“Me hubiera gustado venir desde el hotel a caballo. Pero había mucho tráfico”

Eli Wallach. Tuco ha vuelto a casa

Aunque judío y nacido en Brooklyn, Eli Wallach pertenece a esa estirpe de actores capaces de encarnar con sus facciones cualquier personaje, por más que se halle en las antípodas de su fisionomía. Como buen intérprete esculpido en el Método, Wallach ha sido y es cada una de sus múltiples creaciones. Y basta echar un vistazo a su vasta filmografía para envidiar la variedad de tantas vidas fingidas: “Baby Doll”, “Los siete magníficos”, “Lord Jim”, “Vidas rebeldes”, “El Padrino III”, “Mystic River”… Pero sobre todo siempre envidiaremos a ese sinvergüenza vividor y entrañable truhán llamado Tuco. ¿Recuerdan “El bueno, el feo y el malo”? Pues el menos agraciado del trío sigue en plena forma: acaba de rodar con Jack Black, el jovenzuelo de nuestra portada. Y Anita Haas ha conversado largo y tendido con él, cuarenta años después de sus andanzas en Almería. Mientras devoramos el estupendo libro sobre Wallach que ha escrito, fruto de tales conversaciones, ¿qué tal si nos cuenta ella misma la experiencia de encontrarse con un mito frente a frente?

 

A primeros de año tuve el placer de entrevistar al mítico actor americano Eli Wallach en su ciudad natal, su muy querida Nueva York, para escribir el libro “Eli Wallach: Vitalidad y Picardía”, recientemente publicado por el festival Almería en Corto. La experiencia fue única. Sesenta años de cine, teatro y televisión se abrieron para mí, desde ese hombre pequeño y locuaz, de inconfundible expresión. Todas las horas que pasé a su lado me parecieron pocas.

Mi reencuentro con Wallach, en Almería durante los primeros días del pasado junio, revalidó mi emoción y admiración. Acudió para presentar el libro, editado en honor del cuadragésimo aniversario de “El bueno, del feo y el malo”, filmada en esta provincia en gran parte. Acompañado por su esposa, Anne Jackson, y una de sus hijas, Roberta Wallach, ambas actrices. Se agregaron Carla Leone, viuda de Sergio, y Fernando Trueba, el único español que le ha dirigido (en “Two Much”).

Mi convivencia durante estos días con Wallach ya es inolvidable. Con noventa años de edad y un inagotable caudal de experiencias, controladas en una memoria potente, no presume de nada y, en lugar de sermonear, cotillear o juzgar a los demás, escucha. Su modestia es ejemplar, su gentileza continua y su sentido del humor nunca decae.

Su chófer durante el festival fue Juan Fernández, precisamente el hijo del que tuvo trabajando con Leone, en el fabuloso rol de Tuco. Al llegar al hotel, contó al personal, que le recibía maravillado, “Hace cuarenta años, la esposa de mi conductor estaba embarazada. Cogí un reloj, lo colgué encima de la barriga y afirmé ‘Será un varón’. Y mirad.  Lo es y ahora es mi conductor, como lo fue su padre”.

Cuando recogió el premio, se metió al público en el bolsillo. La ceremonia tuvo lugar en un cine grande, de los de antes, abarrotado y enternecido con la vuelta de Wallach, en plena ancianidad, a la provincia. Hubo una explosión de risas y aplausos, cuando dejó de hablar en inglés y soltó en español “Me hubiera gustado venir desde el hotel a caballo. Pero había mucho tráfico”. Remató el efecto al añadir, levantando el premio e igualmente en español, “¡Mejor que el Oscar!”. Y la sala se vino abajo con su despedida: “¡Tuco ha vuelto a casa!”. Los aplausos eran imparables, y en el escenario, a su lado, la viuda de Leone no podía reprimir las lágrimas.

A la mañana siguiente fuimos todos al Mini Hollywood en Tabernas, parque temático del poblado donde filmaron escenas de la mítica película. A pesar de la lluvia, insólita en el desierto del spaghetti western, nos lo pasamos de lujo. Wallach reconocía partes del decorado, se divertía como un niño y posaba con los especialistas que hacen el espectáculo.

Roberta Wallach, cincuentona maciza de buen ver y con una personalidad explosiva, me contó: “Me acuerdo jugando por aquí con mis hermanos mientras mi padre trabajaba. Buscábamos cosas para jugar y nos dijeron “Pedidlas en Atrezzo”. Lo hicimos, y mientras mi padre hacía de bandido ante la cámara, sus hijos lo hacíamos detrás”.

