Silencio, se droga

Drug Movies

Retratar los paraísos artificiales en el cine nunca fue tarea fácil. Demasiados peligros que sortear: la censura de las autoridades, los prejuicios de los estudios, la inexperiencia de los propios autores frente al tema y hasta la mojigatería del entorno circundante siempre jugaron -y juegan- en contra. Y eso sin contar lo difícil que resulta trasladar en imágenes un buen colocón. O una bajona del quince. Pero cineastas atrevidos, amigos, ha habido siempre. Desde Preminger a Scorsese, de Kubrick a Eloy de la Iglesia, de Sinatra a Cheech & Chong, he aquí un viaje -nunca mejor dicho- por la ruta de la droga en el celuloide.

 

Rastrear los callejones de celuloide en busca del primer camello del cine no resulta nada fácil… Ya en 1955, una estrella como Sinatra se armaba de valor y se metía en la piel de un yonqui en “El hombre del brazo de oro”, descarnada historia de adicciones a ritmo sincopado de jazz con irónico título. No sólo es y será recordada por presentar por vez primera a un drogadicto como protagonista: la película de Otto Preminger mostraba sin remilgos el mono del susodicho en una secuencia tan estremecedora como memorable, con La Voz encerrada en un cuartucho, destrozando el mobiliario y a punto de abrirse las venas…

Tan sólo dos años después, Fred Zinnemann reincidía en tan escabroso tema con “Un sombrero lleno de lluvia”, adaptación de una exitosa obra teatral de Michael V. Gazzo. En esta ocasión, los encargados de dejarse los antebrazos como un colador eran los casi debutantes Don MurrayAnthony Franciosa, más aquejados por el síndrome del Actor´s Studio que por cualquier adicción perniciosa.

Más jóvenes aun resultaban los protagonistas de “High School Confidential”“The Cool and the Crazy”(ambas de 1958), pioneras en introducir las drogas en las películas teenagers tan en boga aquellos años. La primera de ellas, dirigida por el especialista en S/F Jack Arnold (“Tarántula”, “El increíble hombre menguante”), sirvió además para lanzar al estrellato de lo efímero a Mamie Van Dorenboombástica réplica de Marilyn Monroe al gusto del quinceañero yanqui y yonqui de clase media.

“El hombre del brazo de oro” es y será recordada por presentar por vez primera a un drogadicto como protagonista: la película de Otto Preminger mostraba sin remilgos el mono del susodicho en una secuencia tan estremecedora como memorable, con La Voz encerrada en un cuartucho, destrozando el mobiliario y a punto de abrirse las venas…

Pero, producciones de renombre y explotations al margen, también había lugar para la denuncia social con excusaartie de por medio. Título mítico del cine independiente norteamericano, “The Connection” (1961), de la coreógrafa reconvertida en cineasta Shirley Clarke, partía de otra obra teatral para ilustrar sin concesiones el submundo de la heroína. Un grupo de músicos negros esperan a su contacto en una buhardilla. Mientras el polvo blanco llega, los yonquis matan el tiempo improvisando jamsessions o divagando delante de la cámara de un documentalista que promete pagarles el envío a cambio de filmarlos.

La misma Clarke retomaría dos años después el asunto con “The Cool World”, rotundo e inspirado análisis de la vida en Harlem que se beneficiaba de una impagable banda sonora compuesta por Dizzy Gillespie.

Incluso dos años antes de aquella tensa espera en la buhardilla, mitad ficción mitad realidad, en 1959, el fotógrafo Robert Frank y el pintor Alfred Leslie realizaban lo que para muchos es la primera películaunderground“Pull my Daisy”.

Adaptación libre de un texto de Jack Kerouac“The Beat Generation”, la alucinada película de Frank y Leslie contaba con la participación de Allen Ginsberg, Gregory Corso y el mismísimo Kerouac, y con ríadas de estupefacientes por metro de película, por supuesto.

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Años más tarde, en 1972, Frank acompañó a los Rolling Stones por su gira por EE.UU., pero el resultado de tan ameno viaje, el rockumental “Cocksucker Blues”, no gustó nada al bueno de Mick Jagger, que impidió legalmente su distribución. Al parecer, Frank, de vuelta de todo, no era partidario de apagar la cámara en mitad de las noches locas de sus satánicas majestades…

Un año antes, en 1971, “Pánico en Needle Park” de Jerry Schatzberg, durísima recreación del día a día de los yonquis en un parque de Nueva York no tuvo los mismos problemas en llegar a las salas. Un jovencísimo Al Pacino sacó todo el partido posible a sus ya incipientes ojeras para llamar la atención de Coppola, que conmocionado por la experiencia no dudó en llamarlo para formar parte del reparto de “El Padrino”.

