Dando la nota…

Horteras de película

 

El cazavampiros mastuerzo de “Blade” es el último vástago de una estirpe de amplísimo linaje en el séptimo arte: los horteras. Desde tiempos parece inmemoriales, el cine y la televisión nos han legado una galería de tipos que, sin miedo al ridículo, han paseado el palmito a pesar de sus modelos imposibles y el escaso sentido de la estética que les caracteriza. Para colmo de males, en la mayoría de los casos, los cabrones se suelen quedar con la chica de la película. Horteras, y con suerte. Hay que joderse.

 

¿Se han descubierto alguna vez en mitad de la disco imitando los pasos de Tony Manero? ¿Se rajaron los pantalones vaqueros en el insti porque lo vieron en aquella peli tan guay? ¿No se sienten hombres si no tienen puestas sus Ray Ban Cobretti? Reconózcanlo: hasta seguro que siempre soñaron con pillarse una cadenita de oro -guapa guapa- después de ver cómo triunfaba Sonny Crockett cada martes por la noche…

Y es que ellos marcan el camino. Visionarios, adelantados a su tiempo, pioneros en el arduo juego de la moda: los horteras. Aunque su momento de gloria es al fin y al cabo sólo eso, un momento, y su fama es tan futil como traicionera, tan sólo ellos, los horteras, pueden vanagloriarse de sentar cátedra entre los espectadores. Y lo hacen, además, gracias a una seguridad en sí mismo que asombra.

¿TE DANSIN CUÉN?


Si hay un hortera por antonomasia y seguro de sí mismo, digámoslo ya, ése es el bailarín. Desde que Travolta se marcara un dansin (y, de paso, marcara también paquete) en la pista de una disco en el Brooklyn de 1977, nada volvió a ser lo mismo. Ni el género musical, ni nuestras vidas.

Hay un antes y un después de Tony Manero, su traje blanco, su camisa negra, su secador, su peine y su cucu. Incluso el negocio discográfico sintió la sacudida. La BSO de “Fiebre del sábado noche” vendió más de veinte millones de copias. Un dato a tener en cuenta y que evidencia la importancia de este artículo: tan brutal cifra de ventas no fue superada hasta seis años después por otro hortera de cuidado, Michael Jackson, el amigo de los niños. Ya lo ven, están por todas partes. Por cierto, y ya que hablamos de anécdotas y relaciones horterofiliales: en la habitación de Tony Manero podía verse un póster de “Rocky”. Años después, el mismo Stallone dirigiría a Travolta en una tardía secuela de este taquillero hervor, “Staying Alive, la fiebre continúa” (1983), un sinsentido que combinaba musicales Broadway en temporada de rebajas, miraditas chulas entre tíos cachas y estética cutre a lo Eva Nasarre. Un must para los estudiosos de la materia.

La sombra de Manero, como ven, planeó largo tiempo sobre nuestras cabezas. Hasta en Río de Janeiro la palabra “maneiro” se utiliza para designar lo guay, lo cool. Imitadores suyos, de una u otra manera, han sido tanto el Kevin Bacon de “Footloose” como el Patrick Swayze de “Dirty dancing”, pasando por el deliriokitsch de “El amor está en el aire” o el rollito feminista y proletario de postal que nos colaba “Flashdance” entre baile y calentón.

En casi todas, y a pesar de las diferencias de tiempo y de género, persistía el arquetipo de hortera bailón: un trepa con corazoncito y ansias de superación personal, al que le pirran los trapitos de gimnasio (calientapiernas, mallas y demás parafernalia) y los walkman cantosos. Habla poco, pero se mueve mucho. El compañero ideal para nuestras fiestas de pastis y buenrri. Todo lo contrario de nuestros siguientes invitados.

LOS TIPOS DUROS NO BAILAN


Con éstos no hay manera. A nadie en su sano juicio se le ocurriría llevarse a alguno de estos tíos de fiesta. Primero, porque suelen levantarte cualquier posible plan (y ya adivinarán que nos les hablo de fugarme de Colditz). Segundo, porque a la primera de turno te montan un sambenito de cuidao. Y tercero, porque dan el cante que da gusto.

Tras el modelo danzarín no me negarán que el tipo duro, parco en palabras y ducho en hostias, suele ser el hortera de marca mayor. Además, los que pueden agruparse en esta tipología prescinden del toque filogáyer (que dirían mis queridas compañeras, las C&C) en pos de un savoir faire machote, brutote y resultón.

Suelen tener nombres rimbombantes, por no decir colindantes al ridículo: Harley Davidson y Marlboro Man -o lo que es lo mismo, Mickey Rourke y Don Johnson- en “Dos duros sobre ruedas” o ese Ford Fairlane, el detectiverockero, que elevó al armario empotrado de Andrew Dice Clay al status de humorista de culto. Que no culto a secas.

