Balas, sudor y dólares

El Spaghetti Western

 

Protagonistas que hablan por el cañón de sus pistolas, bandidos con la maldad dibujada en sus rostros, situaciones preñadas de enfermizo humor negro… y primeros planos en asfixiante formato panorámico. No hablamos de Tarantino, no. O tal vez sí. Porque el niño mimado de Miramax debe tanto al spaguetti western que no resulta nada difícil rastrear la huella de Leone, Corbucci y compañía en sus películas, con la segunda parte de “Kill Bill”, pronto en nuestras pantallas, a la cabeza. Claro que, conociendo los antecedentes, se lo perdonamos: ¿quién quiere comida basura pudiendo hincar el diente a un plato de spaguettis?

 

Hace cuarenta años, un director romano aterrizó en el desierto de Almería dispuesto a revivir el western “Por un puñado de dólares”. Nunca mejor dicho: el filme tan sólo costó 200.000 dólares, una cantidad irrisoria para un rodaje en exteriores. Y de ellos, 15.000 iban destinados al actor principal, un entonces desconocido Clint Eastwood.

El director era Sergio Leone, para muchos, el padre del spaguetti western. Pero el género, al menos en su variante temprana de eurowestern, ya llevaba algún tiempo cabalgando por tierras españolas…

En 1961 el productor Michael Carreras rodó en España “Savage Guns” (aquí, “Tierra brutal”), con Richard Basehart como protagonista. El actor se convirtió desde entonces en un habitual de los platós europeos. Basehart, famoso por ser el Ishmael del “Moby Dick” (1956) de John Huston, ya había hecho sus pinitos en el Viejo Continente: fue El Loco de “La Strada” (1954) de Fellini y el San Dimas de “Los jueves, milagro” (1957) de Berlanga. Pero a partir de que desenfundara el Colt 45, se vería abocado a enfundarlo de nuevo en más de una decena de westerns a la europea.

Los alemanes, siempre tan avispados, se dieron cuenta enseguida del potencial de un género anclado en clichés y lugares comunes que, además, no resultaba excesivamente caro de producir. En 1964, Harald Reinl presentaba la primera de sus chuscas adaptaciones de las novelas de Karl May, “The Treasure of Silver Lake”, con un Lex Barker que diez años antes había sido el décimo Tarzán en la pantalla grande y un año más tarde acabaría en los brazos de nuestra Tita Cervera. La película del tosco Reinl sería el inicio de la saga de Winnetou, personaje que se repetiría en tres aventuras cinematográficas más antes de que acabaran los coloridos sesenta.

Y es que antes de que 1964 llegara a su fin, dos docenas de westerns se habían rodado en nuestra geografía. Surgía un fenómeno inusual en el cine español, cuyos mandamases vislumbraban incluso la posibilidad de establecer una industria sólida con sus platós, sus estudios… y hasta sus estrellas.

El guionista, novelista, actor y periodista Jaime Picas, colaborador asiduo en el “Fotogramas” de la época, analizaba la situación en un artículo sumamente esclarecedor. “España se ha disfrazado de América del Norte para que su geografía sirva de marco a una buena parte de los mil y un westerns que el mundo consume” , afirmaba Picas desde las páginas de la madre de todas las revistas españolas de cine, “y los actores españoles de reparto, que en los policíaco resultaran de un americano penoso, en el género norteamericano dan unos buenos mejicanos”

Buena prueba de ello fue el éxito en su momento de “Gunfight at Red Sands” (1963), del español Ricardo Blasco, que aquí se llamó “Gringo” y daría pie a toda una saga con Richard Harrison, el Hércules de lospeplums italianos de la época y que acabaría sus días en bodrios insufribles de los Golan/Goblus, esos productores de saldo que pusieron a Chuck Norris en el estrellato.

Para coleccionistas de rarezas, un dato: ése es uno de los primeros westerns al que pusiera banda sonora Ennio Morricone, un año antes de musicar los silencios de El Hombre Sin Nombre.

El rostro impertérrito de Clint Eastwood aparecería por vez primera en “Por un puñado de dólares”, versión para nada encubierta del “Yojimbo” de Kurosawa que se benefició del sardónico sentido del humor de un Leone en estado de gracia. El mismo Kurosawa nunca negaría que sus películas se basaban en la iconografía del western, e incluso poco antes de la aventura de Leone en Almería el japonés recibió un sentido homenaje a la inversa: en 1960 John Sturges rodó “Los siete magníficos”, remake de “Los siete samurais” (1954). La violencia desgranada en ese filme y la belleza imponente de sus escenarios mexicanos se perciben luego en el cine de Leone e, incluso, en el de Peckinpah, otro cineasta del exceso con querencia a los antihéroes y la perversión de los géneros.

