Pecadores de la pradera

Cuando Sevilla fue sixtie

Desde las tempranas bandas que, tupé en ristre, se atrevían a versionar a los Shadows con indudable desparpajo, algo se cocía en la capital andaluza. Negarlo sería obviar parte de nuestra historia, nuestra educación sentimental. Y la de nuestros padres. Contemplen con los ojos bien abiertos este viaje a un pasado no tan lejano, donde las melenas se mezclaban con los sueños de libertad y las litronas se diluían entre palmas. Del rocanroleo inocentón y ye-yé al progresismo sinfónico que destapó la caja de Pandora del genio andaluz: melenas, guitarras, porros y Triana a la vuelta de la esquina. La Sevilla de mis sueños.

En Sevilla hay un libro que escribir. Un libro difícil de que viera la luz, que nos hablaría de la más insólita aventura generacional vivida en la España de este siglo“. Lo dice Ángel Casas, en su libro “45 revoluciones en España”. Y esta frase tan acertada la recogía Luis Clemente en su “Historia del rock sevillano”, documentada hagiografía de tantos y tantos mártires melómanos nacidos bajo el cielo hispalense.

Si algún aguerrido cronista se decidiera a escribir ese magno volumen, sin duda tendría mucho trabajo que hacer.El rock sevillano, como el Guadalquivir que lo viera nacer, es un río atestado de meandros -de Los Bombines a Los Bombones, de Los Payos a Los Vagos- con reposo manso de aguas en Triana y Smash.

Seguir su cauce supone subir y bajar montañas diríanse casi rusas, adentrarse en parajes inhóspitos y verdes vergeles e, incluso, bucear en busca de soterradas aguas subterráneas.

LA GÉNESIS. CUANDO HISPALIS ERA YE-YÉ

A finales de los 50, y contra todo pronóstico, en la capital andaluza ya se podían rastrear bandas que, aunque caladas de canción melódica italiana hasta los huesos, comenzaban a inaugurar la fiebre del rocanrol en los barbilampiños sevillanos. Los Players, Los Intocables, Los Ceros o, en el colmo de la creatividad, Los Jóvenes, que luego darían paso a Los Jóvenes Excéntricos, nacieron al amparo de una peluquería del barrio de Los Remedios; la de Curro, guitarrista que soñaba seguir los pasos de su admirado Hank Marvin.

Es más, en aquellos años Sevilla contó con un grupo fanático del Rey, con nombre de resonancias biblícas, Los Presleterians. Si en Cádiz tuvieron años más tarde el honor de contar con sus propios Beatles, ¿por qué no podían ellos adelantarse siendo émulos de La Pelvis?

Eran aun tiempos ingenuos, donde los primeros compases de rocanrol podían oirse, casi a hurtadillas, en las ondas de Radio Vida. Allí despuntaban voces que, con el paso de los años, serían consideradas historia eterna de las emisoras españolas: Alfonso Eduardo Pérez Orozco, Lorenzo Ortiz o el luego atrevido y malogrado cineasta Claudio Guerín Hill daban paso a la temprana incursión ye-yé en nuestro país. “Caravana del disco”, y luego “Pequeña fiesta”, ambas en RNE y perpetradas por José Luis Bustamante, que acabaría -capillismo obliga- como pregonero de la Semana Santa, se convirtieron en citas habituales de la chiquillería andaluza, que soñaba con dejar atrás los pantalones cortos para enfundarse el pitillo en los labios y la guitarra al hombro.

Jesús Domínguez y Domínguez-Adame, de familia tan pudiente como bohemia, fue el primer afortunado en contar con una guitarra eléctrica. No tardaría en fundar el Cuarteto Yungay, extrañísimo nombre para la primera aventura roncarolera de nuestros papás, junto a tres compañeros: el contrabajista Carlos Olmos, el prodigioso cantante Manuel Fombuena, luego senador de UCD, y Josele Rojas Marcos, que con los años sería José Luis y dirigiría el Área de Psiquiatría del Hospital de Nueva York. O en palabras de su amigo y escritor Antonio Burgos, “jefe de los loqueros en la ciudad de los locos“. El mismo Burgos compuso el primer hit del grupo, “Hastío”, del que renegaría años más tarde, con excelsa capacidad de autocrítica y no menos sorna, ante sus escasos valores artísticos.

