20 años de caspa de pata negra

El cine español de terror (1960-1980)

 

Licántropos con tupés imposibles aullando bajo una luna centroeuropea. Vampiros calenturientos clavando los colmillos en jovencitas ligeras de ropa. Científicos locos siempre a un paso de dominar un mundo más allá de Gibraltar. En la distancia entre la férrea censura franquista y el aperturismo en la decadencia del régimen, la industria del cine español corrió a producir un sinfín de terrores de lo más variopinto. Con tanta velocidad y con tal ahínco que pareciera que el mismísimo diablo le pisara los talones… Alaridos yeyés, monstruos cañís, zombis gallegos, una horda de subproductos, alguna que otra obra de verdadera enjundia y cuatro o cinco autores dignos de llevarse la gloria a la vida eterna. Veinte años de nuestros terrores favoritos.

Atención a un dato revelador: tan sólo entre 1970 y 1973 el cine español produjo más de cien películas de género fantástico o de terror. ¿A qué se debía tal aluvión? Más de un historiador apunta al cese de la política reformista de José María García Escudero al frente de la Dirección General de Cine y Teatro -para entendernos, como la Academia de ahora pero oficialista y con mal rollo- en 1967. A García Escudero se le debe aquel invento del llamado Nuevo Cine Español: Carlos Saura, Basilio Martín Patino, Miguel Picazo, Mario Camus… Para muchos, no con mala intención el comentario, “los chicos de Escudero“. Durante su mandato el cine español vivió un nuevo código de censura, conoció la vitalidad de los cine-clubs, descubrió el control de taquilla y la cuota de pantalla, y experimentó el auge de las salas de Arte y Ensayo.

El espejismo no duró demasiado. El estallido en 1970 de la abultada deuda estatal a las productoras, para muchos una realidad sabida de antemano, condujo a los dueños de las mismas a buscar de inmediato un cine barato, rápido y sin complicaciones. Y a ser posible, con distribución asegurada en circuitos especializados. De ahí la existencia de las dobles versiones, con más celuloide y menos trapos allende los Pirineos, y la transformación, casi por obra de magia negra, de tanta sala con ínfulas culturales en otra cosa más prosaica.

Ya me entienden: de la etiqueta de Arte y Ensayo mostrada con orgullo de empresario resabido se pasó, sin demasiados problemas, a colgar el atractivo cartelito de “Clasificada S” en las taquillas. Sin duda, el español de a pie encontró dentro de la sala oscura del cine, durante aquellos no tan lejanos años, la evasión perfecta a tanta represión que les esperaba fuera en las aceras.

Ahora, con el paso del tiempo, estos monstruos de saldo, estos terrores de nuestra infancia, no pueden sino despertar ternura. Los otros monstruos, los verdaderos, vivían todavía entonces entre nosotros. Pero vayamos por partes…

Resultaría de inaudito interés que algún cronista estudiara la eclosión de las monster movies en nuestra maltrecha cinematografía de la época. No es España, recuerden, un país con tradición en licántropos, vampiros, momias o científicos chiflados. En literatura la sombra de Bécquer ha sido siempre alargada y en cine tan sólo encontramos hasta aquellos años cierto acercamiento al género terrorífico con las simpáticas intrigas de Edgar Neville (“La Torre de los Siete Jorobados”, 1944) o el magnífico thriller que aun hoy resulta ser “El Cebo” (1958) de Ladislao Vajda. La razón de esta invasión a finales de los sesenta de tanto colmillo hambriento, tanto hombre lobo atormentado y demás criaturas de la noche escapa en un principio a toda razón lógica, si exceptuamos lo apuntado un poco más arriba.

Lo que sí parece poner de acuerdo a todos los estudiosos es el zarpazo a la cartelera que marca el inicio del género: el estreno en 1967 de “La Marca del Hombre Lobo”, de Enrique López Eguiluz. Guionizada por el inefable Paul Naschy y primera aparición de ese mito del terror hispano que es Waldemar Daninsky, su personaje, esta película encarnó a la perfección aquello que los españoles buscaban: el cine de pipas. Para sentarse junto a la chica de turno y que ésta se agarrara bien fuerte en los sustos a uno, vamos. Convendría preguntarse cuántas parejas habrá formado el Sr. Naschy a aullido limpio: la secuela de este filme, “La Noche de Walpurgis”, del añorado Leon Klimovsky, estrenada en 1970, recaudó la friolera de 27 millones de pesetas durante sus tres años de exhibición.

El poderoso influjo de la luna no logró, en cambio, que el hombre lobo escapara a la censura. En un principio, Waldemar debía llamarse José, Huidobro de apellidos y asturiano por más señas, y no tendría que haber sufrido su maldición en las lejanas tierras polacas…

No es el único clásico del terror español. Otro indispensable, Jesús Franco, tiene el honor de haber creado un científico loco capaz de competir en maldades con Fu Manchú y en carisma con Mabuse. Otros dos mitos, por cierto, tratados por Franco con desigual fortuna en diversas entregas. Pero es el Dr. Orloff quien le otorga al cineasta de los mil seudónimos tal privilegio, desde una de las primeras muestras de cine fantástico en nuestro país. “Gritos en la noche” (1961), para muchos lo más sólido de la incombustible filmografía del director, se beneficiaba además de la expresionista fotografía de Godofredo Pacheco y la interpretación de Howard Vernon, actor fetiche del tío Frank desde ese día.