Aunque la palma de nombres absurdos se la lleva Jean Claude Van Damme en “Cyborg”: nada más y nada menos que Gibson Rickenbaker se llamaba su personaje. A día de hoy aun no se sabe si las empresas fabricantes de guitarras demandaron a la productora por manchar sus nombres con semejante engendro de película…

A quien habría que demandar sería a Steven Seagal, ese pedazo de actor. Nunca mejor dicho, porque no creo que sus cualidades como intérprete resulten completas. Eso sí, como hortera lo clava. Ya sea como atribulado defensor del medio ambiente (“En tierra peligrosa” y su secuela) o como repartidor de yoyas con una pizca de zen (“Glimmer Man”), el ex de “La mujer de rojo” resume a la perfección la personalidad inherente al hortera duro de pelar: cabellera engominada con acabado en coleta (o en su defecto, un buen mullet), lookzarrapastroso con un toque de distinción (chaleco de flequos o con cuello mao, a elegir) y careto de pocos amigos. Dependiendo de la ocasión, el ex fontanero de la CIA reconvertido en intento de actor opta por el sombrero vaquero o los abalorios indios. Un todoterreno.

Claro que si me tengo que quedar con un machoman, de entre todos los candidatos me quedo con Dalton, ese portero de bareto chungo interpretado por Patrick “puedocontodo” Swayze en “Road House”. El título en español ya lo avisaba: “De profesión, duro”. Mucho más que una peli de acción, el auténtico manual para ser un hortera de cojones y estar orgulloso de serlo. ¡A eso se le llama vocación, Pat!

PARA TI, QUE ERES JOVEN (Y HORTERA)


La vocación del hortera se despierta a muy temprana edad. De ahí que entre los jóvenes abunden estos personajes. Hagan recuento, hagan. Si, como nosotros, son fans de las películas de John Hughes y de toda la manada de subproductos ochenteros con los que lidiábamos en las sesiones dobles y en los videoclubes de nuestra adolescencia, no tardarán demasiado en hacer memoria.

Botón de muestra: Patrick Dempsey en “No puedes comprar mi amor”, todo un crack. Flequillo de pardo, zapatillas Converse con calcetos blancos, camisas impresionistas (e impresionantes), gorro robado al armario del abuelo (gorra no: están reservadas a los deportistas, otra subvariante del modelo teenager) y, a ser posible, tirantes para darle un toque de excentricidad al conjunto. Añadir poco éxito con el sexo opuesto -al menos, hasta el final de la película- y la desorientación existencial propia de esa edad. O hablando en plata, el pensar con la polla. El resto es historia.

El hortera de instituto de secundaria, compañero del guaperas, eternamente enamorado de una amiga y siempre con un chiste a tiempo, es también un habitual de la pequeña pantalla. Ahí tienen al Screech Powers interpretado por Dustin Diamond (¿alguien se acordaba de su nombre?) en “Salvados por la campana” o ese amado/odiado Steve Urkel que Jaleel White encarna en la mojigata “Cosas de casa”. O algún que otro estudiante del añorado “Colegio Degrassi”… ¡Ah aquellos maravillosos años!

Hay ocasiones, incluso, en las que el hortera crece y se mantiene fiel a su espíritu. Lorenzo Lamas en “Grease”, tan virginal, tan inmaculado, tan deportista (éste sí lleva gorra), con esas grandes letras bordadas en su universitaria. ¿Le recuerdan como el bobalicón que le servía a Sandy Olsson para dar celos a Danny Zuko? Pues Lorenzo, autocoronado el rey de las camas, acabaría sus días de gloria, tras el culebrón de “Falcon Crest”, como el televisivo Reno Raines, alias “Renegado”. Otro hortera de los pies a la cabeza, moto incluida. Y es que la tele, como veníamos diciendo, es un excelente campo de cultivo para este tipo de flores…

CON LA TELE HEMOS TOPADO


Horteras catódicos hay a patadas. Pero hay tres que, sin duda, se llevan la palma. Dos de ellos, inseparables: Sonny Crockett y Ricardo Tubbs. Los chicos de “Corrupción en Miami”, Don Johnson y Philip Michael Thomas, se erigieron en todo un catálogo de moda a seguir a pies juntillas: trajes de verano con el sello de Armani, deportivas sin calcetines, camisas abiertas dejando ver pecholobo y sintetizadores sonando a mansalva. Agreguen dos o tres bólidos, escenarios de lujo, glamour, tabiques de platino y un caimán como animal de compañía y ahí lo tienen: la pareja perfecta para ser imitada por todo hijo de vecino. Su creador, Michael Mann, no imaginaba el daño irreparable que haría en toda una generación de televidentes. Menos mal que hubo quien, ante tanto derroche de estilazo, prefería clavar la vista en el Teniente Castillo, un tipo más de andar por casa…

El tercer sujeto en discordia es el único, el inimitable David Hasselhoff. El ricitos es toda una institución en la pequeña pantalla. En “El Coche Fantástico” y bajo el nombre de Michael Knight, impuso las chupas de cuero, los jeans y las botas vaqueras, amén de su impecable moldeado y los pelucos electrónicos. Años más tarde, seguiría impartiendo justicia en “Los vigilantes de la playa”, pero con otro modelito mucho más cómodo.