En España, la dama blanca tardó en hacer sus estragos. Así que aquí tuvimos que esperar la eclosión del génerocheli para conocer de primera mano los efectos de un buen chute. “Deprisa, deprisa” de Carlos Saura fue tan sólo el aviso. Luego llegarían las exitosas “El Pico” y su secuela “El Pico 2″, “Navajeros”, “Perros Callejeros”… que convirtieron a Eloy de la IglesiaJosé Antonio de la Loma en directores rompetaquillas y al Pirri y al Vaquilla en superhéroes de barrio.

Treinta años después del mono de Sinatra con Bernstein de hilo musical, y al otro lado del charco, eran Los Chichos, Los Chunguitos y demás clásicos de gasolinera quienes musicaban las andanzas de los heroinómanos patrios.

En España, la dama blanca tardó en hacer sus estragos. Así que aquí tuvimos que esperar la eclosión del génerocheli para conocer de primera mano los efectos de un buen chute.

En el resto de Europa, siempre soplaron otros vientos. La joven protagonista de “Yo, Cristina F.” (1981) deUli Edel se pasaba medio trance postchutazo en mitad de un concierto del Bowie más ochentero. Bastante después, y demostrando aquello de que los tiempos cambian, los speedícos personajes de “Trainspotting” se convertían en adalides de la modernidad mientras se ataban la goma al brazo a ritmo de Underworld. Nunca ser yonqui fue tan cool.

O tal vez sí. En plena efervescencia hippie, probar el LSD era, decididamente, estar en la pomada. Si bien en 1959 un desmelenado Vincent Price, repitiendo funciones de mad doctor, sucumbía ya a los encantos del ácido lisérgico ¡inyectado! en pos de la ciencia en “The Tingler”, no sería hasta los recordados sesenta que las tres mágicas siglas marcaran una época.

Un año antes del famoso viaje realizado por Roger Corman (“The Trip”, 1967, guionizado por alguien que sin duda conocía el tema, Jack Nicholson), la oportunista AIP -productora culpable de la horda de moteros y melenudos que no tardarían en llegar- rodaba en Ibiza “Hallucination Generation”, relato de las tribulaciones de un joven norteamericano en una comuna afincada en tan acogedor enclave.

Tras el éxito del viaje auspiciado por papá Corman, una bocanada de aire -y humo- fresco entraba en el anquilosado Hollywood y las secuelas no se hicieron esperar: “The Love-Ins” (ridícula película denuncia con banda sonora de The Chocolate Watch Band), los documentales “Mondo Hollywood” (o la trastienda de la fábrica de los sueños puesta al descubierto) y “Mondo Mod” (motos, surf, LSD y marihuana en un docudrama fotografiado por Vilmos ZsigmondLaszlo Kovacs, dos de los grandes), la disparatada comedia “Skidoo”donde aparecería por última vez Groucho Marx, las más comprometidas “Revolution” “Pasaporte a la locura”, la sátira política “Wild in the Streets” (donde el presidente de los EE.UU. es una estrella del pop que encierra a todos los mayores de treinta años en campos de concentración y legaliza las drogas), las aceleradas“Satan´s Sadists”“Cycle Sauvages”

…y así hasta la mítica “Buscando mi destino”, cuyo trágico final evidenciaba el reverso tenebroso de una época luminosa. El 7 de agosto de 1969, en el número 10050 de Cielo Drive, en Benedict Canyon, Los Ángeles, la familia Manson sacudía los cimientos de la comunidad hollywoodiense con una orgía de sangre. Sharon Tate, esposa de Roman Polanski, y cuatro personas más morían a manos de la banda de Charles Manson. Mientras Billy y el Capitán América cruzaban las pantallas de cine, el sueño hippie se resquebrajaba ante los ojos de aquellos que creían en él…

Así, la moralista “Los caminos perdidos de Katmandú” -con una exquisita Jane Birkin- y la hiperrealista“More”, rodada en Ibiza por Barbet Schroeder con los alucinógenos Pink Floyd como telúrico fondo musical, pondrían las cosas en su sitio. Las drogas, amigos, no eran un juego de niños. El grandísimo fiasco de “La última película”, el rodaje que sirvió de excusa al jincho de Dennis Hopper -y amigos- para ponerse ciego hasta lo innombrable en Perú y casi llevar a la bancarrota a un estudio, Universal Pictures, hizo el resto. ¿Quién confiaría ahora en los fumetas?

