Y Hollywood se echó a temblar

“Sesión sangrienta”, Jason Zinoman (T & B Editores)

Como buen estudioso del terror, Jason Zinoman sabe que no hay nada mejor para enganchar a la audiencia que una primera sacudida. Ojo a la cita que abre este libro: “El primer monstruo al que debe temer el público es el director. Deben sentirse en presencia de alguien que no está condicionado por las reglas normales del decoro y la decencia”. Si nos atenemos a que esas palabras las pronunció Wes Craven, entenderemos dos cosas sin estrujarnos demasiado las neuronas. Una, que en aquella generación que cambió el cine de terror en el Hollywood de los setenta primó, y mucho, la figura del director / autor. Y dos, que con declaraciones como ésa no es de extrañar que aquel enjuto profesor universitario reciclado en cineasta outsider pariera monstruosidades tales como “La última casa a la izquierda” o “Las colinas tienen ojos”.

Zinoman, que ejerce de crítico en el reputado New York Times, repasa en esta “Sesión sangrienta” -oportunista y libre traducción del original y mucho más acertado “Shock Value”- cómo un hatajo de chiflados por el celuloide como Craven, Brian de Palma, Tobe Hooper o John Carpenter cambiaron la forma de asustarnos en la sala oscura del cine. Claro que Zinoman es respetuoso y cita como antecedentes inmediatos no ya a Hitchcock y su “Psicosis”, sino a Polanski y “La semilla del diablo” y a Bogdanovich y “El héroe anda suelto”. Ambos, a su manera y de un plumazo, se encargaron de jubilar a los antiguos monstruos, personificados en un vetusto William Castle –que tuvo que conformarse con un cameo en la película del polaco, impotente ante el rumbo que tomaba un proyecto que él había levantado- y en el no menos anquilosado Boris Karloff, que se despedía del fandom en un inusual canto de cisne orquestado por un jovenzuelo con ínfulas de autor.

Cultivador de ese periodismo tan norteamericano que abunda en anécdotas, entrevistas y saltos espaciotemporales, Zinoman convierte su ensayo sobre cómo se transformó el cine de terror en un universo poblado de psychokillers, familias disfuncionales y niñas poseídas por una furia (demo)uterina en un carrusel de apariciones estelares, reales o no, de Spielberg a Friedkin, de Carrie White a Michael Myers. Y sin esquivar los momentos incómodos, como los roces de ego entre Carpenter y Dan O’Bannon, eterno repudiado a su pesar del Olimpo del horror cinema, o el demencial rodaje, descrito con todo lujo de detalles escabrosos, de “La matanza de Texas”.

Variación hemoglobínica de aquel “Moteros tranquilos, toros salvajes” en el que Peter Biskind desgranaba los entresijos del nuevo cine americano, “Sesión sangrienta” es un entretenidísimo retrato generacional que, pese a una traducción no demasiado afortunada, instruye y deleita por igual.

 

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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