¿Qué hace Fernando Colomo en un barrio como éste?

A Fernando Colomo le persiguen las paradojas. Para su opera prima, quiso hacer un drama generacional y le salió una comedia: “Tigres de papel”. Es uno de los productores con más tino de la industria española, pero tiene el enemigo en casa: sus propios hijos se bajan sus películas por internet. Colomo es, además, un maestro en contarnos historias universales aunque sus personajes anden por Lavapiés, el Valle de los Caídos o al sur de Granada. Ahora, el Festival de Málaga le rinde merecido homenaje, mientras “El próximo Oriente”, su nuevo filme, espera fecha de estreno. Ocasión ideal para hablar con un cineasta que ha hecho, de la desorientación y las casualidades, toda una marca de fábrica, y hacer balance de una filmografía única.

 

: Te rinden homenaje en el Festival de Málaga, evento ya que conoces de sobra.
Sí, he ido varias veces a Málaga. Estuve en los premios de Resines, Forqué y también en el de Reyes Abades. Así que sí, conozco las entretelas. Me hace una ilusión especial, porque es un festival dedicado al cine español y se ha ganado el respeto y el cariño de la industria. Cuando vas allí te das cuenta que se conoce todo el mundo. Estás todo el santo día saludando… ¡no se puede ni desayunar tranquilo! (Risas)

: Lo próximo tuyo, valga la redundancia, es “El próximo Oriente”…
No se puede contar mucho todavía, pero básicamente es una historia rodada íntegramente en el barrio de Lavapiés. Es el barrio donde hay más inmigración, pero también donde estos recién llegados están más mezclados con los antiguos vecinos. Pasear por allí es encontrarte todo tipo de idiomas. El protagonista de la película es un chico del barrio que se acaba integrando en una familia de Bangladesh. Es una comedia romántica, con mucho sentimiento y con temas tales como el islamismo. Pero no se trata de ver a los inmigrantes desde fuera, nos hemos metido dentro. Los actores hablan bengalí, incluso se usa en el guión… y hasta hay canciones en ese idioma.

: Salvando las distancias, vuelves a una historia de barrio y con toques morunos, como en “Bajarse al moro”…
Sí, hombre, “Bajarse al moro” es una película a la que le tengo mucho cariño. Fue una película a la que le fue muy bien y que, curiosamente, se ha mantenido con las nuevas generaciones. No sé cómo porque tampoco se ha promocionado nada…

: Tal vez porque es una peli muy recomendada.
Ya, el otro día pillé a mis hijos bajándosela de Internet y les dije: “¿Pero qué hacéis? Si la tengo yo aquí…” (Risas) Cuando hice “Bajarse al moro” me impresionó, y mucho, el barrio de Lavapiés. Era muy distinto al de ahora, pero ya era especial. Nadie va de paso por Lavapiés, para ir a otro sitio. Por eso quizá tiene un atractivo tan poco habitual. Y tan bueno para ambientar historias. Le da un toque único. Recuerdo que incluso cuando rodábamos algunas escenas de “Bajarse al moro” los vecinos decían: “¿Pero éstos que hacen aquí si ni siquiera son del barrio? ¡Si son forasteros!” (Risas) En aquella época también había inmigración pero sobre todo había de Europa del Este. También empezaban a entrar entonces africanos. Pero apenas había marroquíes y subsaharianos… Estaban superescondidos. De hecho, nos costaba mucho que aparecieran como figurantes. Les tenían terror, aunque salieran al fondo del plano. Lavapiés siempre ha sido un barrio muy curioso. En la época de “Bajarse al moro” también había entrado la heroína. Era una mezcla de yonquis, marujas de toda la vida e inmigrantes.

: Ya que hablamos de comedia y costumbrismo, la pregunta ineludible. Aquello de la “nueva comedia madrileña”, ¿piensas que fue una etiqueta absurda?
Es horrorosa. En principio la llamaron “nueva comedia costumbrista madrileña”. Claro, que en cuanto pasó el tiempo, dejó de ser nueva. Y como “costumbrista” les debió parecer largo, al final se quedó “comedia madrileña”… Una gilipollez total. Eso es como decir que Woody Allen hace comedia neoyorquina, o Eric Rohmer parisina. En mi nueva película, por ejemplo, la historia podría ocurrir en Madrid, Londres o Berlín, porque cuenta esa mezcla entre Oriente y Occidente que es, en parte, el gran tema que se plantea para este nuevo siglo.