El 7 de agosto de 1969  la familia Manson sacudía los cimientos de la comunidad hollywoodiense con una orgía de sangre. Sharon Tate, esposa de Roman Polanski, y cuatro personas más morían a manos de la banda de Charles Manson. Mientras Billy y el Capitán América cruzaban las pantallas de cine, el sueño hippie se resquebrajaba ante los ojos de aquellos que creían en él…

Y es que los fumetas siempre arrastraron mala fama. Un dato: la primera aparición de un personaje bajo el efecto de la marihuana data de 1924 y ya entonces fumar era sinónimo de delinquir. En el western “Notch Number One”, un Ben Wilson pre-John Ford cometía alguna que otra tropelía (violación incluida) tras llenarse los pulmones con el humo de un buen verde.

Ocho años más tarde, un elegante William Powell, ladrón de guante blanco, engatusaba a sus víctimas con marihuana en la sofisticada comedia “Jewel Robbery” del maestro William Dieterle. Documentales con intenciones educativas como “Marihuana, The Devil´s Weed” (1936, Dwain Esper), “Assassin of Youth”(1937, Elmer Clifton), la fundacional “Refeer Madness” (1938, Louis Garnier) o la mexicana “Marihuana, El Monstruo Verde” (1936, José Bohr) sólo hacían caldear el ambiente.

Y los tentáculos de la censura se extendían por todas partes: en Italia, una película policíaca con John Wayne de protagonista cambiaba su título original, el insulso “Big Jim McLain”, por el más explícito “Marijuana, la droga infernale”. Con la llegada de los sesenta, se relajan las costumbres y en las películas citadas un poco más arriba, quien más y quien menos hacía otro tanto echándose un pitillito…

De hecho, en la simpática “I Love You, Alice B. Toklas!” (1968, Hy Averback), padres e hijos hippies se mezclaban con encantadora ingenuidad entre la neblina propia del momento y bajo el influjo de un Peter Sellersconvertido en gurú de cuidado.

A partir de 1979, los recordados Cheech & Chong enarbolaban su personal apología del consumo de cannábicos en una tetralogía a reivindicar como mito freak“Como humo se va”, “Cómo flotas, tío”, “Seguimos fumando”“El destete de los hermanos corsos” (donde ya los porros ni siquiera aparecían en pantalla…). De ahí a la relajación actual sobre el tema en desmadrados filmes como “Lock & Stock”, “Snatch”, “Airbag” “Año Mariano” y el discurso prolegalización de documentales como “Grass” (1999, Ron Mann), donde el militante Woody Harrelson hace las veces de narrador, sólo había un paso…

Y mientras ahora que las drogas naturales campan a sus anchas por las pantallas de medio mundo, dejando atrás un pasado de ataques frontales y desmedidos, los cineastas parecen tomar conciencia respecto a otras drogas más dañinas…

Que el abuso, parecen entender, no es lo mismo que el uso. La sombra siempre perenne de talentos desperdiciados como los de John BelushiRiver Phoenix parecen haber hecho mella en una generación de narradores y sobrevolar más de una película desde que nos dejaron.

“Drugstore Cowboy” del ahora recuperado Gus Van Sant“Teniente Corrupto” o la reciente “Un cuento de Navidad” del siempre realista y brutal Abel Ferrara, la ilustradora “24 Hour Party People” de Michael Winterbottom o la descarnada “Réquiem por un sueño” de Darren Aronofsky, exasperante cuardeno de bitácora de tres drogadictos bien diferenciados basado en la novela de Hubert Selby Jr., parecen indicar que, moralinas aparte, hablar sobre drogas en la pantalla ya no es un mero pasatiempo.

Si exceptuamos, claro está, pioneras metáforas de la condición humana disfrazadas de lisergia como “Viaje alucinante al fondo de la mente” de Ken Russell, virguerías de estilo como la que se marcó Terry Gilliamcon “Miedo y asco en Las Vegas” o la reincidencia en los mandamientos de la nueva carne que David Cronenberg realizara a partir de “El almuerzo desnudo” del pope William S. Burroughs. ¿Es la hora de ponernos serios?

