Pelos y señales sexuales

Jaybird

Oh my God! ¡Qué horror! ¿Qué se puede decir que acompañe bien unas fotos tan elocuentes? ¿Qué hace esta gente con el culo tan abierto? ¿Se trata de un perturbador caso de cultismo al aparato excretor? A juzgar por las caras de felicidad esto es jauja anal a granel. Sin embargo, aquí hay algo que no termina de calzar. Estos personajes a medio camino entre Janis Joplins y Anthony Perkins, que intentan mostrarnos sus amígdalas por el conducto opuesto, despiertan diferentes reacciones: incomprensible, inmundo, avezado, loable… todos los calificativos son apropiados, aunque se contradigan. Tal vez estas fotos retratan algo ingenuo y obsceno al mismo tiempo. Una cosa queda clara: esta es una auténtica saga genital, digna de la época que la vio nacer.

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Cuatro años antes de que los norteamericanos pusieran sus pies en la Luna, un grupo de jóvenes en California volvió a descubrir la pólvora por enésima vez al constatar que debajo de la ropa que llevamos ¡estamos todos desnudos! Tan insigne hallazgo podría haber pasado desapercibido bajo el manto de las buenas costumbres. Sin embargo, el anti convencionalismo desatado por el hippismo, su amor por la naturaleza y las flores, su deseo de liberación y otros lemas de gran nobleza ayudaron a fomentar un estilo de vida que buscaba superar las barreras sociales, las diferencias entre razas, las desigualdades e injusticias de la sociedad burguesa. Las condiciones estaban servidas como para traer a Adán y a Eva de vuelta al escenario. La verdad al desnudo.

En 1965, un editor de revistas de señoritas en paños menores, Milton Luros, descubrió la mejor manera de sacarle partido a este despelote: ir a los campos nudistas a fotografiar sus sanas actividades. “Jaybird” es como una revista social de los naturistas más desinhibidos. Se trata de gente lozana y sin prejuicios que sonríe ante las cámaras mientras se estira los pliegues rectales a dos manos. Nada que ocultar. En virtud de esta lozanía y buen espíritu, los varones se prestan a los retratos sanos y fláccidos. Es que estas revistas (y el libro editado por Taschen al respecto) van de cualquier cosa excepto de sexo. Nada de elevaciones y tumescencia: el moco de pavo que lucen estos tíos, anuncia que las guarradas estaban descartadas. Comparado a la turgencia actual, a las desbordantes curvaturas de silicona y los rocosos y descomunales penes del género adulto, estos desnudos son como mandar a concurso a nuestro viejo gato con pulgas, pelones y conjuntivitis. Pero feliz.

La cosa pronto fue cambiando de tono. Si al principio los participantes de la movida Jaybird posaban contentos ante la promoción de este modo de vida natural, pronto les entró el mosqueo por el lucro obtenido a costa de exhibir el lomo. En 1968, ya nadie posaba por amor a la naturaleza. Con el tiempo, además de establecer tarifas, se descubrió que el nudismo indoor y en pleno invierno, también era sano si uno tenía una buena calefacción (aunque siempre quedaba la opción de recurrir al calor humano después de las fotos.)

“Naked as a Jaybird”, expresión que equivale en español a “Como Dios lo echó al mundo”, y su verdadero festín de retorcidos pelos genitales causó furor. Las autoridades horrorizadas respondieron con la fuerza de la ley y Luros debió librar una dura batalla en los tribunales. Su triunfo ante la Corte Federal sirvió para adelantar a la humanidad en la aceptación del pelo púbico. En 1972, sin embargo, la Corte Suprema de los Estados Unidos determina que las revistas nudistas, de la cual “Jaybird” era un ejemplo destacado, han de ser vendidas en las tiendas para adultos. Sin posibilidades de competir con la industria porno, será el fin de las revistas de naturismo.