Estrella también de la canción (o eso dicen), el bueno de David se permite últimamente la licencia de reírse de si mismo en joyas como “Cuestión de pelotas” o películas para toda la familia como “Bob Esponja”, lo que le convierte en uno de los pocos horteras con conciencia de serlo. El metahortera, un ejemplo a seguir.

HERMANO, ERES UN HORTERA


Más difíciles de seguir son, sin duda, las modas impuestas por los horteras afroamericanos. No es cuestión de racismo, sino de simple sentido común. Por mucho que “El Príncipe de Bel Air” nos descubriera a un Pepe Soplillo afro de lo más simpático o aquel Cucaracha se paseara babeando ante Lisa Bonet por “Un mundo diferente” con unas gafas dobles, aquí el hip hop y los pantalones por los tobillos aun nos quedaban bien lejos. Sin duda, el rollito gorra ladeá encontraría hoy muchísimos más adeptos entre tanto rapero de barrio y tanto moderno de gafas de pasta como los que nos invaden.

Pero para entender en toda su magnitud la naturaleza hortera del hombre de color hay que remitirse al pasado, a esas blaxplotations que hicieron furor en los ‘70 y que aun hoy -miren si no a Tarantino- calan bien hondo. El look chuloputas iniciado por “Superfly” y compañía es quizás el más celebrado: jerseys entallados de cuello alto, pantalones de campanas elefantiásicas y argot barriobajero. ¿El último instigador? Snoop Doggy Dog como el soplón Huggy Bear en la versión cinematográfica de “Starsky & Hutch”. O la envidia de las pasarelas del guetto, palabra. Con complementos imposibles incluidos, tales como sombreros desmesurados y bolsos de terciopelo para los hombres.

Por cierto, de las mujeres horteras hablaremos en otra ocasión. Que haberlas, como las brujas, haylas. Avisadas están, queridas.

SPAIN IS DIFFERENT! DEL VECINO DEL QUINTO A PEPITO PISCINAS

 

Antes que a Franco le diera por instalarse en el Valle de los Caídos, en el resto del mundo las convulsiones de los años ‘60 y ‘70 impusieron modas, estilos y, por supuesto, a gurús de lo hortera. Fíjense si no en EE.UU, donde un tipo como Burt Reynolds era ya toda una estrella.

En España, esa España gris, esa España tuya, esa España nuestra, en cambio, lo teníamos más difícil a la hora de buscar quien guiara nuestros pasos. Claro que a horteras no nos ganaba nadie. Y a mucha honra.

El hortera español de entonces era bien distinto. A pesar de marcar estilo como el de ahora, ojo. Ahora se destila más el perfil guaperas, sobre todo desde que los alumnos de la escuela de Operación Truño asaltaran las listas de ventas y pusieran sus caretos esparcidos en mantas de toda España. Pero antes, el rollo hortera era totalmente distinto.

El español siempre ha sido, en contra de esa leyenda del latin lover, más bien bajito, poco agraciado y, en aquellos tiempos, reprimido. Así que cuando la censura se relajó un poquito, sólo un poquito, y con ella las costumbres, surgió el landismo. Así, como suena. Un hombre bastó para bautizar todo un movimiento fílmico. Ya le gustaría algo así al ególatra de Lars Von Trier…

Landa encabezó una serie de títulos que aglutinaba las constantes del españolito medio: ese hombre trabajador, de clase media y obsesionado -cómo no- con el sexo. Un tío normal vestido con ropa normal y que vivía una vida normal, que pensaba -eso sí- que su mejor encanto residía en su entrepierna. El éxito sin precedentes de “No desearás al vecino del quinto” en 1970 obró el milagro y comenzó la multiplicación de los panes y los peces: “Vente a ligar al Oeste”, “Los días de Cabirio”, “Vente a Alemania, Pepe”, “Manolo La Nuit”…

Landa, hijo de guardia civil que jamás imaginaría llegar al estrellato en paños menores, era sólo la punta del iceberg. Como horteras envidiados por todos los españoles pululaban José Luis López Vázquez, Manolo Gómez Bur o ese Juanjo Menéndez que bordara el arquetipo como “El abominable hombre de la Costa del Sol”. Y así hasta llegar a Fernando Esteso y su “Pepito Piscinas”, puente previo a su emparejamiento con Andrés Pajares, otro currante que creó escuela.

Contra todo pronóstico y como fenómeno único, el cine español se cerraba en banda a exportar modas desde la pantalla. Más aun, y recorriendo el camino a la inversa, eran sus protagonistas los que actuaban como reflejos fidedignos de todos esos horteras que empezábamos, en las calles, a saborear la libertad.

 

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