La historia interminable

- Policía 1: Oye compadre, ese chaval de allí con la camiseta de Bob Esponja me ha llamado mameluco, o algo así.

- Policía 2: ¿Cómorlr?

- Policía 1: Sí, el niñato de gafas que parece Harry Potter, además me ha dicho que a ver si me entero de que la educación de la que les está privando el gobierno también es la de nuestros hijos.

- Policía 2: Métele una buena hostia en la boca, pa’ que aprenda a estar callado. O mejor, en un ojo, a ver si así le revientas las gafas y deja de leer tanto.

Estos días no salgo de mi asombro cuando veo que en Valencia y muchas otras ciudades de España se alzan novelas, cuentos y ensayos para defender algo tan pasado de moda como la educación pública. Me pregunto de dónde salen tantos libros. La gente aquí no lee tanto porque sino no tendríamos a los gobernantes que tenemos. Imagino entonces que la mayoría de ellos equilibran mesas, alzan pantallas de ordenador o sujetan figuritas africanas decorativas en los salones.

Creo que hacía 18 años que la imagen de un libro no me estremecía tanto. Lo recuerdo perfectamente. Fue en 1984, cuando vi por primera vez “La historia interminable”. La historia de un libro mágico, dentro de una película, que a su vez estaba basado en un libro. Hay muchas películas que hablan sobre películas, sobre cuadros, o sobre música, pero no recuerdo ninguna que tratara el mundo de un arte dentro de otro arte con tanto arte como lo hizo Wolfgang Petersen. Aquel hombre que comía piedras, aquella vieja y gigante tortuga que estornudaba sin parar, toda aquella extraordinaria fábula de personajes, no hubiera funcionado si la historia principal no hubiera sido la de un niño que leyendo un libro y usando su imaginación consigue trasladarse al mundo de Fantasía.

Recuerdo que aquella noche cogí un libro y me fui corriendo a leerlo bajo las sábanas, esperando a que algo extraordinario sucediera. Me lo llevé al colegio, me escondí en el recreo, como hacía Bastian, y seguí leyendo a la espera de ver aparecer un dragón volador o de que Beatriz, la niña pecosa y pelirroja de la primera fila, se enamorara de mí. Todos los que vimos “La historia interminable” hicimos eso. Ahora no recuerdo cual fue el libro que escogí. Seguramente un tebeo de Mortadelo que solo consiguió que cada vez que cerraba los ojos apareciera Filemón disfrazado de cangrejo.

La “Nada” era el enemigo. La ausencia de sueños, muñecos haciéndose pedazos, los juegos sin vida aplastados en una pantalla. Esa Nada que Bastian solo consiguió derrotar cuando continuó leyendo su libro. Esa Nada en la que se convierten día a día las escuelas, las casas, las conversaciones. Que se alimenta de nuestra falta de ilusión. Esa Nada que viene a Valencia con uniforme gris a recordarnos los 40 años de Nodo y de Nada.

Libros contra palos. Esa sí que es una historia interminable.

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Fernando G. Acuña

Cuando escuché por primera vez el refrán “pongo un circo y me crecen los enanos” pensé en lo afortunado que sería teniendo más enanos para mi circo. Por un momento, imaginé que los enanos crecían como las cebollas o los puerros, en un huerto, con un poco de sol y mierda de vaca. Así es mi vida: irreverente, cómica, absurda, como un circo lleno de enanos que crecen sin parar.


Un comentario

  1. Alberti dice:

    Quillo, no es por meter a la falange en tu campo de visión, pero el que se disfrazaba era Mortadelo, no Filemón. Donde esté una buena historia de cuya princesa enamorarse, que se quite el Profesor Bacterio que nos gobierna.

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