“Naked as a Jaybird”, expresión que equivale en español a “Como Dios lo echó al mundo”, y su verdadero festín de retorcidos pelos genitales causó furor. Las autoridades horrorizadas respondieron con la fuerza de la ley y Luros debió librar una dura batalla en los tribunales. Su triunfo ante la Corte Federal sirvió para adelantar a la humanidad en la aceptación del pelo púbico

Existe una maravillosa etapa en la infancia en la que se descubre la presencia de todos estos instrumentos retráctiles y extensibles que conforman nuestras zonas pudendas. De esa época datan los juegos con las primas. “Te muestro lo mío si me muestras lo tuyo”. Después las cosas evolucionan naturalmente hacia la represión y el costumbrismo. Para cuando uno alcanza los 15, tiene tantos pelos en torno al órgano, como falsas culpas pesando sobre nuestra conciencia. De alguna manera, fue justo ese período infantil el que quiso recuperar “Jaybird”. Retrocediendo a un momento lúdico, esta publicación naturista manejaba en justas dosis la fuerza del instinto para combinarla con la risa nerviosa ante las cámaras. Estar en bolas no es tan divertido como esta gente aparenta. Es difícil saber si tras cada sesión de fotos, la cosa terminaba en un jugoso zamarreo. Muchas de las poses lo sugieren (después de todo, un buen par de tumbadoras están ahí para tocarlas a todo ritmo). Pero, por toda la ingenuidad y el hippismo de estos campeones del ano franco, quedan estas instantáneas fabulosas capaces de despertar un extraño infantilismo erógeno que desafía la obsesión plástica por la curva perfecta a la que estamos condenados por el imperio de la moda y el consumo. Si, además, tomamos en cuenta que se trata de una publicación aparecida en un país donde aun hoy una señora de apellido Jackson provoca el colapso del sistema de comunicaciones en vivo al mostrar algo similar a una teta, sólo cabe una reverencia ante “Jaybird”. Aunque no tenían el mejor de los gustos, a esos chicos y chicas no les faltaban un par de cojones. Está a la vista.

Naked as a Jaybird. Editado por Dian Hanson. Taschen, 2003. 264 páginas

SANO COMO UN ALEMÁN

Desembarazarse de nuestra carga cultural, que es la que nos hace ver un órgano como un instrumento del vicio, no es tan fácil como desvestirse. (Pruebe el lector a salir a la calle sin ropa). En el terreno de la sexualidad humana, todo ha dejado de ser natural. Cada vez que se quiere alcanzar “lo natural”, se requiere un esfuerzo artificial. Adán y Eva siempre han llevado una hoja para cubrirse y evitar problemas.

La batalla por el regreso a la naturaleza y el enaltecimiento naturista del cuerpo empezó en Alemania en el año 1900. El movimiento Wandervogel estimó que esto de andar con las vergüenzas al descubierto no sólo no era vergonzoso, sino algo sano y recomendable. El “nudismo social” que predicaban era una manera de prevenir la degeneración en la que había caído la empaquetada sociedad germánica. Ese mismo año, el tan bien apellidado señor Heinrich Pudor saca a la luz la revista “Kraft und Schönheit” (“Fuerza y belleza”) para promover la idea de que en pelotas está uno mejor. No tenía muchas imágenes, pero por lo menos sirvió para abrir la puerta. A partir de entonces, las publicaciones se suceden. La llamada Nacktkultur (cultura del nudismo) es la respuesta contra las desigualdades sociales, la vida urbana y el deseo postergado.

En 1903 se inaugura el primer campo nudista en Alemania. A diferencia de la Europa católico mediterránea -donde se seguía promoviendo activamente la perversión mediante corsés, enaguas y tupidos velos- en estos campos naturistas se fomenta la vida sana y la libertad corporal. Nada de alcohol, tabaco, ni juerga: mucha ensalada y a la cama tempranito.

