De Cráneos y Corbatas

Existen corrientes de pensamiento que, al igual que ciertas modas, acaban por caer en desuso y se convierten en objeto del olvido, cuando no de la burla. Esto no quiere decir que, llegados a un punto, no pueda uno volver a desempolvarlas y recurrir a ellas con el convencimiento particular de que tienen una vigencia renovada o, al menos, una validez que a uno le persuade.

Y de tal modo, igual que en pleno siglo XXI y en puro arrojo de trasgresión estética, algunos deciden calzarse unas gafas de concha o de carey, una camisa con hombreras y flecos o unos zapatos de rejilla, que a mi parecer son los complementos más lábiles de la historia de la vestimenta contemporánea, no veo por qué no puede uno recurrir a la aplicación de ciertas teorías caducas u olvidadas, denostadas por el pensamiento científico y rigoroso, por la corrección moral o por el pulso renovador de los tiempos.

La frenología, doctrina que se puso en boga a comienzos del siglo XIX, venía a marcar el carácter de un sujeto atendiendo al estudio de su cráneo, así como de sus facciones. Visto a priori, el asunto tiene pinta de patraña, cosa subjetiva de la percepción, un invento chusco cercano a la superstición, a la quiromancia o a cualquier invento con más base fantástica que de verdad irrefutable.

Aún así, no conozco yo a casi nadie que no crea poseer esta capacidad de análisis o presciencia acerca de las personalidades y que justifique con una fuerte intuición propia, como todas las que tendemos a arrogarnos sin entrar en comparativas, sólo mediante la introspección y la aguda, o más bien obtusa, visión que tiene uno acerca de sí mismo y que no es más que un ejercicio de vanidad y autocomplacencia.

Quién tiene el valor de afirmar que nunca se ha cambiado de acera cuando en la dirección opuesta se acercaba un tipo mal encarado, de mirada torva o de aspecto sucio, bravucón u hostil. Quién no ha pensado en alguna ocasión, este tío tiene cara de cabrón, o de borracho, vaya aspecto infame, menudo elemento, ése seguro que atiza a su mujer, aunque ella también tiene cara de bruja inaguantable… y así hasta la extenuación. Y que cada uno se fije en lo que más se le aleja, que alguien elegante, repeinado y de finas maneras conjeture, mirando mi rostro apenas afeitado, mi camisa descolorida o los bajos raídos de mi pantalón, que soy un menesteroso, mientras al tiempo yo hago un rápido juicio de valor y me lanzo a pensar, ése es un petimetre, qué encopetado, madre mía, menudo estirado, qué capullo, en resumen.

Aseveran los ingleses que no conviene juzgar un libro por sus tapas, a la vez que los más castizos coinciden en que las apariencias engañan, mientas que Campoamor se mostraba más prudente y se quedaba en el término medio, en el de afirmar que la realidad dependía del color del cristal a través del cual se la mirase.

Seguro que no le faltaba razón al poeta, que la cosa no es maniquea, que las facetas del hombre no han de ser inequívocas o simples o sujetas al arbitrio de un canon, como si se estuviese hablando de una banqueta  a la que simplemente se le exige que no se tambalee y que aguante el peso del que se sienta encima. Y puede parecer una perogrullada afirmar que a una persona no ha de etiquetársela por su apariencia, sino más bien por su manera de actuar, pues su rostro o su atuendo pueden haber sido marcados por vicisitudes que a él escapen, accidentes, calamidades o mal gusto, pero al pensamiento es más complicado deformarlo si no existe una connivencia y un relajo en las maneras, una complacencia que no depende tanto de la fortuna como de la integridad moral. No voy a entrar en situaciones excepcionales, de ésas que llevan al pusilánime a empuñar una pistola o al discreto a dar una voz. Hablo de mantener, en circunstancias normales, una actitud clara y distintiva que lo defina mejor como humano que la observación subjetiva de su aspecto.

Todo este modus operandi de las buenas formas, de la mesura y el equilibrio en la catalogación de las personas se desmorona como una techumbre de paja cuando intentamos aplicarla al terreno de la política. Porque el político, a estas alturas de la película, da mayor peso al retrato suyo que aparece en carteles, pancartas y trípticos que al discurso con el que pretende sugestionarnos. Y quizás lo haga basándose, precisamente, en la certeza de que al final nos dejaremos guiar por ese pálpito tan arraigado que se esconde en lo más profundo de nuestras convicciones y que nos indica que, de hecho, las apariencias sí están a la altura de lo que se nos ofrece, que la portada resume bien el libro y que la realidad la acabaremos mirando con las gafas del color más sugerente y no necesariamente del que más reduzca nuestra ceguera.

Y aunque el discurso que nos entreguen esté empaquetado con impecable gusto, con corrección gramatical, elegancia en el verbo y cubierto por una pátina dulce, no hay que esperar más que unos días más allá de las elecciones que llevan a unos al poder y defenestran a otros para ver que todo ese artificio no era más que palabrería hueca y los valores que se vendían con tanta convicción son tan quebradizos como esa capa de azúcar que cubre almendras amargas. Donde dije digo, digo Diego. Un sí es ahora un tal vez. No se convierte en quizás. De blanco a negro. El día y la noche.

Y sin embargo, los trajes, el maquillaje y los peinados siguen inalterados. No queda más, al final, que mirar a un político a la cara e intentar penetrar en su mirada, en las zanjas de su pelo engominado, en sus formas, adivinar el engaño de su disfraz o acaso, con fortuna, descubrir humildad o sinceridad.

Sí. A eso parece haberse reducido la opción democrática a día de hoy. Al uso correcto de la laca, a la combinación más acertada de los complementos, a las maneras teatrales, al retoque fotográfico y a la sonrisa impostada.

Y también al convencimiento de que cuando los que mandan nos miran desde sus tribunas piensan, en la más acendrada costumbre frenológica, míralos ahí, pobrecitos, qué cara de pardillos.

 

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Samuel Tristán


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