Carlos Rego, conduciendo por carreteras secundarias

Entre los sintetizadores y la laca, era difícil vislumbrar en el mapa sonoro estadounidense de los años de Reagan algo válido. Se debía rastrear por carreteras menos transitadas. A la lista de grupos que mantenían las viejas raíces, Carlos Rego les ha dedicado su debut en largo, “Nuevo Rock americano, años ochenta. Luces y sombras de un espejismo” (Editorial Milenio). Notable libro que sirve de aglutinador y referencia .

¿Cómo surgió la idea del libro?
En realidad, fue una especie de desafío, comprobar si era capaz de hacerlo. Siempre me gustaron los libros, no solo de música, y los largos artículos en las revistas musicales. De hecho, los que solía escribir para Ruta 66 cuando empecé eran unos tochos considerables. El tema lo negocié con la editorial entre varias proposiciones que me parecían interesantes. Excepto uno inglés que recopila artículos de la revista Bucketfull of Brains sobre el Paisley Underground (parte muy importante de lo que aquí llamaríamos Nuevo Rock Americano), no había ningún libro que tratara específicamente esta generación de bandas, y si a esto añadimos que fue algo que viví muy de primera mano en su momento, creí que podía aportar algo novedoso y personal.

¿Por qué, de repente, en un ambiente tan proclive al punk o las producciones vacías como era la América en los ochenta, surgió una generación así?
El ambiente en 1981 era desolador, lo más moderno en las listas eran Police o Blondie, y el AOR campaba a sus anchas. En realidad, el punk en América no pasó del underground más underground. Al contrario que en el Reino Unido, no hubo unos Pistols ni unos Clash, y las escenas neoyorkinas o angelinas no llegaron al gran público. Estos grupos aprovecharon el impulso liberador del punk para echar la vista atrás y recuperar una música olvidada entre tanta Nueva Ola descafeinada y restos de los setenta más inofensivos. A ellos les gustaban los Velvet, Stooges, Flying Burrito Brothers, Byrds, Neil Young & Crazy Horse o los grupos de garaje. Adoraban las guitarras y no podían oírlas, el sintetizador parecía el único presente posible, así que decidieron recuperarlas por su cuenta.

Mientras R.E.M., ya en los ochenta, alcanzaron puestos altos en el Billboard, el resto de grupos no tuvieron la misma suerte.
Como suele decir Steve Wynn, R.E.M. fueron los Beatles de esta generación. Su música era más accesible y melódica que la de la mayoría, gustaban por igual a críticos y público. Además, giraban sin descanso, tenían muy claro lo que querían y, por supuesto, escribían grandes canciones y grababan grandes discos. De todas maneras, el éxito de verdad les llegó cuando la mayoría de sus congéneres ya habían arrojado la toalla. Por cierto, antes que ellos triunfaron The Bangles, que, aunque pocos parecen recordarlo, eran unas más al principio de todo este “movimiento”, al lado de Dream Syndicate o Long Ryders.

“Lo que importa es la emoción que transmite la música, y para eso no hace falta saber tocar nada.”

¿Consideras el nuevo rock americano, como una especie de bisagra entre sus precedentes y lo que se ha venido llamando americana?
Hay quien niega la conexión, pero yo la veo muy clara, no sólo con el Americana, a través de grupos como Long Ryders, Green on Red o Giant Sand, sino también con el rock alternativo de los noventa. Dream Syndicate eran favoritos de Galaxie 500 o Yo La Tengo, e incluso de Chris Robinson de los Black Crowes, y coincidían con gente como Replacements o Husker Dü en crear un circuito del que luego se aprovecharía la escena Sub Pop y también los grupos de Americana. Podría decirse que los pioneros siempre lo tienen más difícil.

Has tocado en varios grupos. ¿Cómo afecta ser instrumentista a la hora de escribir sobre música?
Supongo que te fijas en algunas cosas que los que no tocan un instrumento o no han tocado en grupos no oyen, pero procuro que no se note. Al final, lo que importa es la emoción que transmite la música, y para eso no hace falta saber tocar nada.

Desde hace unos años, en España, hemos ganado en cuanto a literatura rock. Se traducen, y escriben, más libros.
Ya era hora, ¿no? Lo normal es que aquí la gente se desentienda de la música en cuanto deja de ser joven, mientras que en otros países es más habitual mantener el interés con los años, justo cuando el poder adquisitivo te permite comprar unos libros que quizá antes no estaban a tu alcance. Si este pequeño auge de la literatura rock significa que la cosa ha cambiado, bienvenido sea.

¿Para cuándo otro libro de música?
Tengo un par de proyectos, pero nada seguro. Me gustaría escribir sobre la bulliciosa escena 60′s de mi ciudad, Ourense, para recoger el ambiente juvenil de unos años en que montar grupos era bastante más difícil que ahora.

 

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Ignacio Reyo


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