Larga vida al rey lascivo

Russ Meyer

La noche del 22 de septiembre el bigote de Russ Meyer se movió socarronamente por última vez. Antes, en 82 años de vida, había producido, guionizado, montado y dirigido más de una veintena de películas con chicas tan ligeras de ropa como de cascos. Tachado de pornográfico, él siempre se defendió alegando que sus filmes hablaban de “la lucha entre lo bello y lo maligno”. No es extraño que fuera amigo de Hemingway: nadie como el viejo Russ conocía mejor las contradicciones del género humano. Revalorizado con los años por la devoción del populacho, los críticos menos ramplones y los cineastas más viscerales, Meyer llegó a visionar como mucho antes de su muerte le salían discípulos a mansalva: cineastas como John Waters y Tarantino, bandas como The Cramps y Mudhoney y personajes como Austin Powers le deben la mitad de su nómina. Y media existencia. Donde quiera que ande ahora, con sobrinos como los citados, el tío Russ puede dormir tranquilo.

 

LA FORJA DE UN HOMBRE CALIENTE

¿Quién pensaría que el hijo de un policía y una enfermera acabaría un día atentando contra el orden y las sanas costumbres de la puritana sociedad estadounidense? Russell Albion Meyer, el Walt Disney del porno, también apodado “King Leer” en un lascivo juego de palabras con el rey shakesperiano, nació el 21 de marzo de 1922 en Oakland (California), en el seno de la típica familia yanqui de clase media. Ya saben: ésas asiduas a barbacoas en el jardín y noches en el porche. Se entiende pues que el joven Russell metiera un pie en la juventud al mismo tiempo que se enrolaba en el ejército.

Allí alimentó esa pasión por la fotografía que despertara en él, a temprana edad, una cámara que le regaló su madre para que se entretuviera mientras sus papás, siempre tan ocupados, hacían sus respectivas rondas.También en el frente -recordemos que el púber patriota se hallaba en mitad de un fregado de mil demonios: la II Guerra Mundial- Russell alimentó otros deseos más prosaicos: en una noche, ebrio de lujuria parisina, le desvirgó una prostituta. Dato para los mitómanos: los servicios de tan grata compañía los pagó su amigo Ernest Hemingway, el celebérrimo escritor, con quien había hecho buenas migas durante la contienda. Tal vez fue ahí donde le picó ese gusanillo del eros…

Pero el bueno de Russell no perdió el tiempo en las alcobas. Fotografió a diestro y siniestro; las imágenes que rodó de combates se usaron posteriormente en filmes como “Patton”, cuando los efectos visuales de las pelis bélicas aun se hacían saqueando documentales o volando maquetas por los aires.

Tanto trabajo y arrojo endureció el carácter del joven con pretensiones de cineasta: a partir de entonces, se tomaría cada rodaje, del primero al último, como si de una batalla se tratara, ajustando horarios y presupuestos con nociones de economía de guerrilla e imbuyendo a su tropa de una moral por los cielos. Así que, cuando los últimos disparos aun resonaban en su cabeza, Russell volvió a casa convencido hasta la médula de convertirse en cineasta.


Y puso en ese sueño todo su empeño: rodó películas corporativas para empresas, realizó mil y un oficios en clásicos como “Gigante” o “Guys & Dolls” y acabó por colarse como fotógrafo habitual en las páginas de Playboy. Una modelo, Tempest Storm, también bailarina profesional (ya imaginan que no del ballet nacional ruso precisamente), le presentó al mecenas idóneo presto a dejarse seducir por la labia de Russell…

A un tal Peter DeCenzie, hombre de negocios turbios -locales de striptease, barras americanas y demás lindezas- y bolsillo fácil, debemos el honor de financiar las dos primeras películas del aun imberbe director. La primera, “The French Peep Show”, era un puro disparate: una hora de metraje dilapidado en los contoneos de una stripper. Sin argumento, sin diálogos. Aberrante. No me hago a la idea del provecho que le sacaría David Lynch a tan ilustradora secuencia.

La segunda de ellas, en cambio, marcó una época. “The Inmoral Mr. Teas” (1959) se rodó en cuatro días, costó 24.000 dólares y estuvo explotándose en circuitos comerciales hasta una década después de su estreno. Imaginen los beneficios. Russell y DeCenzie compartían una idea: en EE.UU. había un público potencial para una peli como aquella, con chicas desnudas por doquier. Era usual por entonces importar nudies europeas, películas que llegaban del Viejo Continente sin trabas ni censuras. Tan sólo había que hilvanar las secuencias gratuitas con una historia medianamente atractiva -en este caso, las tribulaciones de un muchacho capaz de desnudar mentalmente a cualquiera que se propusiera- y voilà, el éxito estaba asegurado. Y no fallaron en sus predicciones.