“Spun”, el debut en el largometraje del cotizado director de videoclips Jonas Ackerlund (¿recuerdan aquella patada al estómago que fue “Smack My Bitch Up” de Prodigy?), tiene ahora la última palabra. Como si el regreso de Kowalski, el prota de “Vanishing Point”, la leyenda de la contracultura dirigida por Richard C. Sarafian en 1971, se tratara, el personaje principal de esta road movie devora kilómetros de interestatal americana con el depósito lleno… de metamphetamina, cruzándose en su periplo con una fauna humana de lo más variopinta. Casi, casi tanto como la que encontraban Alex y sus compañeros de parranda en el antro aquel donde bebían sus dosis diarias de leche moloko

Tal vez los tiempos no han cambiado tanto… ¿O será el efecto de las drogas?

COCAÍNA Y NUEVOS RICOS: UN MATRIMONIO VESTIDO DE BLANCO

En “Blow”, fallida biografía de George Jung, el hombre que introdujo el polvo blanco en EE.UU., su protagonista encarnado por Johnny Depp se decía constantemente: “Nunca seré pobre”. Y aunque en la vida real, Jung cumple aun condena hasta el 2014, lo cierto es que no le faltó nunca para chucherías… Y es que el negocio de la cocaína, amigos, es lucrativo.

De ahí que siempre que aparezca el polvito de marras en la pantalla grande, lo haga acompañando las fosas nasales de ricachones en pie de fiesta, ejecutivos agresivos o mafiosos aquejados de hiperactividad…

Lo dicho: nuevos ricos. Vean si no “Hurlyburly”, desmedido análisis de los estragos de la coca en la jet set hollywoodiense, “Boogie Noights” o la epopeya de un trasunto del actor porno John Holmes filmada por el niño prodigio P. T. Anderson a la sombra de papá Scorsese o la mismísima scorsesiana “Uno de los nuestros”, donde los goodfellas que daban título original a la película, con un pasadísimo Ray Liotta a la cabeza, se ponían finos esnifando no precisamente polvos de talco.

Ya ven: la coca, jóvenes, siempre unida al triunfo… y al consecuente fracaso. Que todo lo que sube, ya saben, tiene que bajar.

Ahora parece que al fin se le empieza a prestar atención a la cocaína en otros ambientes. Fernando Meirelles en“Ciudad de Dios” ya escribía la denuncia con buena letra y a pie de barrio, y la coca comenzaba entonces a moverse en terrenos menos glamourosos de los que nos tenía acostumbrados.

El cineasta Joshua Marston recoge el testigo en “María llena eres de gracia”, descarnado retrato de las mulas, mujeres colombianas que introducen la coca en EE.UU. dentro de sus propios cuerpos. Catalina Morena, su impresionante protagonista, se alzó con el Oso de Plata en el último Festival de Berlín. ¿Llegó la hora del divorcio entre ricos y cocaína en la pantalla grande?

RAYAS EN LA CARRETERA: CUANDO CORMAN SE VOLVIÓ HIPPIE

por: Jorge Artiel

Roger Corman es una de las figuras más importantes y ejemplares del cine norteamericano moderno. Cuenta con una extensa filmografía a sus espaldas, siempre dentro de los amplios límites de la serie B. Ignorando los cantos de sirena de los grandes estudios de Hollywood, se reafirmó como un autor diferente, rodeado de amigos/colaboradores que le seguían en cada uno de sus baratos proyectos. Corman se apuntó a la contracultura lisérgica americana con la realización de dos emblemáticos films.

Los ángeles del infierno (The Wild Angels, 1966)
Una banda de moteros acude a una localidad en busca de una moto que les había sido robada por una banda rival. Perseguidos por la policía, uno de sus miembros es herido y cuando muere, su funeral se convierte en una orgía de drogas, alcohol, violaciones y todo tipo de excesos. Con la participación de Nancy Sinatra en el reparto, la película se vale de una elevada dosis de salvajismo que provocó cierta polémica en su momento, lo que no evitó que fuera bastante aplaudida en los circuitos internacionales de festivales como un alegato en contra de los valores americanos contemporáneos.

El viaje (The Trip, 1967)
Crónica de las aventuras de un joven director de publicidad que, al sentir que su vida no tiene sentido, toma una gran dosis de LSD en un intento de explorar las ocultas dimensiones de su subconsciente. Para plasmar las alucinaciones del protagonista, Corman optó por un delirio visual de psicodelia y camp a partes iguales, otorgando brillantez a un sencillo guión firmado por Jack Nicholson. Para acompañar dichas imágenes, Corman contó con la música del grupo de rock Electric Flag, aquí apodados American Music Band.

CHICOS MALOS EN DROGUIWOOD

 

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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