Una torapia peligrosa con Karra Elejalde

A veces las obras se escapan de las manos y, otras veces, el autor pierde poder sobre ellas. A Karra Elejalde, que ha medido con tino cada paso de su última película como actor, guionista y director, le ha pasado un poco eso. Un creador que no controla la promoción, ni las reacciones ante su “Torapia”. Entre la resignación y el eterno reírse de sí mismo y de todo, el vitoriano de 43 años defendió su divertido y concienciado largometraje.

De los sectores más comprometidos de la izquierda radical. De ahí surge Basilio Hurtado de la Olla, un ladronzuelo, con más habilidad que suerte. Roba, sin saberlo, un valioso collar y lo regala a la primera chica con la que se cruza. La joya acaba en un psiquiátrico, y Basilio se hace el loco para poder entrar y acaba siendo torero en una pantomima de feria. Un novillero izquierdoso, ¡qué peligro! Karra Elejalde también plantea su vida y su obra desde la izquierda, la más radical, la que no se avergüenza ni reniega de serlo en acto más que en palabra: “Está de moda en las comedias de verano ser totalmente a-ideológico, se hacen con el mero fin de hacer reír, sea por el artificio que sea. Yo tengo que dar mi punto de vista”.

Una manera de ver las cosas, con humor, ya sea en alegría o en la tristeza, en el éxito o la resignación. “Vivimos momentos en los que es imprescindible reírse, para empezar de nosotros mismos, de nuestra patria, de nuestras viejas, de nuestras monjas, de los políticos, de todo lo fáctico y asqueroso, pero sin perder referentes, sin ser machista, ni racista. Aquí no vale todo“, dice con la seguridad de tener una ética que lo guía a pesar de esa apariencia de insustancial comedia veraniega que se ha intentado transmitir.

“Vivimos momentos en los que es imprescindible reírse, para empezar de nosotros mismos”

Esa frase torera, “Dejarme zolo”, que pronuncia Basilio sin acento andaluz ni sobreactuación, en el momento de entrar a matar, podría ser la frase clave que resume el momento actual de Karra Elejalde. Echar mano de los distintos tonos y dejes, a medio camino entre la burla y la reivindicación, es una de sus constantes como guionista: “Somos una comunidad enorme y me niego a que todos hablemos castellano neutro”.

La locura de dirigir, escribir y actuar le ha dejado exhausto. “No sale rentable poner dos años y pico, abandonándolo todo, amigos, familia y la salud, por echar una cosa que requiere tanto trabajo”, asegura el actor vasco con un tono entre el reproche y la depresión post-parto. Quejas dirigidas a su productora que ha promocionado el film de una manera que no refleja su contenido. “Yo no he dado el visto bueno ni al anuncio, ni al cartel, ni a nada de la promoción de esta película”, reconoce con cierto enfado. Cosas de la industria millonaria, que quiere controlar el “producto” aunque no lo entiendan: “Ellos ponen el dinero y si después piensan que tu película es un aguacate con un sombrero mexicano tocando la balalaika no puedes hacer nada“.

Después de tener que dirigir e interpretar, con la inestimable ayuda de José Antonio Ortega, también co-guionista, para las escenas en las que él actúa, Karra reconoce el esfuerzo mental de ese trabajo, con su habitual actitud autoparódica: “Estoy esquizofrénico perdido, ahora sólo quiero dedicarme a la jardinería y los animales. Yo antes de irme a rodar a Madrid tenía un huerto de puta madre con tomates, patatas, pimientos y calabacines, ahora no hay huerto ni quien lo riegue”. Con esta falta de lluvias en Barcelona -donde reside- lo lleva un poco crudo para sacar adelante este proyecto.

“Soy totalmente antitaurino”, afirma con rotundidad. Y sin embargo no se nota en “Torapia”, no hay panfleto en ninguno de los temas que trata, ni siquiera en el de la fiesta nacional: “La peli no es tan antitaurina. Es más gamberro decir que me gustan más las vacas, que son más psicodélicas, más sixties, más beatles, más Sgt. Peppers y más country“.

