Silvio

Padre y muy señor del rock and roll sevillano, ídolo de adolescentes y adultos, río de anécdotas en continua renovación y razón de ser de todas las marcas de productos destilados y fermentados con alcohol. Silvio Fernández Melgarejo, Silvio para el resto del mundo, impregnó de humor, ironía y etileno las costumbres, la vida y el sonido de varias generaciones de andaluces que ansiaban ser tan libres como él, y que se partían las caderas si hacía falta bailando a su ritmo mientras el mismísimo diablo hacia un punteo de guitarra. Aquellos eran sin duda los días de barra libre y rosas.

 

Cuentan los que le conocieron que Silvio ya llamaba la atención en las calles de Sevilla cuando aún era un púber adolescente, a principios de los sesenta. Había decidido seguir los pasos de Elvis, cuando lo vió por primera vez en la TV. Se sentó a la batería y cogió las baquetas para marcar el ritmo de “You really got a hold on me” y “Be bop a lula”, entre otros hits interpretados por Los 5 Mercurys, una de sus tempranas bandas.

“Yo por amor he dejao la música. Y yo por amor me he tomao un tinto en vez de un cubata”

Llegaron los primeros conciertos, las primeras cogorzas en los guateques, los primeros ligues con las guiris de la capital. La muy tradicional sociedad sevillana no se percataba que, en sus plazas y rincones, se refugiaban de la opresión política una horda de jóvenes a los que les hervía la sangre a ritmo del rock vikingo que, a ratos, les llegaba. Electric Prunes, The Kinks, Animals y demás latigazos se mezclaban con el flamenco y el blues en los oídos y cerebros de estos niños que cada día tenían el pelo tanto o más largo que las niñas o los Beatles.

“Estoy a la diestra del Padre. Siento que tengo barra libre”

Silvio tocaba el bajo por soul blanco en Gong, y se iba de movida con GualbertoHenrik y demás peña, tanto, que al final aportó su gotita de vino al caldo de cultivo de Smash, la primera banda de rock psicodélico y progresivo made in Spain, en la que tocó percusiones con personalidad propia.

Empezaba el anecdotario de las calles hispalenses: las reuniones en la Glorieta de los Lotos, el parque del Líbano o la Plaza Nueva, en las que los hippies tocaban una bulería acompañada de cerveza y pitillos clandestinos.

“Bebo porque me suena bien. Si no bebo, no me suena bien la música”

Mientras tanto, nuestro antihéroe iba, venía y se buscaba la vida de norte a sur de Europa, y por Torremolinos. En 1968 se casa con una heredera del imperio Rolls Royce (como lo leen), pero como el amor dista mucho de ser algo que dure para siempre (bajemos de las nubes), también acaba divorciándose, influido quizás por las anglosajonas manías de un suegro que, según palabras textuales del propio Silvio, “estaba acarajotao”.

De vuelta a Triana, allá por el 74, se le homenajea como profeta que se retira en su tierra, sin que nadie sospechara que Silvio todavía tenía la recámara llena de balas. A la muerte de Elvis en el 77, decide tomar el trono y micro abandonados y aliarse con el diablo grabando, tres años más tarde, “Al este del Edén”, su primer disco y único con el grupo Luzbel, pasaporte rocanrolero para visitar todos los escenarios por debajo de Despeñaperros.

“La realidad sin humor no interesa a nadie. Ésa es mi filosofía”

En 1984 llegaría la secuela, “Barra Libre”, grabado con músicos madrileños y fuente de malos recuerdos, sesiones durante las que pasó “más frío y apetito que un ruso”, pero con uno de los hits más conocidos de su repertorio, “La ragazza del elevatore”, cantado en italiano inventao y de acento sureño.

Tras tres años de conciertos cambian el nombre de la banda a Sacramento en “Fantasía Occidental”, dando rienda suelta a su vena cofrade y autóctona transformando “Stand by me” por “Rezaré” y, como una muestra más de su grandeza, cantándole al Real Betis Balompié, siendo el sevillista hasta el mismísimo tuétano. La leyenda cuenta que esto se debió a una apuesta perdida, y que nunca llego a pronunciar completa la palabra Betis cuando cantaba la canción.

A estas alturas, y conociendo la devoción del público sevillano por los iconos, Silvio era ya un auténtico astro, un crack social delrockla nuit hispalense. La continuación: “En misa y repicando”, también con Sacramento. Silvio aparece en la portada con aires de hastío, su sombrero y su corbata acompañan sus eternas ojeras y una copla de Antonio Molina con Stratocaster acompaña su sobrio gesto, “Vengo buscando pelea”, también titulo de su biografía.

“Si algún día decido suicidarme, lo haré de un taconazo en la sien”

Pive Amador, manager y batería de la banda, se inventa el segundo homenaje y le concede la Medalla al Mérito Rockero en 1993. Su último disco, esta vez con Los Diplomáticos, tardaría en llegar debido a los problemas de salud, demonios entre tinieblas que acabarían llevándoselo, con cincuenta y seis años, el primer día de octubre del año 2001.

“No soy alcohólico, soy alcoholista. Y católico, como Graham Greene”

Por supuesto, hubo un tercer homenaje. Y muchos -como un servidor- recordaron entonces aquella noche en la que Silvio subió al escenario para tocar con una banda de trash metal y, sentado como cantaor en una silla de palo sujetada por un fan para evitar que se cayera, empalmaba los blusesrocanroles uno detrás de otro, cantando en vikingo su salmo responsorial. No hace falta decir que todos los allí congregados nos hicimos devotos en ese mismo instante.

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Pepe Delgado


Un comentario

  1. javistone dice:

    Más grande que la vida Silvio.

    Responder

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