Este científico empeñado en reconstruir el cuerpo desfigurado de su hija con retales de otras chicas fue tan sólo el padre putativo de una estirpe de mad doctors que llega hasta nuestros días: el Dr. Cagliostro de “La Maldición de Frankenstein” (otra creación de Franco), aquel Narciso Ibáñez Menta atrapado en una silueta de mujer en “Odio mi cuerpo” (Leon Klimovsky, 1973), el cirujano encarnado ¡por Fernando Rey! en “La cara del terror” (Isidoro M. Ferry y William Hale, 1962) y reivindicable precedente patrio del “Darkman” de Raimi

Graduación cum laude para Farkas, trasunto del villano creado por Fritz Lang que Jess Franco -cómo no- inmortalizó en su delirante “La Venganza del Dr. Mabuse”. Como botón de muestra, su sinopsis: tras huir de la justicia internacional, Mabuse se oculta como farero murciano (¿?), intentando apropiarse de la voluntad humana mediante residuos de piedras lunares (¡¿?!) y formar un ejército de robots para dominar el mundo. Impagable.

Como impagables resultan también algunas recreaciones del mito vampírico en aquellos años. Desde las tempranas parodias -“Escala en Hi-Fi”, “Un vampiro para dos”- hasta los burdos subproductos de finales de los setenta (“El extraño amor de los vampiros”, “El pobrecito Draculín”, réplicas infames de “El baile de los vampiros” y “El jovencito Frankenstein”, respectivamente), el Conde Drácula y su corte de vástagos, allegados y vampiresas de buen ver no han tenido demasiada suerte en tierras españolas. Más le hubiera valido al noble rumano haberse quedado en el ataúd, durmiendo el sueño eterno.

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Excepciones las hay, no obstante. Aunque por distintos motivos: el clasicismo impostado de “El Conde Drácula” (1969) aportado por Jesús Franco y un reparto de campanillas (Christopher Lee, Klaus Kinski, Herbert Lom), el aroma a tebeo que desprende “Malenka, la sobrina del vampiro” (1968) de Amando de Ossorio, y la revisión de la insaciable Carmilla del escritor Sheridan LeFanu llevada a cabo por Jorge Grau en “Ceremonia Sangrienta” (1973).

Pero chupasangres hubo para todos los gustos: viajeros (“El vampiro de la autopista” de José Luis Madrid, o si lo prefieren, Jim Dalavena), libertinos (“La orgía nocturna de los vampiros” de Klimovsky), espaciales (la impresionante “Terror en el espacio” de Mario Bava), incluso alguno enamorado dispuesto al último sacrificio como si fuera el antecedente castizo del Drácula coppoliano. Y si no, que le pregunten al Paul Naschy de “El gran amor del Conde Drácula” (Javier Aguirre, 1972), capaz de clavarse él mismo una estaca en el corazón por amor incondicional a una virgen…

Menos proclives a aparecer en las pantallas ibéricas han sido otros monstruos como los zombies o las momias. Los primeros, no obstante, cuentan con una representación de lujo -los caballeros templarios revividos por Ossorio en su afamada tetralogía- y un filme bandera, “No profanar el sueño de los muertos” (1974) de Jorge Grau, lograda y rapidísima imitación de “La noche de los muertos vivientes” de Romero que arrasó en el Festival de Sitges en su estreno: mejor película, mejor actriz (Cristina Galbó) y mejores efectos especiales.

Las momias, por su parte, son tal vez las peor paradas en un repaso raudo y somero por el cine de género español. Cosas del folklore nacional, supongo, que ya tenía sus momias autóctonas, la mayoría encima de los escenarios… Si sacudimos el polvo a los sarcófagos de nuestra cinemateca no es difícil encontrarse con Amenhotep, el faraón encarnado por Paul Naschy en la oscura y casi victoriana, por no decir somnolienta, “La venganza de la momia” (1973) de Carlos Aured.

Mención especial merece el engendro hibernado que despierta sin avisar creando el “Pánico en el Transiberiano “, interesantísimo e impensable cruce entre Agatha Christie y Lovecraft realizado por Eugenio Martín a la sombra de la factoría Hammer.

Hubo otro cine de terror en esas dos décadas en España. Sería un fatal error olvidar su existencia. Un cine comprometido, cuyo propósito último era más sacudir la adormecida conciencia del españolito medio que inducirlo a meter mano a la novia en las terrazas de los cines de verano: Eloy de la Iglesia (“La Semana del Asesino”, “El Techo de Cristal”), Vicente Aranda (“Las crueles”), Gonzalo Suárez (“Aoom”), Juan Antonio Bardem (“La Corrupción de Chris Miller”), incluso Iván Zulueta y Víctor Erice con sus equidistantes acercamientos al género (“Arrebato” o el vampirismo en clave lisérgica, “El espíritu de la colmena” o el mito de Frankenstein en nuestra particular tierra media).