Y claro, lo estúpido y atrasado de la feria y el que alguna parte de la llamada izquierda ecologista la apoye, le hace sacar el sarcasmo de látigo. “Si el toro tiene que existir para esa feria de mierda mejor que desaparezca. A mí también me gustarían cuatro leones y seis cristianos para reírnos un rato, pero creo que hemos llegado un momento en que ya no… Me parece pretérito pluscuanromano todo eso del toreo”. El respeto con el que trata un tema que “saca lo más bruto de la psique humana y del español en particular” , como dice la psiquiatra en la película, es un ejemplo de cómo se puede tratar un asunto peliagudo.

Se muestra menos moderado, pero más gracioso, con sus obsesiones al escribir: las monjas, la policía y la guardia civil. “Siento pasión por las monjas, los curas, los guardias civiles, por todos los que equivocaron su profesión, por los que viven confundidos. Y como sé que ellos no van a venir a ver la peli, que alguien les cuente que los han visto en una peli. Luego como se llevan mal entre ellos, los nacionales te dicen, ‘joder tío cómo le diste a los picoletos’, pero es cachondo que nadie se ve en el rol que tiene asignado”.

“Siento pasión por las monjas, los curas, los guardias civiles, por todos los que equivocaron su profesión, por los que viven confundidos”

Hablando de papeles, las monjas interpretadas por hombres son un punto extraño en “Torapia”, que se entiende mejor si te lo explican: “Las monjas son unas señoras que se han negado a la sexualidad y sólo quieren seducir a la imagen de Cristo semidesnudo, y a veces le soplan, a ver si se le quita el calzoncillo a modo de tela. Llegadas a los 40 no se afeitan y tienen hasta nuez. A los 50 años, acaban siendo varoniles. Gris y asquerosamente masculinas. Si una monja se pone sombra de ojos, la echan”. Una verdad como un templo.

“Debería empezar a fumar pero me falta fuerza de voluntad”. Lo dice así, sin que se escuchen risas enlatadas, ni en el cine, ni en tu cabeza. Sabe que con sutileza se consigue más y mejor humor que con sal gorda. Aunque en un par de ocasiones, el chiste salte hacia lo chabacano, la mayoría del metraje de “Torapia” es un ejemplo de comedia ajustada y punzante, que evita la obviedad para hacer reír. “La peli ha huido como de la mierda de ese tópico que comporta que la comedia tiene que tener mucho colorín, luz de comedia, música de comedia, y estructura de comedia. Los actores no están continuamente haciendo la cuchufleta, gritando, porque sino los personajes los habrían interpretado Landa, López Vázquez y Bonilla”. Más clara, la cerveza con gaseosa.

El film, salpicado de referencias digeridas sin pesadez, también arroja luz sobre sus intenciones e influencias: “Tiene que ver con John Waters, con Ken Russell. Hay guiños a Kubrick, a Buñuel, a Dalí, a Berlanga”, confiesa seguro de no robar sino de encontrar apoyos inspiradores.

Y de postre la receta de su humor: “Si te ríes de ti mismo, luego te ríes con tus amigos, y luego de tus amigos y de las madres de tus amigos, ya te puedes llamar hijo de puta. Y ahora ya sólo te queda ser antimilitarista y reírte de tu patria, y más si no la consideras tuya. Entonces ya es un descojone de la hostia. Yo soy ciudadano del mundo, no soy nacionalista, a mí siempre me ha ido el marxismo leninismo. Stalinista a muerte y radical a tope. Luego la vida nos endulza. Ahora ya soy más anarkoporreta”.

“A mí siempre me ha ido el marxismo leninismo. Stalinista a muerte y radical a tope. Luego la vida nos endulza. Ahora ya soy más anarkoporreta”

Una a-narko comedia, pues. Y ya que las drogas pasaban por aquí, “Airbag”, “Año Mariano” y “Torapia” encuentran su único nexo. “‘Airbag’ era un road movie, le iba la farlopa, ‘Año mariano’ tenía que ser una peli sedentaria y le iba más la maría. Con esta peli, para el tripi, que mejor que meternos con drogas sintéticas, inculpar a los laboratorios y decir que nos tratan como cobayas. He querido contar el tripi, pero he intentado ir con cuidado con las escenas psicodélicas. Se trata de que por 4 euros todos hayamos ido de tripi”.

Así de barato, fresquito y entretenido sale el viaje. Una conscious film party que no debería quedar en el olvido para los que no rebajan sus ideales ni siquiera con los calores estivales.

 

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Fernando Campelo


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