“La etiqueta de ‘comedia madrileña’ es una gilipollez total. Eso es como decir que Woody Allen hace comedia neoyorquina, o Eric Rohmer parisina”

: Con “Tigres de papel”, hasta su proyección en San Sebastián y comprobar la jocosa reacción del público, no estabas muy seguro de haber hecho una comedia…
No teníamos ni idea, al contrario, pensábamos que era una historia tirando a drama. La única proyección que habíamos hecho, para el equipo, era en blanco y negro porque entonces se hacía un copión así, que era más barato. Por aquel entonces no había vídeo. Así que cuando vimos aquello parecía algo de Bergman o Antonioni. (Risas) Nadie se rió nunca y yo no quería ni pensaba que nadie se reiría. Recuerdo que además la película la empezamos a rodar en julio y el festival era en agosto. Rodamos en tres semanas y la montamos en una. Casi todo eran planos secuencia, fue muy sencillo. En San Sebastián se puso el último día, por los pelos. No teníamos ni cartel. Realmente la primera vez que vi una copia proyectada en color fue allí, una mañana en San Sebastián. Y no había mucha gente, unas veinte personas. Pero había varios que se reían, y se reían por cosas que no entendíamos. Yo estaba con Carmen Maura y ella me preguntaba: “¿Por qué se ríen? ¿Por qué se ríen?”. Y yo le dije: “Tú di que hemos hecho una comedia” (Risas)

: ¿Resultó muy difícil para un joven de 31 años levantar un largometraje?
Bueno, mi primera película la rodé con 16, duraba cuatro minutos y el formato era en 8 mm. En blanco y negro… y muda. Así que se puede decir que empecé en el cine mudo. (Risas) Pero rodé “Tigres de papel” cuando ya tenía cierta madurez. Proyectos anteriores tuve un montón…

: Incluso estabas diplomado en Arquitectura. ¿Cómo acabaste tras una cámara y no frente a una mesa de dibujo?
Pues con gran alegría. (Risas) Recuerdo que era como si saliera del armario o algo así. Era arquitecto, pero ni siquiera lo decía. Yo decía que era cortometrajista. La arquitectura siempre me gustó más para estudiarla que para practicarla. Aunque trabajé cinco años: fui incluso el arquitecto municipal de un pueblo, Villa del Prado, que era el de mi padre. Iba allí todos los sábados y tenía que cambiar de chip, poner cara de responsable y tal. Y volvía diciendo: “Dios mío, si yo lo quiero es hacer una película…”.

: Trueba, Maura, Resines, Ladoire… aquello parecía a ratos una versión cañí del rat pack. ¿Te imaginas una versión de “La cuadrilla de los once” en el Casino de Madrid?
Es una buena idea. Como lo digáis mucho os la van a pillar. (Risas)

: “Alegre ma non troppo”, “Eso”, “El efecto mariposa”… Los jóvenes y la desorientación que conllevan esos años parece ser un leit motiv en su filmografía.
Las historias con jóvenes son siempre más interesantes. Cuando eres joven buscas tu lugar en el mundo. Estás más abierto, tienes más ilusión… pero también más riesgo.

“Las historias con jóvenes son siempre más interesantes. Cuando eres joven buscas tu lugar en el mundo”

: De cierto distanciamiento con los personajes pasas a interesarse por los sentimientos, sobre todo desde “Alegre ma non troppo”…
No es un cambio consciente. A lo mejor, la primera película mía que tenía más sentimientos fue “Bajarse al moro”. Me di cuenta que aunque podía seguir con personajes de comedia, éstos llegaban también a su momento de sufrimiento. Y que lo mejor era mezclar ambas cosas. Por ejemplo, en “El próximo Oriente”, si te cuento la historia parece un drama total. Cuando vi “Contra la pared” de Faith Atkin pensé: “¡Joder, macho, me han pillado la peli!”. Si la cuentas en cuatro líneas es el argumento de mi película. Pero resulta que yo tengo una comedia romántica y la otra era un drama terrible.

: Otra de tus facetas a reivindicar es la de productor. Gracias a tu labor conocimos por primera vez o supimos más de gente como Calpasoro, Alfonso Albacete, Iciar Bollaín… ¿Qué tiene que tener un cineasta joven para llamar tu atención?
Siempre me atrae la ilusión que tiene el primer director. Toda esa energía, todo aquello que aun no sabes de él. Esa apuesta por esa persona, por su ilusión, es algo muy contagioso. En cambio, las segundas películas siempre me producen más pereza. Si ya sabes que uno está lanzado, el baúl de posibilidades infinitas se reduce mucho. Ya se convierte en una operación más. Lo que me atrae de producir es romper el primer hielo, hacer eso que me hubiera gustado que hicieran conmigo.

: Como productor que eres, ¿es cierta la cacareada crisis del cine español?
La crisis es una cosa permanente. Mientras que el negocio en nuestro país esté en manos de las multinacionales americanas, es muy difícil dejar resquicio a la competencia, que somos nosotros. Ya ves: en el cine español la competencia somos los españoles.

