Pablo Llorens. Bulle que bulle el caldero…

Me lo imagino sentado entre las sombras de su taller en Valencia, a solas mientras concibe la forma de un nuevo alienígena. Las naves espaciales del cine le permitieron volar durante su infancia. No quiso aterrizar y ahora es el gran referente de la plastianimación española. Pablo Llorens, claymation made in Spain en un club ya no sólo exclusivo para nombres como Nick Park y Garri Bardin. Precisamente, Llorens y Bardin han recibido el homenaje de Animadrid 2006. Responsable de cortometrajes como “Caracol, col col” y “El enigma del chico croqueta”, ganadores de sendos Goyas, el pionero está cansado de tanto marciano. Y sueña con moldear en plastilina emociones de corte realista.

 

: Alcoy, hogar de tu infancia, ha influido en tu obra.
Mis hermanos y yo jugábamos en la habitación donde mi padre tenía su taller de pintura. A veces nos fabricaba juguetes o arreglaba los que rompíamos. Relacionábamos el jugar con el olor a pegamento, las herramientas, los artilugios. Por eso no me daba miedo el bricolaje. Mi madre se dedicaba a la escultura. La veía modelar figuras humanas. Eso se me fue instalando en el subconsciente.

: Muchos animadores españoles se quedan en el camino tras autofinanciarse las primeras producciones…
Actualmente, un animador independiente combina cualquier trabajo con un taller casero para hacer sus películas, los medios se han abaratado. Pero para un programador de televisión español es mucho más barato comprar toneladas de Pokemon y Supernenas que confiar en una joven promesa cuya capacidad de producción es limitada. Los animadores independientes, con los cortos como tarjeta de visita, obtenemos encargos profesionales de formato publicitario. Los puedo hacer junto a mi equipo flotante de veinte personas y vivir de ello.

“Para un programador de televisión español es mucho más barato comprar toneladas de Pokemon y Supernenas que confiar en una joven promesa”

: ¿Te decepcionó la distribución de tu largo “Juego de niños” en 1999?
Mi socio Norberto Navarro y yo fuimos ingenuos. Pensamos que con una buena película después vendría la distribución. Pero primero tienes que hacer un minuto de animación acompañado de un dossier para concertar la distribución. Y después empezar la película.

: En “El enigma del chico croqueta” contaste con guionistas y le imprimiste mayor sentido cinematográfico a las escenas.
Entre “Juego de niños” y “El enigma…” pasaron seis años, la evolución es muy grande. Entre mis apetencias futuras hay cosas ajenas a la narración, más cercanas al surrealismo, la ilustración y el minimalismo. “El enigma…” sí quise que fuera lo más parecido a una película. Busqué un guión con buenos diálogos y equilibrado, un diseño de personajes que transmitiera de forma más directa, y, sobre todo, una cámara con más vida, con un trípode alto y otro bajo para picados y contrapicados extremos.

: De tanto dar forma a tu mundo interior, ¿te has visto como un inadaptado social?
Antes de hacer animación intenté rodar un corto con mis compañeros de clase. Fue frustrante porque al quedar un domingo por la mañana todo el mundo fallaba. Quería rodar algo con un muñeco, y decidí hacer toda la película con ellos porque sí estarían el domingo listos para rodar. Perdí la fe en el género humano y me recluí con los muñecos en casa, contando sólo con la ayuda de mi hermano.

“Antes de hacer animación intenté rodar un corto con mis compañeros de clase. Perdí la fe en el género humano y me recluí con los muñecos en casa”

: ¿Tu empeño en animar cosas viene motivado por una pérdida irreparable?
Cuando empecé no había perdido a ningún ser querido. Como niño me era imposible tener una nave especial en el sótano de mi casa y partir hacia la galaxia equis, así que mi única salida era hacer una película donde pasara eso. Era la única manera de revivir “La guerra de las galaxias”.

: ¿Pasarías del diseño histriónico de tus personajes a anatomías reales?
Trabajar con modelos anatómicamente reales no, pero con contenidos realistas, que no tengan nada que ver con el humor ni lo grotesco, sí. Quiero hacer cortos que emocionen gravemente al espectador, sin humor ni amabilidad, pero sin utilizar muñecos de aspecto realista. Para diseñar un personaje anatómicamente real en una animación detallada y natural, prefiero utilizar a un actor.

: Háblanos de tu nuevos proyectos…
Trabajo con una productora valenciana en películas comerciales para una marca de juguetes. También estoy dando forma a mi corto “Chocopulpitos”, que viene de una escena muy televisiva de “El enigma del chico croqueta”. Quiero rodar una historia a través de entrevistas, tomas falsas, cámaras ocultas, anuncios, que el espectador la reciba sin contársela directamente. Es una sátira en torno a la publicidad de una gominola. Se habla de cómo el lenguaje publicitario exagera las cosas, adaptándolas a cada público.

: No siempre la animación implica personajes metamórficos e historias absurdas.
“Chocopulpitos” entronca mucho con lo anterior. Será el último. Hasta que no ruede tres o cuatro cortos distintos no volveré al cachondeo. También quiero rodar algo infantil con referencias a la ilustración, incluso mezclando imagen real. Entroncaría con Harryhausen, aunque no con sus películas de monstruos y gigantes. Me apetece diseñar un ente lovecraftiano que interactúe con los actores dentro de una habitación. Algo en blanco y negro cercano al misterio. Me veo tapándoles las arrugas con plastilina.

: Carlos Aguilar valora a Harryhausen como autor en su libro “La espada mágica”…
Nick Park crea sus propios guiones, reconoces su estilo. Es un autor, y Harryhausen un plasmador de mitos, un pintor. Sus decorados, los fondos pintados, los muñecos, forman parte de una ilustración mitológica repleta de características personales en cuanto al acabado y la estética. Pero él no inventó los dragones. Estoy leyendo su biografía y tenía títulos previstos como “Simbad en Marte”. Un héroe literario convertido en algo psicotrónico. No llegó a hacerse. (Risas)

: Quizás tú lo hagas en el futuro.

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Manuel Díaz


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