Sea como fuere, el daño estaba hecho. Y las primeras melenas se empezaban a otear ya en el horizonte…

LA EXPLOSIÓN. ¡A MÍ LOS AMERICANOS!

No hablamos en broma. Los Jerrys, allá a comienzos de los sesenta, fueron los primeros en dejarse melenas. Por allí andaban, flequillo al viento, el teclista Ricky, años más tarde en Gong y habitual en mil y una refriegas, y un jovencísimo Juan José Palacios, alias “Tele”, que con 16 años se acababa de colgar la guitarra y aun no pensaba en darle a las baquetas para alcanzar la gloria con Triana.

Por Los Murciélagos, antes incluso del 65, pululaban también otros indeseables que escribirían su nombre con letras de oro en la historia del rock sevillano: Manuel Segura Ayestarán, más conocido como “Mane”, Juan Manuel Tenorio, Silvio y Gualberto. Casi na: los primeros en atacar el repertorio de los Rolling y en soltar alguna cafrería de los Animals.

Otro nombre sagrado sería el de Luis Cobo, alias “Manglis”, o “El Mangana”, uno de los impulsores de Gong y fundador de los tardíos Guadalquivir. Bajo tan dudoso apelativo, más propio de un quinqui que de un roquero, se escondía un chicuelo de culo inquieto que rodaba entonces a pasos agigantados: con 13 añitos ya se codeaba con bestias pardas como Julio Matito, futuro Smash, y antes de cumplir los 15 le compró su primera guitarra, una Gibson Les Paul Jr., a Miguel Lobato, que hacía sus pinitos en Foren Dahf, otra formación del momento, con la sana intención de crear una banda propia, Nuevos Ídolos. Éstos no tardaron en olvidarse de los Shadows, la banda que todos los buenos chicos imitaban, para empezar a abandonarse al ritmo salvaje de los Traffic o los Doors. ¡Adios ye-yés! Se acabó el bailar pegados.

Gran culpa de esta explosión la tuvieron dos bases militares como las de Rota y Morón de la Frontera. Allí se procedía al tráfico de vinilos que llegaban de ese paraíso musical y de libertades -ríanse ahora- que eran los States. La American Forces Radio podía sintonizarse, ¡milagro! Y entre las ondas hertzianas se colaban los guitarrazos de Jimi Hendrix y los desplantes de los Kinks. En el barrio de Santa Clara, colonia yanqui plagada de marines, los vecinos veían cómo los tradicionales guateques dejaban paso a las barbacoas amenizadas por improvisadas jam sessions. Ya los jóvenes con instrumentos no suspiraban por ser la banda contratada por este o aquel crucero por el mediterráneo donde tocar ante los mayores; ahora lo suyo era dejarse la piel en garitos de Torremolinos o tocar en el Club Blue Star de Rota, por 750 pesetas de la época.

De ahí a las reuniones en la Glorieta de los Lotos, pitillito y litrona en mano, había sólo un paso. Los jipistomaban la ciudad.

Hubo incluso conato de superventas: Gong, aquel mítico grupo que contaba entre sus huestes con lo más granado del rocanroleo sevillano (los citados Mane, Silvio, Ricky y Gualberto), estuvo a puntito de volar a EE.UU. a grabar con el sello Atlantic. No en vano, le daban al soul -versiones de Otis Redding incluidas- que era un gusto. Desgraciadamente, todo se truncó en el último momento (la leyenda apunta a la falta de experiencia de su manager) y su dotado saxo, Pepe Sánchez, acabó tocando en la Banda Municipal (¡sigh!) y en múltiples colaboraciones hasta su paso por Goma.

Leyendas aparte, el campo parecía abonado lo suficiente como para que creciera el fenómeno Smash. Como buenos andaluces, y más aun sevillanos, Julio Matito y Antonio Rodríguez, bajo y batería, se conocieron en la calle. Y no tardaron demasiado en escuchar juntos discos de Cream en un pick up a pilas, en pleno Parque de María Luisa. A Henrik Michael, el guiri del violín, un danés que cantaba en los jerezanos Los Solos y a Mane, que sustituía a Gualberto en sus múltiples escapadas a EE.UU., los conocieron más tarde, en un concurso algecireño organizado por Jesús Quintero. Sí, sí, ya ven: antes de descubrir peítoscuñaos, a nuestro histriónico presentador preferido le daba por poner de acuerdo a verdaderos genios. Quién lo diría.

