La felicidad de la lombriz

Esta semana se ha celebrado en Madrid el II Congreso Internacional de la Felicidad, organizado por Coca-Cola. Es fascinante como esta multinacional, cuyos únicos méritos destacados han sido inventar los eructos con cosquillas y servir de aliño a los cubatas, pretende convertirse en adalid de la alegría mundial. En mi opinión, entidades como el Excelentísimo Ayuntamiento de Jabugo (futura capital de España, o sino, tiempo al tiempo) o las ilustres empresas Roca o Picolín, hubieran sido organizadores de mucha más categoría. Ellos siempre han sabido hacer felices a los españoles, produciendo grasa de la rica o facilitándonos nuestra tan deseada siesta.

Me pregunto quién habrá asistido a este tinglado tan original ¿Se habrá tratado de un encuentro de personas muy felices que no han parado de abrazarse durante horas? ¿Habrá sido, por el contrario, un evento destinado a personas tristes a las que se les ha enseñado el camino hacia la sonrisa eterna? ¿Como habrá sido el merchandising repartido a los participantes? ¿Regalarían cintas de cassette con los mejores chistes de Eugenio? ¿Cartones de LSD para chupar quizá?

Desconozco todos estos detalles. De lo que sí me he enterado es que, al parecer, los organizadores estaban unos poco desilusionados al clausurar el evento pues finalmente no pudieron contar con la presencia de la persona más feliz del mundo. Según la Universidad de Wisconsin (todo lo que descubre esta universidad me suena a cachondeo), se trata de un monje francés que vive en Nepal a menos 5 grados, sin calzoncillos y que pasa sus días pensando, comiendo sopa de matojos y bebiendo té. Es curioso que, salvo por lo de andar sin calzoncillos, mi concepto de felicidad es diametralmente opuesto al suyo: pies enterrados bajo la arena, cerveza helada en una mano, bocata de tortilla en la otra, y sobre todo, a pensar lo menos posible. En cualquier caso, basta mirarle a la cara para darse cuenta de que los investigadores wisconsianos han acertado de pleno y que este hombre no sólo es muy feliz, sino seguramente el que más del mundo entero.

Quien sí acudió finalmente fue la persona más triste del mundo. El susodicho quiso quedar en el anonimato pero su participación ha trascendido a los medios. Se trata de un apuesto banquero suizo de 45 años, que gana 40 millones de euros al año, que tiene una operada mujer de 90-60-90 que solo habla cuando él se lo pide y que veranea 3 meses al año en una isla de la Polinesia Francesa con 30 negros bajitos a su servicio que le cocinan cerdo salvaje a la parrilla y le masajean los pies. Los expertos no se explican el motivo de su infelicidad y creo que han intentado atiborrarlo a Coca-Colas para subirle la moral. ¿Por qué será que es tan infeliz ese pobre banquero? Problemas de erección, seguramente.

“Feliz es aquél que se cree una lombriz”

Yo siempre he tenido mis reticencias para usar la palabra “felicidad”. Cuando me preguntan “¿eres feliz?”, siempre contesto que sí. En parte porque suelo estar de buen humor, pero sobre todo porque si contestas que no, el interrogatorio puede ser casi tan incómodo como el estigma social que se genera. “Mira, por ahí va ese tío, ¿te suena de algo? Sí hombre, el que no es feliz”.

Para este tipo de situaciones les recomiendo acudir a lugares comunes como “No es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita”, “Sólo es feliz aquel que se quiere a si mismo” o “Tomemos el tren que nos lleve a la felicidad”, por poner algunos ejemplos estúpidos que rápidamente harán desviar el interés de su interlocutor. Hay una página web donde podrán encontrar muchas otras salidas si esos ejemplos no les gustan. Mi preferida es “Feliz es aquél que se cree una lombriz”. Que cada uno saque sus conclusiones.

Lo cierto es que cada uno encuentra la felicidad en lugares diferentes. La sonrisa de un hijo, la llegada de las vacaciones o una sesión de una hora, sin anuncios, de chinos dándose leches en humor amarillo. Yo, además de en la playa, creo estar cerca del nivel del buda francés cuando voy al cine, en pequeños planos que ya he olvidado, en algunas secuencias que no me canso de ver, o en canciones que me transportan a lo más profundo de la película en cuestión.

El cine nos ha dejado grandes moralejas sobre la felicidad. La gran mayoría de ellas van asociadas a la música y curiosamente, muchas de ellas, a los silbidos, gran reflejo de nuestra felicidad. Los de Alex en “La Naranja Mecánica” (1971), los de Dick Van Dyke en “Mary Poppins” (1960) o los de Willy Fog en “La vuelta al mundo en 80 días” que, aunque era una serie de TV, son algunos de mis preferidos. No he podido resistirme a trasponer la letra de la canción (como verán he omitido los silbidos) y a colgar el video porque se me ocurren pocas cosas transmita tanta felicidad

“Dar la vuelta al mundo es una historia sin final
nunca sabes cuando acaba bien o acaba mal
lo único importante es estar juntos y ya está.

Hay muchos peligros
cosas fáciles difíciles
y gente buena y mala
aventuras, desventuras sin parar

hay que ser amigos eso es lo fundamental
si tu vas delante yo vigilo desde atrás
y si yo te ayudo se que tu me ayudaras


sílbame, tu sílbame
si te encuentras en peligro
sílbame, tu sílbame y ya voy

pon la boca así como si fueras a beber
ve soplando el aire poco a poco y a la vez
sale tu silbido y ya no hay nada que temer

Hay muchos peligros
cosas fáciles difíciles
y gente buena y mala
aventuras, desventuras sin parar

silba fuerte fuerte y el problema no es problema
porque siempre hay un amigo que desea estar contigo y ahí está
silba fuerte fuerte y el problema no es problema
porque siempre hay un amigo que desea estar contigo y ahí está”

Pero mi silbido favorito es, sin duda, el que suena en la escena final de “La Vida de Brian” (1979). Si te han apedreado, si te han azotado a latigazos, si te sientes solo y los tuyos te han abandonado, si te han clavado las manos y los pies en una cruz y estás apunto de desangrarte, solo tienes que silbar, y buscar el lado de la vida que todavía brilla.

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Fernando G. Acuña

Cuando escuché por primera vez el refrán “pongo un circo y me crecen los enanos” pensé en lo afortunado que sería teniendo más enanos para mi circo. Por un momento, imaginé que los enanos crecían como las cebollas o los puerros, en un huerto, con un poco de sol y mierda de vaca. Así es mi vida: irreverente, cómica, absurda, como un circo lleno de enanos que crecen sin parar.


Un comentario

  1. JuanFresh Barullo dice:

    Gracias Fernando, ya no puedo parar de silbar la canción durante todo el finde. Por cierto, la felicidad es de cada uno, y hay que entrenarla. Y en eso, somos unos maestros. A disfrutar!

    Responder

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