Una cervecita con Juan Diego

Sol, mediodía, una terraza en la Plaza de San Juan de Dios, caluroso centro de Cádiz. Una leve brisa que llega del puerto ayuda a sofocar el calor mientras nos tomamos una cerveza muy fría con nuestro amigo Juan. Parece un plan cotidiano y agradable. Y lo es, especialmente por la compañía. Hasta su nombre lo es. Sin haber cruzado hasta el momento palabra alguna con él, Juan Diego parece nuestro amigo de toda la vida. Alguien a quien confesarle secretos e inquietudes. Lo mismo hizo él con nosotros. Y allí nos vimos, arreglando el mundo con Juan Diego.

 

La agenda de Juan Diego está apretadísima. Según cuenta en la rueda de prensa previa a nuestra entrevista, “proyectos no me faltan”, confirma con una sonrisa sincera. “Tengo en la mesilla de noche un guión para hacer de legionario retirado en el barrio Chino de Barcelona junto con Ángela Molina, un libro de poemas de Goethe, que recitaré con la Orquesta Filarmónica de Sevilla -en un espectáculo que nos recomendó eufóricamente-, una historia épica, de Paco Mir, en la que recorreré la España de Felipe II, otra cinta que se llamará “Remake”, y un par de rodajes más que he tenido que ajustar e incluso cambiar de fecha”.

Uno de ellos, la adaptación de las aventuras del Capitán Alatriste, que se rodará en febrero junto a Viggo Mortensen y Elena Anaya, y el otro, “La Conjura del Escorial”, que comenzará a finales de marzo. “Llevo 3 películas en 13 semanas. Un full time”, confiesa algo cansado pero satisfecho. Y a pesar de tener una agenda más apretada que la del juez Garzón, a Juan se le ve feliz, rebosa orgullo (en el buen sentido de la palabra, no se por qué este termino se entiende tan peyorativamente) de hacer su trabajo y además tiene tiempo para tomarse una birra con nosotros y contestar a nuestras idas de olla con cordialidad y simpatía.

Esa noche iba a recibir su primer homenaje como intérprete. Nunca antes un festival le había concedido tal galardón y Juan se sentía agradecidísimo de que fuera su tierra, Andalucía, la que lo hiciese. La 36ª Muestra de Cine del Atlántico ALCANCES, de Cádiz, le rinde un tributo más que merecido. Se siente “sevillano y andaluz hasta los huesos”, y se le afloja el potente chorro de voz que desprende hablando al recordar su infancia en Cádiz y su amor por el mar. Cuando le preguntamos por el estado de salud del cine andaluz, afirma que éste “se encuentra en un gran momento, y más aun el teatro”.

“Estamos en manos del mercado americano”

Sin embargo, agita la cabeza con un ademán de resignación cuando le comentamos que las ayudas en otras comunidades autónomas al teatro y al cine en sus respectivas lenguas reciben mas financiación, para lo que tiene una respuesta más que clara. “Hacen falta mas ayudas, está claro, para tener una voz y una mirada, a ser posible disonante”. La clave reside para él, en sus propias palabras, “en no convertir el producto cultural en producto comercial”. Y pregona que, si bien vivimos en una sociedad de mercado, es la gente de la cultura la que tiene que pelear para que “no se cree una sociedad mercantilizada donde los procesos de desarrollo del hombre y de la mujer estén en manos del valor de cambio, y no del valor de uso, para no acabar siendo productos económicos en lugar de productos humanos”. Nada más acabar esta frase se llevó la cerveza al gaznate, concluyendo que “estamos en manos del mercado americano”, por si acaso quedaba alguna duda. Filosofando con sencillez, como los viejos sabios saben hacerlo, sabiendo que no lo son, con ideas directas que parecen sacadas de la barra de cualquier bar, pero con una convicción arrolladora, para que hasta el más borrachazo de la tasca pueda comprenderlo.

Teniéndolo allí delante, nos costaba imaginar que un hombre tan humilde y con tales principios, hubiera sido capaz de encarnar al caudillo en “Dragon Rapide” (1986). “No quería caer en la caricatura”, se sinceró, e incluso, dice, llegó a rechazar el papel cuando ya era suyo porque se veía “incapaz de meterse en la piel de alguien tan cabrón”. Nos había explicado que, para él, “antes la interpretación era una especie de terapia, o al menos lo era con determinados papeles”. Recordaba con respeto su personaje en “La noche oscura” (1988) de Carlos Saura, que le hizo desatascarse, y ver la vida de otra forma diferente desde aquel momento. Hasta que un día, pasando por cerca de su colegio en Sevilla, le sobrevino un recuerdo. Le vino a la mente “ese Juanillo que correteaba por las calles blancas y estrechas de Bormujos”, su pueblo natal, “donde rezaba cara al sol cada mañana”. Fue entonces cuando le sobrevino “la imagen a la mente de ese Franco niño, con problemas, con un padre alcohólico, separado de su hermano desde pequeño”, y fue a partir de ahí como consiguió “echarle sangre al personaje”. Él mismo reconoce que ese papel “fue necesario, y que fue un servicio a la libertad y a la historia”.

