Marcel.lí Antúnez. Yo, robot

Desde sus pasos en La Fura dels Baus, Marcel.lí Antúnez ha explorado, como nadie, las posibilidades que ofrece el teatro, en un mundo invadido por las nuevas tecnologías como el nuestro. Ya sea a través de montajes como “Transpermia”, donde términos tan dispares como ingravidez y utopía se unen mediante su cuerpo, o conferencias como “Protomembrana”, Antúnez no deja de sorprender y encontrar nuevos lenguajes. Mientras “El Dibuixante”, película que bucea en su singular trayectoria, se podía ver en el Festival de Málaga, corrimos a entrevistarlo donde el artista dice sentirse más cómodo: sobre las tablas.

 

: Lo tuyo con el teatro es un proceso largo, larguísimo, desde aquellos años con La Fura del Baus hasta este trabajo de investigación…
Sí, sería incapaz de resumirlo en un par de frases, pero fundamentalmente yo soy un tío de pueblo. Los que formamos La Fura somos del mismo pueblo, Moià, y fuimos, incluso, a la escuela juntos. Tuve la suerte de continuar mis estudios, entrando en la Facultad de Bellas Artes a finales de los ‘70 y entonces les dije a mis compañeros que se bajaran a Barcelona, porque aquello estaba muy bien. ¡Mejor que el pueblo, vamos!

: ¿Y ahí empezó La Fura?
Sí, además durante nuestros primeros cinco años éramos muy dependientes de aquella estética que capitaneaba los Comedians, por el teatro folklórico y toda aquella resaca post-hippie. Ya en el ‘84 comenzó el estilo de La Fura, aquello que nos dio a conocer a lo largo de los ‘80 a través siempre de nuevos formatos.

: Con tantos amigos pululando, ¿pudiste acabar los estudios?
Sí, los acabé en el ‘82. Aquella formación de La Fura era autodidacta. Por mi parte, con el tiempo, todo lo que aprendí y el contacto que tuve con las artes visuales me marcaron mucho. Fue muy importante para mí. Por eso, incluso en aquellos años yo siempre mantuve con La Fura una postura de disidencia, e incluso me movía con otros grupos y en otras actividades. Tuve hasta una banda, del ‘81 al ‘83, que se llamaba Error Genético. Y del ‘85 al ‘92 estuve con un colectivo de tres artistas que nos llamábamos Los Rinos.

“Fundamentalmente yo soy un tío de pueblo”

: Incluso hiciste cine, ¿no?
Sí, pero eso fue bastante más tarde. Primero estuve practicando lo que llamé Artcagarro, una serie de dibujos que llegaron a los 50 o más.

: Y llegaron los ’90 y con ellos el adiós a La Fura…
Sí, llegó un momento en que el colectivo entró en crisis y se hizo patente que debía convertirse en lo que, de hecho, yo pensaba debía ser: una plataforma de trabajo entre los diversos integrantes. Pasó entonces de ser colectivo a ser una empresa.

: Y desde entonces, en La Fura cada uno propone ideas y nuevos montajes, ¿verdad?
Exactamente. Sólo son seis miembros.

: ¿Y los seis siguen siendo de aquel mismo pueblo?
No, no. El grupo se refundó en el ‘82. Los fundadores fuimos tres: Pera Tantiña, Carlos Padrissa y yo. Luego fueron llegando más: Pep Gatell, Álex Ollé, Jürgen Müller y Miki Espuma. Y al final Hansel Cereza y Jordi Arús, que dejaron el grupo allá por el año 2000.

: ¿Qué ha sido de ellos?
Jordi da clases de aikido y Hansel se buscó la vida con grandes eventos y cosas de publicidad.

: ¿Y tú?
Pues yo en el ‘90 pensé que aun era relativamente joven, tenía 30 años y tenía toda una carrera por delante. Y me dediqué a crear, buscar y trabajar. Puse en pie el proyecto más ambicioso de Los Rinos, Rinolacxia, que no fue bien en términos comerciales aunque la experiencia fue muy, muy intensa. Y acto seguido hice un par de películas con Aixalá: “Retrats” y “Frontón”.

“Actualmente las artes corren hacia la especialización. El artista que se especializa en algo intenta ser el mejor”

: Y llegó la epifanía con “Epizoo”…
Sí, en el ‘94 la estrené. Era una pieza muy importante, en la que el público podía mover mi cuerpo a través del ratón del ordenador y que anticipaba una serie de cosas que ahora pueden resultar muy normales, pero que en aquel momento no lo eran en absoluto. Aquello me catapultó de nuevo al mercado internacional. Y desde entonces, mantengo mi discurso estético y comprometido con la tecnología y la ciencia.

