Liberace

 

Os gustan las plumas, el satén rosa, los ambientes recargados en la mejor tradición rococó, los tupés enlacados y en general todo lo excesivo? Entonces os va a molar el personaje de este mes, ya que aunque era un virtuoso del piano se le recordará para siempre por las pintas que llevaba. ¡Encended los focos, atención todos, suena la música! Una melodía os atrapa y os conduce a ese mundo en Technicolor que por desgracia ya no existe pero que aún podemos revivir.

 
Cuando tus padres te bautizan con el nombre de Wladziu Valentino Liberace, una de dos, o quieren putearte de por vida o han visto en ti el potencial suficiente para convertirte en alguien muy especial. En el caso del jovenWalter fue lo segundo, ya que nace en el seno de una familia de artistas: su padre Salvatore era músico de la Filarmónica de Milwaukee y su madre Frances tocaba el piano. Llevaba el ritmillo en las venas.

Con sólo cuatro añitos comenzó sus estudios musicales y cuando pasó el tiempo fue apadrinado por el pianista polaco Paderewski. Acababa de cumplir los catorce y ya era lo que se dice un virtuoso de las teclas, tocando en salas de su ciudad con el sobrenombre de Walter Busterkeys (todavía no había acertado con el que la daría la fama y el dinero) y estudiando en la Escuela Superior de Wisconsin. Debutó ante el gran público con la Orquesta Sinfónica de Chicago y en los años siguientes sólo interpretó música clásica.

Paderewski, como buen maestro, lo fue llevando por el camino correcto y en la década de los 40 lo introdujo en el mundo de los locales de variedades, comenzando en el Hotel Plaza de New York. La seriedad que caracterizaba al joven músico se perdió cuando en medio de una actuación, sin previo aviso, comenzó a reírse y gesticular, tal vez presa de los nervios. Al público le encantó esta nueva faceta, histriónica, del chico y lo ahogó en aplausos.

Su popularidad crece tanto que en pocos años ya trabajaría para la televisión norteamericana con el programa “El Show de Liberace”, en el que ejecutaba piezas por todos conocidas pero dándoles un toque personal, ya fuera quitando las partes que él consideraba aburridas o añadiendo todo un repertorio de gestos y mojigangas varias. Es por entonces cuando su vestuario comienza a llenarse de plumas, flecos, joyones y colores que ni Ágata Ruiz de la Prada se atrevería a usar. Todo coronado por un pelucón que desafiaba a la gravedad y, por supuesto, al buen gusto.

En esos años actúa en el Carnegie Hall, el Madison Square Garden y el Hollywood Bowl y los peta. Miles de personas disfrutan de su show, incluidos ¡¡¡110.000 soldados en Chicago!!! Desde luego, era un hombre de extremos…

En el año ‘55 consigue algo que hoy en día no nos parece tan raro, pero le pagan la retribución más alta de su historia por trabajar en el Hotel Riviera de Las Vegas, lo que remata la leyenda del colorido pianista y forma parte de ese inclasificable universo que era la ciudad norteamericana en aquellos años, llena de artistas, drogatas, policías, políticos corruptos y mucha mafia (leed cualquier novela de James Ellroy…).

En los años sesenta fue contratado por la cadena ABC, llegando a interpretar el personaje de Chandell en aquella serie tan psicotrónica que fue “Batman”. Sus giras lo llevaron por toda Europa y Australia, y junto a sus pianos cosechó el éxito.

Además de su talento musical, también le gustaba darle a la máquina de escribir y parió obras literarias de gran calado como “Liberace”“Things I love”“El maravilloso mundo privado de Liberace” (no sé si seguirán disponibles en el stock del Círculo de Lectores, tengo que comprobarlo…) y su presencia en las ondas catódicas continuó en la cadena CBS y era tan, tan, tan famoso y admirado y tenía tanta vista comercial -y ego- que inauguró en Las Vegas el Museo Liberace que contiene pianos, construidos expresamente para él, coches, candelabros (por los que tenía una especial fijación) y vestimentas de todos los pelajes…

Entre los años 1984 y 1987 rompió todos los records sucesivamente en sus actuaciones en el Radio City Music Hall, formando parte de ese grupo de elegidos entre los que se encuentran Frank Sinatra y algunos pocos más.
Pero en aquellos tiempos, que eran otros, también el colorido Liberace tuvo problemas graves con su aparente homosexualidad… Su chofer lo demandó, declarando que había sido su amante durante una larga temporada, teniendo que apoquinar la nada desdeñable suma de 95.000 dólares.

Los tiempos de éxito fueron pasando y él se convirtió en un ser anacrónico, fuera de época. Una insuficiencia cardiaca, provocada por el sida que padecía, lo arrancó de nuestro mundo. Era el 4 de febrero de 1987 y en Palm Springs lloraron los pianos, ya que nunca se iba a volver a escuchar el “Tico Tico” como él lo interpretaba.

 

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José Luis Vidal

Cómo si del Tío Gilito se tratara, vivo sumergido entre cientos de cómics, libros, deuvedés, figuras de colección, cedés... Pero si no fuera así, no sería yo, así que siempre quiero MÁS, MÁS y MÁS!!!!!! (Se admiten donaciones y/o regalos)


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