Un fin del mundo como Dios manda

“Los genocidas”, Thomas M. Disch (La Factoría de Ideas)

Digámoslo así: a pesar de la potencia de la idea en que se basa, de la fuerza visionaria de su desarrollo, y del implacable suspense de su último tramo, cabe dudar que próximamente Roland Emmerich adapte al cine esta descomunal epopeya de ciencia ficción apocalíptica.

Por dos principales razones: en primer lugar, porque se trata de la ópera prima de su autor, publicada por primera vez en 1965, y hay que suponer que, si el amigo Emmerich o cualquier otro hacedor de blockbusters hubiera tenido intención de convertirla en superproducción, a estas alturas ya habría hecho algo al respecto. Y en segundo lugar, y esta es la razón más importante, porque Disch jamás hizo concesiones gratuitas a los buenos sentimientos del lector, y ya desde su primera novela demostró una honestidad insobornable llevando una premisa oscura hasta sus últimas consecuencias. El relato comienza en un mundo invadido por alienígenas para quienes los humanos son, a lo sumo, molestas alimañas, y los susodichos humanos, en sus esfuerzos agónicos por sobrevivir, se comportan como tales. No hay Schindler, no hay misión para salvar al soldado Ryan, ni héroes para llevarla a cabo. Disch no agita el apocalipsis ante nuestros ojos para luego aliviarnos con soluciones de último minuto, ni siquiera nos consuela con la supervivencia de unos pocos de los buenos de la película (para empezar, ni siquiera los hay) y la promesa lejana de un mundo repoblado. Muy al contrario, se permite la horripilante ironía de concluir su relato del violento ocaso de la humanidad con unos improbables Adán y Eva crepusculares que contemplan la certeza de su muerte inminente.

Los habituales de Disch conocen bien sus constantes: ya fuera en la ciencia ficción (“Campo de concentración”, “334”, o su obra maestra, “En alas de la canción”), en el terror (la brillante “El ejecutivo”, “Doctor en medicina”, “El cura”), en la poesía o en el ensayo (“The Dreams Our Stuff is Made Of”), siempre ofrecía honestidad, inteligencia, una visión personalísima, humor esquinado y una calidad literaria muy superior a la media.  Hace cuatro, abatido por la depresión tras la muerte del que había sido su compañero durante toda la vida, agobiado por los problemas económicos y las amenazas de desahucio, Thomas M. Disch se disparó en la cabeza. En su último libro, “The Word of God”, brilla el mismo espíritu inconformista que mantuvo intacto a lo largo de toda su carrera. Parece apropiado, ahora, rescatar su primera novela y honrar a uno de los mayores talentos de su generación, al que desgraciadamente no se celebró en vida tanto como merecía; quizá no sea la historia más adecuada para iluminar una tarde de lluvia, pero su oscuridad no puede ser más honesta ni describirse con mayor belleza.

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Alejandro Romero

Mientras se hunde en el asfalto, Alejandro Romero traduce libros de magia, escribe tebeos crípticos como "La canción de los gusanos" y tratados herméticos como "El humor en la sociología posmoderna" (sí, en serio), y se materializa en las más recónditas universidades andaluzas para enseñar sociología a los inocentes, así, a traición y con toda su mala idea.


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