: ¿Te dejas asesorar en tus proyectos por científicos?
Bueno, en realidad… pues sí. Depende de la obra, pero tengo una buena relación con ingenieros y, en ocasiones, con cinco catedráticos y profesores de robótica, también de biología, con la Universidad de Cataluña… Sí, tengo una relación fluida y frecuente con científicos y además uno de los temas que me nutre es la lectura científica.

: No se puede negar que seas un artista de lo más polifacético…
Actualmente las artes corren hacia la especialización. El artista que se especializa en algo intenta ser el mejor. Eso es algo que es culpa de la herencia americana y alemana, pero esa tendencia difiere de la herencia latina, en la que el artista intenta, ante todo, comprender el mundo. Esto es, lo hace de una manera global. Mi trabajo, por ejemplo, no busca especializarse en algo concreto. Intento asumir y comprender diversos aspectos, por lo que uso también distintas herramientas en cada momento. Y eso dificulta a veces la comprensión del espectáculo, y por ende la ubicación de mi personaje..

: De ahí tal vez ese adjetivo tan frecuente de polifacético, ¿no crees?
Sí, no sé si es la mejor manera de definirme pero es la que hasta la fecha resulta. La aproximación a la tecnología suele ser, en el mundo del teatro y en general, desde criterios muy tradicionales. Si antes se utilizaba la fotografía, ahora se utiliza el vídeo. Y en ese sentido no me interesa la tecnología. Difícilmente se puede motivar así nuevas situaciones… Ando muy preocupado con esto: de hecho, mi nuevo proyecto se llama “Protomembrana” y parte de esa preocupación, reflexionando cómo los sistemas computacionales y sus derivaciones transforman de una manera radical todo el proceso de construcción, tanto artística como dramática. Es lo que llamo sistematurgia, dramaturgia de sistemas.

: ¿Adónde va el teatro?
Estoy convencido que el teatro es en realidad una actividad artística que, de algún modo, utiliza todos los parámetros y los conjuga desde la existencia, sin comprimirlos: el cuerpo, la voz, el espacio, la luz… Todos esos ámbitos que son susceptibles a ser manejados de forma digital son susceptibles a su vez de ser tratados desde un comportamiento computacional y al servicio de las interfaces que maneje quien sea, el artista o el mismo público. En realidad, poca gente está trabajando en esa línea…

“El mundo de la escena deja poco poso. Y más aun en un país tan falto de memoria como España”

: ¿Crees que sería una buena forma de insuflar renovada vida al teatro?
Sí, pienso que es una forma de evolucionar, de acercar el arte a la vida. Date cuenta además, y ahora con ese tema de las caricaturas es más patente que nunca, que nuestra cultural occidental tiende a chafar al individuo. Todo lo contrario al teatro, que en principio es una reunión de individuos alrededor de una idea y que quieren disfrutar de ella. Un poco como la catarsis de la que hablaba Aristóteles. Entonces la tecnología es quizás uno de los efectos que ha potenciado más esa individualización, en todos los factores de nuestra existencia: transportes, comunicación… Hasta por culpa del microondas, ahora cada uno come lo que quiere y cada día es más difícil sentar a todos los miembros de una casa juntos en una mesa. A mí me interesa el llevar esa tecnología a un colectivo, y no al individuo. Y en eso estoy trabajando: en establecer algún sistema en el que el espectador tenga algo de participación. Y eso no es tan sencillo. Choca con problemas bastante serios. En “Epizoo” ya estaba planteado, desde el año ‘94 y aun sigo trabajando en ello.

: ¿Y cómo se te ocurrió el montaje de “Transpermia”?
Tiene su punto de partida en el proyecto Dédalo: me invitaron a realizar dos vuelos parabólicos en la Ciudad de las Estrellas, a unos 60 kilómetros de Moscú. Ya sabes, ese sitio donde los soviéticos entrenan a los cosmonautas y demás. Allí hay aviones que vuelan de 6.000 a 8.000 metros en minuto y medio, sube y baja, lo que somete a tu cuerpo a la doble gravedad en 30 segundos. Físicamente es una experiencia increíble. Y también es un cambio absoluto en la percepción del mundo.

: ¿Siempre haces lo que quieres?
¿Te refieres a que si acepto encargos? Bueno, me llegan cosas, pero siempre las evito. Vamos, vivo de lo que hago. Hay una faceta presencial, llamémosla así, que me gustaría potenciar más, como por ejemplo la película “El dibuixant”, que ahonda en mi trayectoria y que pudo verse en el último Festival de Málaga. Pero el directo es lo que más me atrae, el contacto continuo con el público. Aunque es algo muy complicado. No voy a empezar con el discurso de la queja, pero el mundo de la escena deja poco poso. Y más aun en un país tan falto de memoria como España. Pero no me puedo quejar: supongo que hago lo que quiero.

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Isabel Perez


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