o el desbarre mental en el que suele sumirte el estudio de los grandes tarados de la historia ya lo traía yo de serie. Llámese suerte o, mejor, destino, que queda más nietzscheano.La cuestión es que una de las pocas cosas que verdaderamente me llamó la atención de toda esa suma de teorías, justificaciones y cuadraturas del orbe reflexivo me ha servido para asumir intelectualmente más de un quilombo existencial. En realidad, ni siquiera me acuerdo del autor de la teoría, ya que mi profesor de Antropología corrió a arrogarse su autoría mencionando muy de pasada, mientras tosía porquería marrón, al verdadero responsable, que por lo demás tenía un nombre tan anodino como olvidable.

 

LA TEORÍA

La teoría es la siguiente: la gran diferencia entre el hombre y el mono, el ciempiés o el suricato no se encuentra en la constitución de una cultura compleja o en su capacidad para reventar el mundo a la de tres; sino en la existencia de una suerte de limbo entre los estímulos y las respuestas.
Por ejemplo: la cochinilla, cuando percibe un peligro potencial, se enrosca formando una pelotita tan versátil como tierna, pasando desapercibida para dicho peligro siempre y cuando éste no calce unas botas Panama Jack. Por el contrario, el hombre, cuando percibe un peligro, y tras desechar sabiamente la posibilidad de adoptar el aspecto de una croqueta de carne, se inventa alguna manera de evitar el peligro que no viene determinada por el instinto. Es más, él fue el que terminó inventando las Panama Jack porque supo sustraerse a la inmediatez. Es decir: el hombre, desde que percibe el presunto peligro hasta que adopta una determinación, se demora, por lo que se puede afirmar sin faltar a la verdad que se trata de un ser esencialmente moroso. Y en esta demora entre el estímulo y la respuesta hay un limbo, un ámbito de libertad en el que idea catapultas, religiones y hasta rascacielos de cien metros de altura. (Imagínense la de protohombres que debieron sucumbir a un limbo excesivamente laxo mientras un tigre de Bengala o un oso grueso acababa con su vida. No quiero ni pensar en la cantidad de homínidos que debieron morir mientras esa ecuación estímulo-limbo-reacción se afinaba y se aligeraba hasta el punto de posibilitar una huida a tiempo, el empleo de un arma o la encomienda a un Dios salvífico.)

Lo específicamente humano es el limbo, y lo demás es mero epifenómeno. Cuando me propusieron escribir algo acerca de las parafilias japonesas lo tuve claro. El responsable es nuevamente el limbo. Cuanto más se aleja un sujeto del verdadero objeto de sus estímulos sexuales que le arruinan los riñones, más singulares pueden llegar a ser los objetos en los que tan alegremente se demora, los trasuntos con los que se entretiene. Es más, después de ingerir una buena cantidad de barbitúricos de diversa procedencia y calidad, tras acudir al psicólogo durante seis años o después de meterse en una secta, el hombre suele llegar a creer que ese objeto de su demora es, en realidad, el objeto real de su deseo.
A todas estas desviaciones del apetito sexual se las viene llamando, desde hace ya bastantes años, parafilias; aunque, como les mostraré en el siguiente episodio de este hondo artículo, la parafilia no es idéntica a la perversión. Es más, a partir de un par de ideas les demostraré, sin asomo de duda, cómo el hecho de que una chica lama el pomo de una puerta no es en absoluto aberrante; sino, bien al contrario, el colmo de la civilización, una modalidad de limbo tan válida (a priori) como pueda serlo correr detrás de un balón o jugar al Monopoly.