En 1907, la idea de que la ropa hace mal está tan asentada que se inauguran en Berlín varios recintos naturistas que no tardan en llenar sus listas de miembros.

Debido a la I Guerra Mundial el nudismo se suspende hasta nuevo aviso. Pero nada más acabada la balacera, se inicia el licencioso período conocido como la República de Weimar. En 1920, el doctor Adolf Koch abre su academia para que niños y jóvenes acudan a realizar sus ejercicios desnudos. Algunos miran el asunto con recelo. Sin embargo, la movida naturista sigue tomando cuerpo y traspasa los límites de Alemania. En Francia, Suiza y Escandinavia se inauguran nuevos centros de vida sana y cuero a la vista.

En 1924, Fritz Gerlach decide dejar atrás el carácter aleccionador y correctivo con el que se promociona el naturismo y funda el club “New Sunland”. Basta de lechugas y gimnasia tonificante: a pasarlo bien, damas y caballeros. El hedonismo también es lícito. Aunque no se trataba de un club orgiástico ni mucho menos, al menos no era obligatorio hacer gimnasia todo el tiempo.

Aunque la llegada de Adolf Hitler y sus camisas negras supondrá un severo retroceso en todas las libertades, tras la caída del nazismo Alemania continuará su curso hacia la aceptación de la carne. Hoy el naturismo es parte de la cultura. Por lo mismo, resulta natural que en los días de buen clima, en algunos parques berlineses, la gente retoce desnuda. Danke, Heinrich Pudor!

EL PASEANTE DESNUDO LLEGA A LA META

El 23 de enero de 2004, con una ostensible contracción genital, la nariz roja y una sonrisa mal esbozada, entró el señor Stephen Gough en el pueblo escocés de John O´Groats. El termómetro apenas sobrepasaba los cero grados y el viento calaba los huesos. Para evitar la mordedura del frío, los viejos habitantes del pueblo que formaban la comitiva de bienvenida, lo habían estado esperando en compañía de algún destilado local capaz de revivir el espíritu. Después de todo, este antiguo oficial de la Real Marina Británica que salían a recibir, acababa de cumplir una pequeña gran hazaña: había cruzado las Islas Británicas caminando en siete meses y sin portar ninguna clase de vestimenta. Es decir, en pelotas.

Gough, un activista convencido del derecho de circular por la vida con el culo al aire, recorrió más de 1.400 kilómetros caminando, con las botas puestas y su gran mochila (¿qué llevaría dentro si no usa ropa?). Con toda certeza, sus cálculos eran más optimistas cuando se sacó los abanderados a comienzos del verano e inició su marcha desde el sur de Inglaterra. Entonces los días eran más cálidos y el “paseante desnudo”, como fue apodado, debió sentirse adánico al recorrer los caminos secundarios de la campiña inglesa, con sus prados verdes y ondulados. Silbando y caminando a buen ritmo podría haber acabado su aventura a finales del verano y sus partes pudendas hubieran sufrido menos con los rigores del clima inglés.

Pero la censura le salió al paso. Esta no era la historia de un granjero viajando en una máquina de cortar césped.

Los británicos, ya se sabe, aun conservan ademanes de la época victoriana, sobre todo en lo que se refiere a lo corporal. La idea de un sujeto de 44 años con su barriga alba, el culo enjuto y el péndulo testicular en mitad de la naturaleza, no pasa por un fenómeno natural. Por eso, de los 7 meses empleados por Gough en la caminata, cinco de ellos transcurrieron tras las rejas, a pesar de lo cual, en ningún momento le tembló el pulso al paseante desnudo y siempre se negó a vestir prenda alguna.

Tras el verano, llegó el otoño y luego el invierno. Tal como Dios lo echó al mundo, Gough compareció ante el juez. Dicen que una manta doblada cubría la fría tabla del banquillo de acusados para que las posaderas del inculpado no se congelaran.

 

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Pedro Donoso


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