Luego Roberta montó un caballo, vestida de negro y con un sombrero de vaquero, y se puso a caracolear con garbo. Su padre, riéndose, le tomaba fotos con una cámara de usar y tirar.

¿Qué más recordaba Roberta? “Cuando llegamos, papá nos alucinó recogiéndonos en el aeropuerto vestido de Tuco. Habían perdido su equipaje al llegar a España, por lo cual se vio obligado a llevar la ropa de Tuco día y noche durante una semana.  ¡Esto sí que es interpretar según el Método!”

¿Y que diferencias ha notado el gran Wallach en la ciudad andaluza? “Es completamente distinta. Entonces ni siquiera había hoteles. Clint Eastwood, Lee Van Cleef y yo nos hospedábamos en la casa de un inglés que alquilaba habitaciones”. ¿Cómo era el trabajo? “El más duro de mi vida. Rodábamos de sol a sol, seis días a la semana, durante cuatro meses. Todo era polvoriento y sucio, no teníamos roulottes, neveras, nada. Para comer nos daban todos lo días lo mismo: una botella de vino tinto, un bocadillo de pollo y una pieza de fruta. Con un sol brutal y esta dieta, imagínate lo que era actuar y recordar los diálogos”.

“Rodábamos de sol a sol, seis días a la semana, durante cuatro meses”

Carla Leone recordaba:  “Cada semana veíamos proyección, todo el equipo juntos. Proyectábamos contra la pared de un edificio en la calle”. ¿Y los coches?”, pregunté, y me respondió: “¿Qué coches? ¡Estamos hablando de Almería en 1966!”.

Entre evento y evento, comida y comida, me sentí transportada al rodaje de esta obra maestra tan especial. Roberta comentaba una vez:  “Me acuerdo de una chica rubia con la cara llena de pecas, que estaba todo el día llorando por Clint. Y Clint pasaba de ella, prefería pasar sus ratos libres perfeccionando su golf stroke. Seguramente le rompió el corazón y se cansó de ella después, como tantas otras veces”. Sorprendida, pregunté “¿De veras?” y ella contestó: “Sí. Clint tiene hijos ilegítimos en todas partes”.

Eli Wallach agregó: “Clint siempre ha sido un imán para las mujeres”.

La presentación del libro fue alucinante. La cola para que lo firmáramos Wallach y yo parecía no terminar nunca. Gente que trabajó en la película de figuración, historiadores locales, cinéfilos de toda clase… Además del libro, mucha gente le traía para dedicar fotos, posters de películas suyas…

Ese mismo día, lo creáis o no, era el cumpleaños de Eastwood. ¡Ni planeado adrede! Los Wallach y yo le llamamos para felicitarle, y agradecerle el prólogo. Hablamos seis o siete minutos con él. Quedó encantado con la llamada, y le hizo gracia recibirla precisamente desde Almería. Escuchar a nada menos que Clint Eastwood al otro lado del teléfono es… bueno, no tengo palabras.

“Clint Eastwood siempre ha sido un imán para las mujeres”

Una vez le pregunté a Wallach por cuando ambos debieron compartir la cama, en Madrid. “Hubo en error en Producción y no encontraron hotel libre. Así que Clint y yo fuimos a pasar la noche en casa de un amigo suyo americano, Pancho Kohner. La habitación de invitados sólo tenía una cama, y Clint me preguntó qué parte prefería. Entonces hice un chiste con nuestros respectivos credos políticos, y contesté ‘Lógicamente, yo la izquierda y tú la derecha’”.

Charlar con Wallach te divierte y enriquece. Él nunca se cansa de hablar, y tú nunca te cansas de escuchar. Es un gran actor y una gran persona. Los ha conocido a todos, de Marilyn Monroe y Clark Gable a Kate Winslet y Robert De Niro. Y su carrera abunda en divertidas paradojas. La mayor, que siendo un fino judío de Brooklyn, la gente le conoce sobre todo por interpretar dos zarrapastrosos bandidos mexicanos: Calvera en “Los siete magníficos” y Tuco en “El bueno, el feo y el malo”.

Todos los días, en las comidas, yo le traducía lo que la prensa local escribía sobre él. Él escuchaba atentamente, y así refrescó sus nociones de español, pues algo aprendió en sus rodajes en España y México. Y nunca olvidaré cuando me dijo, con su peculiar sonrisa:  “A este paso pronto podré leer el libro que has escrito sobre mí”.

Hasta siempre, Eli.

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Anita Haas


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