EL MALESTAR EN LA CULTURA

Cuentan que el origen de toda forma de cultura se encuentra en el establecimiento de unos roles sexuales inquebrantables, en un reparto del pastel de carne y en el desarrollo de unas normas conductuales que evitan que vivamos en la anarquía. Y no porque ésta sea una forma moralmente reprobable de organizarse, sino porque imposibilitaría que la especie progrese (en el sentido moderno, ilustrado, capitalista e inhumano del término).
Ya Freud subrayó, con sus fosas nasales henchidas de entusiasmo, que la prohibición del incesto es una de las bases de la constitución de la cultura, claro que el bueno del alemán desbarraba cosa fina.
Sin embargo, no parece en absoluto descabellado pensar que una de las funciones de todo entramado social es la de determinar los roles sexuales en función de unos intereses económicos, institucionales o hasta sagrados.
En otras palabras: el limbo que ya es la cultura determina a su vez el limbo que cada uno lleva dentro, señalando cuáles son los objetos y los ritos que deben refrenar la necesidad brutal de aparearse a todas horas; es decir: determinando de manera interesada cuáles deben ser los objetos de la demora sexual.
Si uno asume estos objetos morosos y se entrega por entero a las reglas del juego, lo más probable es que termine siendo un hombre de bien con familia, tres perros y hasta un Audi. Por el contrario, el que no asume estos limbos socialmente establecidos suele terminar relinchando por las esquinas o escribiendo libros.
Ahora bien, las normas que determinan el comportamiento sexual dentro de cada sociedad varía sustancialmente de un clima a otro. A veces la humedad obliga a refrenar el ímpetu de los ciudadanos con la creación de un limbo sexual tan extenso como improbable, mientras que en las estepas desérticas y estériles los extraños e hirsutos pobladores apenas necesitan forma alguna de sustitutivo para renunciar a los objetos reales de deseo. El tiempo no acompaña y basta.
En cualquier caso, las parafilias son un producto casi exclusivamente cultural y nunca deben ser confundidas con las perversiones, ya que son absolutamente necesarias para que las cosas funcionen debidamente.
De hecho, una parafilia pasa a convertirse en una forma de perversión cuando no está contemplada por las normas que rigen el limbo cultural en el que nos desenvolvemos con mayor o menor torpeza. Cada civilización se ampara en una noción de hombre y de sexualidad, y de ella se derivan los objetos sexuales morosos adecuados y los objetos morosos sexuales pervertidos.

LOS JAPONESES SE VAN DE FIESTA

El caso de Japón es muy representativo en este sentido. Cuando los portugueses llegaron por primera vez a las abruptas costas de la inmensa isla se sorprendieron al comprobar cómo los japoneses practicaban la homosexualidad de manera alegre y enteramente satisfactoria. El sexo entre hombres del mismo sexo era una práctica extendida en todos los estratos sociales, como sucedía antiguamente en Grecia.
Sin embargo, esta manera tan natural (no soy gay) y directa de comprender la sexualidad se vio rápidamente transformada a mediados del siglo XVII.
Hasta la imposición del budismo y el neo-confucianismo, los japoneses se regían por una suerte de religión animista, sumamente primitiva para nuestros intelectuales y desviados gustos occidentales, que se basaba en la contemplación y la imitación de la naturaleza. Digamos que su limbo cultural funcionaba a ras de suelo, no terminaba de olvidar sus vínculos con lo absolutamente real. Los ritos de apareamiento y el culto a los símbolos fálicos estaban a la orden del día, y no era extraño asistir a fiestas campestres en las que se recibía la Primavera con cópulas masivas y bucólicas.
De hecho, desde muy pequeños, los niños japoneses eran educados por sus familias para comprender y asumir el sexo como un evento cotidiano sobre el que no tenía sentido establecer ninguna clase de tabú, y la sexualidad era una forma de acercarse al invariable movimiento que describe la realidad, con su continuo vaivén entre el nacimiento y la muerte.
El Budismo, por el contrario, comenzó a desnaturalizar el asunto. En su versión japonesa, la religión sin Dios trató de adaptarse a las rígidas normas que rodean la moral de los samuráis, aceptando una moral basada en la existencia del bien y del mal. Así, el sexo, al más puto estilo platónico, pasó de ser entendido como un correlato de los ciclos naturales a convertirse en un billete de ida hacia las entrañas de la condena, por lo que empezó a revestirse de retóricas, paliativos y leyendas líricas que acabaron con la relación directa, espontánea y animista del ser humano con los objetos sexuales.
El neoconfucianismo, por último, conservó la mayor parte de las prohibiciones budistas para dedicarse a establecer unos estratos sociales, que asumieron de manera acrítica el control establecido sobre las costumbres de alcoba.

