El tránsito

Miro los lomos de los libros que amarillean en mi biblioteca y ya no me reconforta ver que no tienen arrugas.
Que el paso del tiempo los haya mantenido incólumes no me llena de orgullo.
Cuidar con esmero los libros era la proyección de mis obsesiones. Impolutos. Inmarcesibles. Sin costurones.
Durante mucho tiempo, no abrí los libros más que lo justo para alcanzar con la vista el final del renglón.
Protegía las esquinas de sus cubiertas con cantoneras para que no se aplastasen y se abriesen.
Siempre me cuidé de no escribir en los márgenes de las páginas.
Pero un día dejé de hacerlo.
Tatué mis libros. Los abrí y los retorcí. Los llené de ralladuras y anotaciones. Los dejaba al sol o me los llevaba a la playa, arrugados y golpeados en el fondo de un bolso lleno de arena húmeda.
Ya no importa. El libro sigue ahí. Ajado y menos brillante. Pero con todas sus frases íntegras.
Así es mejor. Baqueteado. Pero con la historia hasta el final. Sucio y marcado. Pero entero.

Todos nacemos de un polvo.
Eso no conviene olvidarlo tampoco.
Así, a modo de prólogo.

 

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Samuel Tristán


Un comentario

  1. JuanFresh Barullo dice:

    Yo como leo en formato electrónico tengo las estanterías llenas de ipads…

    Responder

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