“The Inmoral Mr. Teas” no sólo fue un descomunal éxito de público: en 1962 había provocado más de 150 imitaciones, mientras que la copia original era, y sigue siendo, un aténtico misterio. En aquellas fechas de represión, los proyeccionistas más avispados recortaban fotogramas para guardarlos y disfrutar de sus encantos en la soledad de sus cabinas. Así que tan sólo tres años después de su estreno, las copias que rotaban de pueblo en pueblo, sometidas a tantos recortes y a discretas aportaciones que los ladrones de celuloide calentuliento birlaban de otros filmes, eran algo completamente diferente a lo rodado por nuestro querido Russell.

Pero poco importaba ya: desde el preciso instante en que las hazañas de Mr. Teas se convirtieron en un fenómeno cultural y en un boom taquillero, Russell dejó atrás la vida que llevaba hasta ese momento. Inclusó dejó atrás su nombre. A partir de entonces, el mundo le conocería como Russ. O Mr. Meyer, como prefieran.

¡AUTOR, AUTOR!

Con el valor que le inoculó tal taquillazo, Russ Meyer se lanzó a rodar compulsivamente: “Eve and The Handyman”, “Erotica”, “Wild Gals of The Naked West!”, “Europe in the Raw”, “Heavenly Bodies”… En todas el astuto director explotaba las (escasas) virtudes de su segundo filme, creando clones que iban perdiendo fuelle -y gracia- con las sucesivas entregas.

Eso sí, la primera de ellas le sirvió a Russ para conocer a su segunda esposa, la despampanante Eve Meyer. Y fue además una de las primeras películas en intuir los nuevos caminos de la publicidad en el mundo del cine, años antes del merchadising de “Star Wars”: a los 10.000 primeros espectadores que acudieran a ver el engendro, se les obsequiaba con un desatascador igualito al que portaba el fontanero protagonista. Ríanse ustedes de las espadas láser.

La audiencia, reacia aun a propuestas tan atractivas, empezó a declinar las ofertas. Y Meyer contraatacó con un cambio de registro que, además, sería el principio de una longeva trayectoria y la primera piedra de un universo propio. Y de toda una mitología. En 1964 se estrenaba “Lorna”, un desaforado drama rural en la que se perfilaron los rasgos del cine de su director: heroínas insastifechas con enormes glándulas mamarias y apetito sexual aun mayor, hombres agrestes con mucho músculo y poco cerebro, sexo camp lubrificado con dosis de fetichismo, y finales abrasivos en un clímax tan violento como demencial.

“La culpa la tiene Al Capp, el dibujante de Lil ‘Abner”, confesaría Meyer en una entrevista. “Dibujaba todas esas mujeres con grandes tetas, salvo a la Abuela. Los hombres eran musculosos y estúpidos, con la clase de trabajo que tienen en mis filmes”. Meyer no escondía tan decisiva influencia: “A los 14 años empecé a copiar sus dibujos, pero hacía las tetas mucho más grandes…”.

“Rope of Flesh”, “Motor Psycho”, la endiosada “Faster, Pussycat! Kill! Kill!”, “Mondo Topless”, “Good Morning… and Goodbye!” y la primera de toda una saga, “Vixen!” contenían todos los ingredientes del cóctel habitual del director. Y entregaban de paso al respetable una galería de berracas -con perdón- de padre y señor mío: la exótica Haji, la dominatrix Tura Satana, la teutona Rena Horten (a la que, al no tener ni idea de inglés, regaló un personaje de sordomuda sólo porque apareciera en pantalla), la impresionante Babette Bardot, la febril Alaina Capri y la boombástica Lorna Maitland, la protagonista de “Vixen!” encumbrada efímeramente como estrella mediática, entre otras, se ganaron a pecho descubierto su entrada en el olimpo meyeriano.


El cachondo cineasta sólo se apartó de este sendero tan dado a las curvas de infarto en dos ocasiones, que se saldaron además con sendos fracasos. “Fanny Hill” (1964), encargo del productor alemán Alfred Zugsmith, que había trabajado con Orson Welles y Douglas Sirk, y que Meyer afrontó con más desgana que ilusión, pasó sin pena ni gloria por la cartelera y los críticos la atacaron con fiereza, a pesar de contar con actrices de la talla de Miriam Hopkins en su reparto. Y “Cherry, Harry & Raquel”, curiosa incursión del cineasta en la psique masculina, con un papel protagonista, por vez primera desde aquel Mr. Teas, para un hombre (Charles Napier, auténtico actor de culto), sembró carcajadas entre las plateas.

Tras la debacle que supuso esta historia sobre un tumultuoso menage a troisMeyer andaba desorientado, sin saber si avanzar en busca de nuevas tendencias o retroceder al primitivismo de sus anteriores trabajos. O sea, o considerarse un Fellini de la América rural o hacer, directamente, otra más de tetas y culos. Y entonces llegó la Fox.

¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE!

Bien mirado, no resulta extraño que un zorro busque una zorra. Entiéndanme: el enorme éxito de “Vixen!” (en español, la traducción sería un expeditivo “¡Zorra!”) abrió los ojos de los ejecutivos de la 20th Century… Fox (sí, “zorro”, ¿captan entonces el chiste? ¡Je, je!). A pesar del siguiente estrepitazo en las taquillas del siguiente filme de Meyer, el citado “Cherry, Harry & Raquel”, la Fox confiaba en las virtudes de un hombre que tan bien conocía los gustos de los demás hombres.

Contra todo pronóstico, ofrecieron a Meyer rodar la secuela de “El valle de las muñecas”, adaptación de Mark Robson -con una bellísima Sharon Tate- del best seller escrito por Jacqueline Susann, que tres años antes había arrasado en las taquillas. Ni corto ni perezoso, el director contrató al prestigioso crítico de cine galardonado con el Pulitzer , y aun hoy en activo, Roger Ebert, amigo, fan número uno del cine de Meyer y defensor a ultranza de los desmanes de éste.Casi a espaldas del estudio, y sirviéndose de un humor autoparódico rayano en lo grosero, rodaron lo que, según palabras del propio Ebert, era “el primer musical camp con toques de cine de terror”.

Y para ello no escatimaron argucias: Meyer no les dijo a sus actrices en ningún momento que la película no iba en serio, por lo que se esforzaron al máximo en conseguir grandes actuaciones melodramáticas. Increiblemente, la película fue un taquillazo. Incluso hoy, reeditada en dvd, sigue ganando adeptos. Y en cualquier club trendy de capital uno puede encontrarse modernos bailando el tema central de los Sandpipers. No pregunten cómo lo lograron, pero todo el mundo se tragó el anzuelo. Y los zorros de la Fox, tan contentos.

Hasta que la volvió a pifiar. El bueno de Russ no había aprendido de sus dos tropiezos, y volvió a darse de bruces con la misma piedra. Su siguiente película sería la segunda para la Fox… y la última. Nadie supo que hacer con “The Seven Minutes”: ¿cómo promocionar una peli de juicios dirigida por el Walt Disney del porno, con estrellas trasnochadas como John Carradine e Yvonne De Carlo en el reparto?

Meyer intentó salir del embrollo volviendo al cine independiente. La idea: rodar una blaxplotation con excusa artie, ambientada en la época esclavista, en las Barbados. “Blacksnake!”, se llamó el invento. Al parecer, al ministro de Turismo de las islas puso todos los medios a disposición de Meyer porque le pareció una genial idea para promocionar el paradisíaco enclave… hasta que vió la película en la premiere. No fue el único en salir despavorido del cine; el público hizo otro tanto.

El estrepitoso fracaso comercial de sus dos últimas intentonas para escapar de la cárcel que él mismo se había creado le hicieron entrar en razón. Meyer captó el mensaje, alto y claro. Si el público quería tetas y culos, lo tendrían. ¡Y vive Dios si lo tendrían! “Supervixens”, “Megavixens Up!” y “Beneath the Valley of the Ultravixens”, estrenadas en 1975, 1976 y 1979, respectivamente, un Meyer descocadísimo reincidía en sus manías y costumbres, pero multiplicadas hasta el infinito.Ubres de dimensiones épicas, escenas subídisimas de tono, violencia gráficamente virulenta y hasta iconografía nazi se alternaban en un delirium tremens que, por obra y gracia del milagro meyeriano, no dejaba de tener su encanto.

Entre medias, el encargo de Malcom McLaren de rodar una película con los Sex Pistols, “Who Killed Bambi?”, que se fue al garete tras un día y medio de rodaje, y ese larguísimo documental -cuya duración se estimaba en ¡24 horas!- que proyectaba sobre su propia figura y que le restaba horas de sueño y metros de película.

Hasta que una neumonía le brindó por última vez una fiebre la noche del 18 del pasado septiembre. No podía morir de otra cosa este viejo verde: de un calentón. La de risas que se tiene que estar echando el cabrón en el cielo… si es verdad que allí los ángeles no tienen sexo.

A RUSS LE GUSTABAN FUERTECITAS

 

TURA SATANA. El diablo hecho carne

Mitad cherokee y mitad japonesa, su biografía da para una colección en fascículos. Violada a los 10 años por cinco chicos y confinada a un reformatorio por “inducirles a hacerlo” (según el juez), casada a los 13 y bailarina de striptease desde los 15. Papelitos en “Irma La Dulce” o “Flint, agente secreto”, amiga del rat-pack y liada con Elvis, a quien enseñó karate. “Faster, Pussycat! Kill! Kill!” hizo de ella una estrella de serie B antes de que acabara sus días como higienista dental.