Su salto al star system español lo consagró su papel en la serie “Padre Coraje”, que protagonizó para Benito Zambrano. A pesar de eso, nos reconoció que la TV no le llena del todo. “No me acabo de ver en la tele”, no ha encontrado aun personajes en ella que le satisfagan y alaba “el mérito de compañeros de faena que se adentran en ese peligroso mundo”. Su pasión por la actuación, la reflexión acerca de los personajes, tener tiempo para construirlos, le hacen mantenerse, afortunadamente, alejado de la caja tonta. “Mientras pueda, sobreviviré con el cine”. Y es que Juan es un poco superviviente de la vida. Hubiéramos pasado el día entero con él, pero sus obligaciones lo llamaban. Se fue dándonos una palmadita en la espalda, pero lejos de ser un típico gesto paternal de alguien que está subido en un pedestal. Fue más bien parecido al abrazo de un nuevo amigo.

PERRO EN LA RESERVA

Tratar de abarcar la vida artística de Juan Diego en un ciclo de cine es como querer ser el campeón del mundo de comer perritos calientes (lo digo porque es imposible, hay un chino que se come 56). Durante la Muestra de Cine del Atlántico se le dedicó una sección especial pero apenas pudieron recoger toda su filmografía. Y es normal porque sólo de mirarla da vértigo. Ha trabajado con los más renombrados realizadores del país (y alguna pequeña incursión por el cine latinoamericano) pero no se lo han regalado, no se apellida Querejeta, ni Esteve, ni Rabal, se apellida Ruiz Montero, con dos cojones, y su carrera no ha sido un camino de rosas precisamente. Nos confesó que cobró la graciosa cantidad de 6.000 pesetas por su primer papel (¡protagonista!) y más de un batacazo grande se pegó durante los años 70, en los que además de recibir papeles poco importantes, algunas de sus películas fueron un rotundo fracaso, como por ejemplo “Martes y Trece, ni te cases ni te embarques” (sólo el titulo tira para atrás), dirigida por José Luis García Sánchez, con el que tuvo algún triunfillo por ahí como “Colorín colorado” (1976) , “La Corte del Faraón” (1985) o “La noche más larga” (1990). Si hace tiempo que le siguen quizá recuerden “La Criatura” (1977), de Eloy de la Iglesia, uno de sus primeros éxitos. “Los cameos me dan por el culo”. Así de claro lo afirma Juan Diego cuando se le pregunta por la cantidad de papeles secundarios que ha interpretado toda su vida y hasta qué punto considera que un papel de 10 minutos sea un cameo o una interpretación secundaria.

Pero llegando los ochenta, su carrera deviene más exitosa. Saura, Eloy de la Iglesia, Mario Camus -que le brindó al oportunidad de interpretar al inolvidable señorito ahorcado de “Los santos inocentes” (1983)- o Fernando Fernán Gómez, con “El viaje a ninguna parte”, han sido alguno de los maestros con los que se ha rodeado. Y no tiene palabras de desagrado para ninguno de ellos.

En los noventa ya despuntó. Sin necesidad de dejarse magrear por Javier Bardem, como hiciera Penélope Cruz para saltar a la fama, bordó un papel de 5 jotas en “Jamón, Jamón” (1992), con el cerdo de Bigas Luna. Otros aciertos de aquellos años: “Entre las piernas” de Gómez Pereira, “El Rey Pasmado” de Uribe y “París Tombuctú” de Berlanga, con la que obtendría sendos goyas al mejor actor secundario.

Juan Diego es de esa raza de actores de las que no se reconocen. Su papel en “Smoking Room” le da un aire de perro en la reserva, como aquellos de Tarantino que iban vestidos de corbata y acababan manchados de sangre. Es un perro de la actuación, fiel a sus ideas, que sabe que el oficio es más que una portada del Fotogramas. Es como si actuar formara parte de su instinto vital.

 

 

 

 

 

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Fernando G. Acuña

Cuando escuché por primera vez el refrán “pongo un circo y me crecen los enanos” pensé en lo afortunado que sería teniendo más enanos para mi circo. Por un momento, imaginé que los enanos crecían como las cebollas o los puerros, en un huerto, con un poco de sol y mierda de vaca. Así es mi vida: irreverente, cómica, absurda, como un circo lleno de enanos que crecen sin parar.


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