: ¿Alguna solución?
Creo que en España no hay una crisis de talento, aunque sí es cierto que hay cierta crisis de guionistas. También tenemos el problema de vender la película fuera, un problema que creo inherente al carácter español. Parece que se acaba la película y nos desentendemos de ella.

“Lo que me atrae de producir es romper el primer hielo, hacer eso que me hubiera gustado que hicieran conmigo”

: ¿Entonces es cierto eso de que el español valora más lo de fuera que lo de dentro?
Ésa es la gran verdad. Igual que pensamos que una maquinilla de afeitar, por ser alemana, es mejor que la española, pensamos que una película americana es mejor que una española. Ese carácter español tan pesimista creo que se debe a la hidalguía, a la arrogancia, a ese pasado histórico tan fuerte que tenemos los españoles. Y claro, los americanos, que son un pueblo de colonos, pues siguen colonizando. Y les importa tres cojones.

: En televisión también nos has dejado series imborrables, sobre todo la recordada y repuestísima “Chicas de hoy en día”. ¿Volverá Colomo a la televisión?
En realidad, no tengo ningunas ganas de volver. Es más, espero no tener que volver nunca. (Risas) Pero claro, nunca se sabe. En general, el problema de la televisión es que no tienes tiempo. Ni para desarrollar los proyectos ni para rodar. Lo único bueno de la televisión es que cuando vuelves al cine, ¡te parece estupendo!

: Una curiosidad: ¿tu afición a los cameos se debe a tu debilidad por Hitchcock o a la espinita de actor…?
Coinciden ambas. Primero es el cameo. Recuerdo que la película que más me influyó, y que vi con 14 años, fue “Los cuatrocientos golpes”. El director del colegio, cuando la vimos, nos dijo cuando Truffaut aparecía en escena: “Y ése es el director de la película”. Y cuando hice mi primera película salí en el último plano. Realmente porque necesitábamos a alguien que pasara… y se me ocurrió que podía hacerlo yo. (Risas) Luego, en una película de Manolo Gómez Pereira, “Salsa rosa”, pensaron para mí en un papel. A raíz de “Salsa rosa”, Manolo empezó a meterme en todas sus películas y lo hicieron otros, como Albacete y Menkes, porque se corrió la voz de que daba suerte… (Risas) Siempre ha sido algo que me ha gustado. El otro día, por ejemplo, zappeando, me encontré con un episodio de “¡Ay Señor Señor!”, cuyos guiones revisaba, donde hacía un papelito. Y mi hija me preguntó por qué llevaba el pelo marrón… (Risas)

: De la selección para la retrospectiva en el Festival de Málaga, has borrado “El Caballero del Dragón”. ¿Tan mal recuerdo guardas de la experiencia?
Mal recuerdo no, pesaaaaaadillaaaaa… La verdad es que tengo dieciséis pelis y sólo podían proyectar doce, así que había que descartar cuatro. “El Caballero del Dragón” es una película que a mí me llevó de cabeza, una locura. Fue la película más cara de la historia del cine español en su momento. Y yo no tenía un duro. Lo más que tenía era un R5 que tenía siete años… (Risas). Me metí en un follón impresionante. No tenía la madurez ni como director, ni como guionista, ni como productor para acometer esa empresa.

“‘El Caballero del Dragón’ es una película que a mí me llevó de cabeza, una locura. Fue la película más cara de la historia del cine español en su momento. Y yo no tenía un duro”

: A día de hoy, veinte años después, ¿volvería a intentar levantar un proyecto similar, con la experiencia que da la edad?
No, sobre todo como productor, porque supone un riesgo enorme. En aquella época lo que pasa es que no pude hipotecar mi casa porque no tenía. (Risas) Pero es muy desagradable deber 50 millones, mucha gente que habla mal de ti, que te mira raro… Me sentía muy incómodo. Afortunadamente, pude hacer “La vida alegre”, con un presupuesto ridículo pero que dio un montón de dinero que fue íntegramente a pagar todas las deudas de la otra. El cine es una cosa muy aleatoria.

: Nos sorprende su abanico de actrices: Verónica Forqué, Ana Belén, Carmen Maura… Se habla de las chicas Almodóvar, ¿por qué no de las chicas Colomo?
Pues hablad, es cosa vuestra. (Risas) Me van a hacer un reportaje en El Mundo, sobre Colomo y sus chicas. Y es cierto que hay un montón. Y que en el caso de Forqué y Maura, conmigo hicieron sus primeras protagonistas. Y bueno, Verónica Sánchez también. Estoy contentísimo de haber tenido esa vista.

: La misma vista que con los directores primerizos…
Pues también. Creo que lo debiera hacer es poner una agencia y dejarme de tonterías. (Risas)

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