Pero sería la película de Leone el pistoletazo -nunca mejor dicho dicho- de salida de un subgénero que mostraba ¡por fin! a vaqueros sudorosos, ponchos raídos, un sol de injusticia, crueldades sin límite y un humor negro a prueba de balas.

Adios al Technicolor de antaño: ahora el color que reinaba era el de la sangre.

El laconismo de Eastwood en el filme tenía su razón de ser: con el caos lingüístico que existía en un rodaje donde se hablaba italiano, inglés, castellano, alemán e incluso griego, el actor, que acababa de llegar de otro western, el televisivo “Rawhide”, prefirió acortar lo máximo posible sus líneas de diálogo para evitar problemas de entendimiento con el director. De ahí que su desarrapado ángel de la muerte fuera siempre tan taciturno…

Leone, Eastwood y Gian Mariá Volonté, el villano de la función, siempre tan histriónico, repitieron funciones dos años después en “La muerte tenía un precio” , llamada originalmente “Per qualche dollari in piú” -por unos cuantos dólares más- debido a la extorsión a la que fue sometido Leone por los productores para rodarla. Al grupo se uniría entonces Lee Van Cleef, actor en horas bajísimas al que Leone rescató de la bebida y el paro a pesar de haber estado involucrado en “Solo ante el peligro” (1952) o “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962).

El cineasta romano recurrió al aguileño Van Cleef tras la negativa de Henry Fonda, Charles Bronson, Robert Ryan y Lee Marvin… No tendría los mismos problemas para diseñar el reparto de su siguiente filme, “El bueno, el feo y el malo” (1967), que pondría broche de oro y tempo dilatadísimo a una trilogía que, aun hoy, sigue resistiendo el paso de los años con una dignidad aplastante.

Eran tan sólo tres westerns (sumen si quieren el festival de violencia ritualizada que es “Hasta que llegó su hora” y la autoparódica “Agáchate, maldito”) dentro de la ingente cantidad que se rodó en nuestro país entre 1960 y 1975, más de 600, todos con nombres tan grandilocuentes como lo fuera su uso del Cinemascope: “El día de la ira”, “Cara a cara”, “Django”, “Si te encuentras con Sartana, ruega por tu muerte”, “El halcón y la presa”…

Sergio Leone recurrió a Lee Van Cleef tras la negativa de Henry Fonda, Charles Bronson, Robert Ryan y Lee Marvin

La huella de todos ellos aun perdura en nuestras pantallas. Echen un vistazo a la obra del Eastwood director,Robert RodríguezTarantino e, incluso, revisionen ese “Enemigo a las puertas” de Jean-Jacques Annaud, retrato del asedio a Leningrado que durante tanto tiempo acariciara Leone, sin poder filmarlo antes de su llorada muerte.

Y es que, como decía Jaime Picas, “el western no plantea incovenientes ni se agota. No necesita bikinis ni chicas guapas. No es oficialmente inmoral porque a nadie, al parecer, le importa que se tumbe a balazos a tres bandidos. Toda la atracción y toda la pasión del western reside en un par de revólveres, un sombrero y un caballo”. Y si el caballo se encamina a Tabernas, Almería, bajo los sones rimbombantes del sintetizador de Morricone, sabremos entonces que habrá ración doble de spaguettis en el saloon.

POR UN PUÑADO DE SUEÑOS. TRAS LAS HUELLAS DE LEONE

Antonio Lobo, director de “Por un puñado de sueños”, nos cuenta sobre el rodaje de su documental, un excelente retrato de los años gloriosos del Hollywood español, Almería.

“En septiembre de hace un par de años anduvimos por Almería, cámara y micro al ristre, siguiendo los pasos que Sergio Leone recorriese 40 años atrás. Leone, Sergio Leone. Entre nosotros: Leone es un director con mala prensa. Para la mayoría es sólo el de los spaguetti westerns. Pero al final resulta ser el artista italiano más popular del siglo XX. Una cuestion de números, por el público de sus películas, pero no sólo eso. Leone dirigió dos de las películas más vistas en la historia del cine: “Por un puñado de dólares” y “La muerte tenía un precio”. La primera está en ese escogido grupo de no-budget-movies que después han revolucionado la cartelera de todo el mundo. “La muerte tenía un precio” arrasó en taquilla. Como ejemplo: hasta hace sólo tres años era la película española con mayor número de espectadores, y acabó siendo superada a los 35 años de su estreno por “Los Otros”.

