Eclecticismo ilustrado

Klaus & Kinski, "Tierra, trágalos" (Jabalina)

Triunfar en este país y caer bien raras veces van de la mano. El éxito creativo, cuando se alcanza, pesa como una losa en ocasiones, y ocasiona casi siempre una avalancha de comentarios detractores, injurias insidiosas y suspicacias ocasionadas por vaya usted a saber qué extraña razón.

Klaus & Kinski son un conjunto musical que posee un millar de boletos con las palabras “caer mal” escritas por delante y por detrás: no van de nada, su actitud encima del escenario respira sinceridad y honestidad, y se dejan las poses para cuando el artificio requiera su aparición. Además, su discurso musical no abraza ningún género específico. No se casan con nadie, no desprecian ninguna influencia. Y así, en manos de despistados o gente inmadura, quedarían patchworks intragables, tratados posmodernos de los que miran por encima del hombro, pero no. Lo mismo adoran las melodías dolorosas que abrazan guitarras abrasivas (“Estaba así cuando llegué”, “Eres un sinvergüenza”, “Luego vendrán los madremías”…) que se apoyan sin pudor (¿acaso es necesario?) en gente como Duncan Dhu (“Mamá, no quiero ir al colegio”), Bee Gees (“Sobria y serena), OMD (“Brilla una estrella”), la bossa Nova (“Deja el odio para después de comer”), la tuna (“El rey del mambo y la reina de Saba”)…

¿Cómo consiguen que todo tenga sentido, forma y realidad? Con unas melodías de fortaleza inquebrantable, unas letras que, agazapadas y escondidas en la genial voz de Marina, invitan a la escucha concentrada y que conforman un universo que ya, con sólo dos discos, sólo pertenece a ellos.

 

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Antonio Bret


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