Lo demás es historia. Contratos con Philips y Bocaccio, tres LP´s tan desiguales como fundamentales, flamenco-blues, psicodelia, escarceos con las drogas y la Gauche Divine catalana, sueldos estratosféricos (¡18.000 pesetas de la época!), el toque mágico de los productores Ricardo Pachón y Alain Milhaud, colaboraciones con Manuel Molina y El Agujetas, el éxito efímero de “El Garrotín”…

Se dice que encandilaron a los mismísimos Canned Heat, quienes les propusieron grabar algo juntos. Hasta en un concierto con Barrabás, se obró el milagro y un gris subió a bailar con ellos al escenario.

Tan contundentes como su nombre, Smash fueron un punto y aparte en el rock sevillano. Firmaron, además, “El Manifiesto del Borde”. En él daban cuenta de su particular cosmogonía: los mandamientos a cumplir para ser un jipi de cuidao, el grito de guerra de una generación que empezaba a cortarle las orejas al lobo y soñar con aires de libertad con los ojos abiertos. No estaban solos en su empeño. Por el camino les acompañó…

GONZALO GARCÍA PELAYO, ANTES BORDE QUE SENCILLO

Hablar de rock sevillano supone hablar de Gonzalo, “Don Gonzalo” tal y como rezaba su mítico local de Los Remedios, por donde pasó la flor del yeyeo y la nata del jipismoSu nombre aparece y desaparece, como los meandros metafóricos del inicio de este reportaje, pero su efectos fueron, son, devastadores. La mayoría de las veces, él marcaba el cauce. Fue manager de Gong, presentador de TV (“Beat Club”, “Mundo Pop”) y hasta apoderado taurino de Pepín Jiménez.

Nacido en 1947 en Madrid, de padres jerezanos, su espíritu aventurero le ha hecho ser partícipe de mil y una empresas. Lanzó con Smash el Manifiesto del Borde, donde predicaba que todo hijo de vecino debía ser unhombre de la pradera, “los únicos que están en el rollo y que han salido del huevo“. Lo más de lo más.

Fundó Popular FM y el sello Gong, padre irrefutable de la comunión entre el flamenco y otras músicas. Desde ésta y otros discográficas (Polygram, CBS) lanzó las carreras de artistas como Triana, Goma, Carlos Cano, Amancio Prada, María Jiménez, Lole y Manuel… y hasta el mismísmo Víctor Jara en nuestro país.

También realizó sus pinitos en el mundo del cine: dirigió “Manuela” (1975), “Vivir en Sevilla” (1978), “Intercambio de parejas frente al mar” (1978), “Corridas de alegría” y “Rocío y José” (ambas de 1982). La primera de ellas, además de subir la temperatura de las salas con las correrías de Charo López, hizo bastante por el éxito del segundo LP de Triana, al incluir “En el lago” en su banda sonora: de las tristes 75 copias que se vendieron de “El Patio”, se pasó al culto desmesurado por “Hijos del Agobio”, que corría de tocadiscos en tocadiscos como pólvora.

Y como polvorines saltan las bancas de los casinos de medio mundo cuando el listo de Gonzalo -o su familia- entran por la puerta. El último hobby del hombre no es otro que dedicarse profesionalmente a desplumar casinos, de Madrid a Las Vegas. Con la ayuda de su hijo Iván elaboró un sistema de probabilidad que les conducía, tras un período de prácticas, al éxito fulminante. La suerte, amigos, es cosa de lógica, ¿lo creen? Orgullosos de su obra, la familia hasta escribió un libro que resumía tales andazas, “La fabulosa historia de los Pelayos”, editada por Plaza & Janés.

Ahora que en modernos museos como el CAAC de Sevilla le dedican retrospectivas a don Gonzalo, a intrépidos cineastas como Gervasio Iglesias les da por reivindicar “El underground” y hasta Gualberto, Antoñito y Henrik se reúnen para tocar como Smash, sería de agradecer que alguien se lanzara a escribir otro libro. Ése que pedía a gritos Ángel Casas al principio de éste tu dossier.

Silvio, escucha nuestras oraciones. Donde quieras que estés.

 

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David Pareja


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