Como creador, Leone había dejado también huella: el montaje de la última secuencia de “El Bueno, El feo y El Malo” aun se estudia en la escuela de cine de Nueva York. O eso me contaron, yo verlo, no lo he visto. “Hasta que llegó su hora”, su último película del género, está en todas las listas internacionales entre las mejores películas de toda la historia del western. Eso sí lo he visto.

A pesar de todo esto, puedo prometer que cuando íbamos con nuestro proyecto bajo el brazo, Leone era un desconocido o un apestado. Lo mejor del periplo, el comentario de un ejecutivo de televisión -no de la nuestra- que afortunadamente ya se dedica a otras cosas: “Sergio Leone, sí, interesante… Un gran músico.”

Resumiendo, Leone, el director, había dado trabajo durante 10 años a la industria italiana del cine, que se puso a hacer un spaghetti detrás de otro, a rebufo: unas 500 películas que convirtieron Almería -un rincón del mundo donde había un desierto, una provincia pobre en un país ídem gobernado por un dictador ídem- en el Hollywood europeo a finales de los sesenta.

Gracias al apoyo de algunos almerienses llegamos más o menos rápidamente a los hombres de Leone en Almería. Leone gustaba de trabajar con los mismos equipos y al final, nuestros hombres eran pocos, pero habían hecho todas o casi todas las películas de Leone. Eran anónimos, gente de la que no sale en los créditos, pero el que menos había trabajado diez años en el cine o se había hecho cuarenta películas.

Estuvimos con los Fernández, que sacaron a Sergio de un apuro en su primera película -no le dejaban salir de Almería hasta que los productores no pagasen lo que debían en la ciudad- y luego estuvieron con él hasta su ultima peli echando una mano en esto y aquello: localizando, llevando gente, coordinando…

Estuvimos con Curro, conductor de Leone, taxista en activo. Con veintipocos descubrió España y su gastronomía, llevando a Sergio de acá para allá. Comió donde comió Hemingway, descubrió las ostras, el jamón de pata negra y el mejor gazpacho de toda España en no recuerdo qué sitio de La Mancha.

Estuvimos con Antoñito, hoy policía local en Alicante. Tenía trece años, iba paseando camino del Puerto Pesquero para ver a su padre y un italiano -él, claro- le gritó: “Ragazzo, ragazzo, veni cui. Te piace laboro en un filme?” A los dos días estaba vestido de mejicano en una plaza improvisada de El Paso (Nuevo México) vendiendo información a un actor americano que hacía de forastero y que se llamaba Clint Eastwood. Le dieron dos secuencias más, con más texto, y luego otra peli más y luego ya vinieron y se lo llevaron a Londres, a trabajar en los estudios Pinewood, con Yul BrinnerRobert Mitchum.

Otro Antonio era el taxista de Clint Eastwood y Lee Van Cleef. Clint iba por delante haciendo footing , y dentro en el coche Lee Van Cleef apuraba la bodeguita que Antonio había preparado. Van Cleef acabó regalándole un taxi, el primer Seat con motor diesel Mercedes, doscientas cuarenta mil pesetas de la época.

Y a Pepe, el camarero que una vez vio desnuda a la Cardinale, le puso un kiosko.

Y hablamos con Barri, el especialista (a él le gusta decir actor de acción) que previamente había sido carpintero, albañil, dependiente de ultramarinos, de jamonería, matarife, pescador, detallista y escultor. Él estaba presente cuando se inventaron una de las imágenes de nuestra época: el hombre con sombrero, cigarro y poncho. El poncho de Níjar, claro.

Fue una visita agridulce. Todo aquello había pasado ya. A ellos, que habían echado a andar por el desierto una locomotora de vapor que Leone les hizo traer de Bilbao, sólo les quedaba su memoria. Porque el filón delspaghetti, que había dado trabajo, dinero y gloria durante diez años, se agotó. Y de Leone, el de la música, quién se acordaba…

Queda un regusto amargo, como de oportunidad perdida, de todo aquel movimiento que llegó y un instante después pasó de largo”.

SE BUSCA: PREFERIBLEMENTE MUERTOS. GALERÍA DE VILLANOS

 

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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