CONCLUYENDO: TOCATA Y FUGA

Si a este abrupto tránsito desde el animismo y el sexo naturalista hasta las rígidas normas budistas y confucionistas sumamos el desarrollo industrial y tecnológico de la isla durante el siglo XX, entenderemos mucho mejor cómo es posible que en un espacio tan cerrado y abigarrado se puedan generar tantas parafilias, o cómo es posible que la industria del porno sea una de las más rentables a pesar de la censura de cualquier imagen sexual explícita.

En Japón es posible encontrar películas o revistas pornográficas en prácticamente cualquier sitio, al lado de las pelis de Bambi o las publicaciones para adolescentes. El fetichismo está a la orden del día, y hay incluso un sinfín de estudiantes que se pagan sus estudios vendiendo sus bragas a señores de edad provecta.
El sexo explícito (el objeto bruto de la sexualidad) ha sido desplazado hasta tal punto que se ha convertido en literatura, sugestión, desviación o fuga. En Japón se puede hacer prácticamente todo mientras no termine de hacerse, mientras no se haga de una manera directa.En otras palabras: el limbo trascendental en el que se ha sumido la sexualidad es tan extenso y necesario para el correcto funcionamiento de la sociedad que la imaginación se ha convertido en el verdadero órgano sexual.
Por ejemplo: hay pocos libros tan profundamente eróticos como “El Pabellón de Oro” de Yukio Mishima. Sin embargo, la excitación que produce su lectura no se encuentra jamás en el trasunto de la cópula, sino en su ausencia.
Pero Mishimas hay muy pocos, y ciudadanos de a pie millones, que entre jornadas laborales de veinte horas y bandas anchas de cien megas se entregan a un sinfín de parafilias que nos pueden parecer depravadas desde nuestra óptica católica y romana, cuando, desde una perspectiva más amplia, no lo son en absoluto.
Los japoneses adoran, por ejemplo, oler sexos (kagaseya), coleccionar bragas (namasera) o conservar fotos junto a orines o fluidos de diversa procedencia (burusera). El onanismo es la base de una sexualidad absolutamente desnaturalizada; o, lo que es lo mismo: absolutamente sublimada. Lo abstracto ha tomado el lugar de lo concreto.
La última moda en parafilias japonesas no puede ser más representativa del sexo sublimado o límbico. El Doorknob Shojo (la niña del pomo) nació a partir de una serie de fotografías  que cayeron en manos de la artista nipona Ai Ehara, quien, nada más ver las imágenes, decidió montar una página que albergase la nueva parafilia.
Lamer un pomo puede ser ridículo para un sujeto nacido en Santa Eulalia de Villandas; pero no para un japonés, que con su natural habilidad para trazar fugas y abstracciones es capaz de establecer una serie de relaciones simbólicas que ni el mismísimo Magritte.
Así que, a partir de ahora, no desprecien los agujeros de los calcetines, no miren con recelo los pomos de las puertas y ni se les ocurra llamar pervertido a un tipo que se incrusta trozos de cristal en las orejas: siéntanse más bien culpables por tener tan poca imaginación y láncense a un prado a asumir su condición de tristes occidentales.

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Pablo Bernardo


2 Comentarios

  1. Tesla dice:

    ¡Increíble reportaje! Pero sobre todo clarificador

    Responder
  2. Juan Antonio Huertas dice:

    Gran reportaje. Ole!

    Responder

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