Cortocuéntame otra vez

“Cortocuentos 2”, Borja Crespo, Chema García y 14 amigos más (Astiberri)

Cazadores de monstruos enfrentados al fenómeno más inexplicable de todos, un viajero galáctico que huye de su planeta flamígero, esqueletos que tocan música con sus huesos, ejércitos simétricos que se lanzan a guerrear con resultados lógicamente catastróficos, y mil prodigios más, apretados pero en buena vecindad, dentro de un compacto librito de ciento veinte páginas. Borja Crespo y Chema García, los niños que más historias se saben de todo el patio del colegio, vuelven a formar corrillo en el recreo y esta vez se han traído a sus amigos, que son prácticamente un quién es quién del mejor tebeo español actual (ya saben: no están todos los que son pero todos los que están, son… ¡vaya si son!).

Seamos injustos y destaquemos unos cuantos al azar: observen con qué engañosa pulcritud atrapa Miguel Núñez el Uróboros del inconsciente onírico, la violencia tan cruda como visualmente embriagadora de Javier Olivares, la sordidez virtuosa de las líneas con que García dibuja Ciudad Perfidia, la plaga de bebes ciclópeos con ecos del mejor Charles Burns que documenta Albert Monteys, la alegría contagiosa de los festivos cadáveres de Enrique Bonet, el sabor adecuadamente añejo de las desventuras informáticas de Puño, el despliegue de energía interestelar de José Luis Munuera y su portentoso colorista Sedyas… Observen, sí, cómo Rafa Blanco superpone dimensiones y planos de la existencia, y a David Rubín enfrentando a sus mesnadas en el conflicto bélico definitivo.

Pero no se confundan: los cortocuentos no son un mero ejercicio de estilo, una forma métrica con unas reglas estrictas (cuatro líneas por cuatro ilustraciones) para mejor lucimiento de los ingenios de la corte. Los cortocuentos son, sobre todo y ante todo, precisamente eso: cuentos, que deambulan sin prejuicios por todos los parajes de la imaginación, entre las verdes praderas de la infancia y los brutales acantilados de la muerte. Ahora que escasean las revistas de cómics, Crespo y García nos harían un gran favor si nos regalaran un nuevo volumen cada año o dos, pero justo es admitir que los futuros “Cortocuentos” lo tendrán muy difícil para superar dos de las propuestas de esta entrega, verdaderas cimas de la narrativa gráfica en formato mini: “Cristal”, tan transparente y pulida como su título implica, y “Nieve eres”, un gélido poema de melancolía digno de Ray Bradbury.

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Alejandro Romero

Mientras se hunde en el asfalto, Alejandro Romero traduce libros de magia, escribe tebeos crípticos como "La canción de los gusanos" y tratados herméticos como "El humor en la sociología posmoderna" (sí, en serio), y se materializa en las más recónditas universidades andaluzas para enseñar sociología a los inocentes, así, a traición y con toda su mala idea.


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