EVE MEYER. Amor verdadero

Primero como actriz y luego como productora, la carrera de esta Sofía Loren de cabellos rubios va ligada a la de su marido y mecenas. En su primera película juntos, “Eve and the Handyman”, además de protagonista, también hizo de cocinera, criada y secretaria durante el rodaje. Separada de Meyer en 1970, esta rutilante dama encontró la muerte en Tenerife, en la tristemente recordada colisión entre dos Boeing 747. Si hacemos caso a los rumores, Meyer nunca se recuperó de la noticia.

KITTEN NATIVIDAD. Gatita latina

Nacida en México y dos veces Miss Nude Universe, hizo sus primeros pinitos en una de policías de Richard Fleischer, “Los nuevos centuriones”. Pero su noviazgo intermitente con Meyer, dentro y fuera de las pantallas, la aupó al estrellato con barbaridades como “Megavixens Up!” o “Beneath…”. Acabó malgastando su talento y enseñando sus “cazoongas” (así las llamaba ella) en parodias porno con nombres tan imposibles como “Wild Wild Chest” o “Fresh Tits of Bel Air”.

CANDY SAMPLES. Razones de peso

Esta mujerona de grandes dimensiones se hizo íntima de Meyer tras aparecer -¡y cómo!- en las mismas películas de su partenaire Kitten, con el pseudónimo de Mary Gavin. Y como ésta, le cogió afición al porno, protagonizando aquella “Flesh Gordon” tan celebrada. Incluso llegó a montárselo con John Holmes, el hombre de los 35 cms., en “Bedtime Story”. A sus 64 años, aun sigue en activo, después de rodar en los 80 bodrios como “Cock Robin” o “Attack of The Monster Mammaries”.

EDY WILLIAMS. Mala mujer

Comenzó de la mano de Howard Hawks y Rock Hudson en “Su juego favorito”, para acabar seis años después en los brazos de Meyer. Más estilizada y mucho más arpía que las que solían rodear al director, sólo tardó cinco años en darse cuenta que Meyer no haría de ella una “actriz seria”. La leyenda dice que la emprendió a tiros con él en una de sus numerosas peleas conyugales. En plena forma, la Williams sigue paseando su porte de gran intérprete en joyas como “Bad Girls from Mars” o “Dr. Alien”.

LOS SOBRINOS DE TÍO RUSS

Figura revalorizada con los años por la devoción del populacho, los críticos menos ramplones y los cineastas más viscerales, Meyer llegó a visionar como mucho antes de su muerte le salían discípulos a mansalva.

En cine, su sombra se puede rastrear en el primerizo Almodóvar (“Folle… folle… fólleme, Tim!”, “Laberinto de pasiones”, “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”) y, bien escudriñados, en sus dramas más recientes y personales. De hecho, muchos de los filmes de Meyer -con “Más allá del valle de las muñecas” a la cabeza- no eran sino pastiches embrutecidos de los clásicos melodramas de Douglas Sirk, tan venerados por el manchego.

No es el único en seguir los pasos del cineasta tan dado a las proporciones épicas: John Waters (“Pink Flamingos”, “Cecil B. Demented”) y Frank Henenlotter (“Basket Case”, “Brain Damage”) continuan su estética feísta y su humor soez hasta nuestros días creando otra galería de freaks inolvidables, la Troma explota los encantos pectorales de las protagonistas de sus producciones en constantes guiños al maestro, jóvenes valores como Pedro Temboury (“Kárate a muerte en Torremolinos”) o Steven Grasse (el creador de “Bikini Bandits”) se rinden a sus pies…

Hasta el añorado John Landis le dio un papelito en “Amazonas en la luna” como sincera reverencia. Y esa pasión desmesurada por las curvas que siente Austin Powers en sus aventuras delata qué tipo de pelis esconde nuestro Misterioso Agente Internacional en su videoteca secreta.

El rock, en su vertiente más cazallosa, también ha tomado prestado lo suyo del personal retablo del autor. Lasriot grrrls (de Bikini KillLe Tigre, pasando por Babes In ToylandBratmobile) se apoderaron del vestuario y las aguerridas maneras de Tura Satana y compañía, a pesar de enarbolar un discurso feminista que troncharía al director. Bandas como The Cramps versionaron temas de sus películas mientras que otras no dudaban en tomar su nombre de las pelis del director (VixenMudhoney). Incluso el propio Meyer llegó a rodar videos para grupos como The Hoodoo Gurus, cámara en ristre.

Donde quiera que ande ahora, con sobrinos como estos, el tío Russ puede dormir tranquilo. Sus padres estarían orgullosos de que el pequeño Russ, con los años, dejara en la Tierra una familia tan numerosa antes de marchar. Descanse en paz, Rey Lascivo.

 

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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