Pero sus intenciones y resultados andaban muy lejos de ese otro cine con el que varias generaciones de niños hemos crecido, ilusionado, sorprendido y aterrorizado. La carne que alimentaba los programas dobles. El verdadero cine de barrio. ¿Para cuándo un ciclo en televisión como Dios y el Diablo mandan, con Paul Naschy como anfitrión? Tiembla, Carmen Sevilla, el día que se decidan los mandamases de La Primera, y Jacinto Molina te robe la audiencia…

LOS 4 JINETES DE LA POCA ELIPSIS


naschiPAUL NASCHY: O Jacinto Molina Álvarez (Madrid, 1934), según reza su DNI. Actor, guionista y director, acabó Ciencias Exactas pero no Arquitectura: pudo más el mundo de la farándula. Antes de enfundarse los colmillos y las prótesis capilares, fue deportista de élite (28 records nacionales absolutos en halterofilia, tres veces preseleccionado para las Olimpiadas) e ilustrador de portadas para discos de Bill Haley o Elvis Presley. Su apellido artístico lo tomó prestado de un atleta húngaro al que admiraba. Otro seudónimo menos popular es David Molva, con el que figuraba en los créditos de “Agonizando en el crimen” (1967). Debutó antes como extra en “Rey de Reyes”, producción de Samuel Bronston rodada en España. Repitió funciones en “55 días en Pekín”. Convendrá aguzar el ojo en su enésimo pase televisivo… Con casi cuarenta años de género a las espaldas, Naschy es sin lugar a dudas el actor más carismático y popular del cine español de horror. En su filmografía son habituales nombres como Javier Aguirre, Carlos Aured y Leon Klimovsky, cineastas esenciales para entender la particular concepción patria del género. Creaciones suyas inolvidables son el romántico vampiro de “El gran amor del conde Drácula”, el inquietante brujo Alaric de Marnac de “El espanto surge de la tumba” o ese Gilles de Rais encarnado en “El mariscal del Infierno”. Pero, si me permiten, mis terrores favoritos son dos: el deforme Gotho de “El jorobado de la Morgue” y Waldemar Daninsky, el hombre lobo español por derecho y zarpazos propios. Reputado documentalista -durante años, delegado en nuestro país de la NHK japonesa- y multipremiado allende nuestras fronteras, Naschy reincide ahora en el género con “Rojo Sangre”, incisivo alegato contra famosos de medio pelo disfrazado de descacharrante psychothriller.

ossorio AMANDO DE OSSORIO: Nacido en La Coruña, 1918, Amando de Ossorio es para muchos compatriotas un absoluto desconocido, pero una figura más que respetada entre los adictos foráneos al cine de serie B: hasta el magistral John Carpenter, el papá del asesino de “Halloween”, se rinde a sus pies… Su biografía depara tantas sorpresas como su filmografía. Antes de cumplir los dieciocho ya guionizaba, dirigía y montaba sus propios cortos, pero no debutó profesionalmente -como guionista y actor- hasta 1952, con “Último día”. No tardó en ser contratado como uno de los primeros publicistas de Movierecord, agencia famosa años después por su machacona musiquita. Tras varios oficios en filmes alimenticios, debutó en la dirección en 1956 con “Bandera negra”, que chocó con la censura por su denuncia de la pena capital. Contra todo pronóstico, no obstante, acabó trabajando para el NO-DO, lo que le permitió vivir holgadamente y dar rienda a su verdadera pasión, el cine de género. “Malenka, la sobrina del vampiro” llegó a las pantallas en 1968 y en un abrir y cerrar de labios convirtió a la sueca Anita Ekberg -la del chapuzón a las órdenes de Fellini en “La Dolce Vita”- en el sueño húmedo de media España.Armado de valor, a partir de la exitosa “La Noche del Terror Ciego”, inapelable hit de 1972, emprendió su Tetralogía de la Muerte Ciega, con sus esqueléticos zombies templarios. Otros filmes suyos son “La Noche de los Brujos”, una de terror en África con el Safari Madrid de Aldea del Fresno maquillado para la ocasión, la teutónica “Las garras de Lorelei” y la fallida “Serpiente de mar”, monster movie de saldo a la sombra del éxito de “Tiburón”, con un Ray Milland en horas bajas y que supuso un injusto canto de cisne para el director, fallecido desgraciadamente hace ahora tres años.

jesus_franco JESS FRANCO: El hombre orquesta: Jesús Franco Manera, el director de los mil seudónimos (Clifford Brown, Betty Carter, Pablo Villa, Lulú Laverne…). Para muchos será el Ed Wood español, pero su currículum deja sin aliento. Ayudante de Berlanga y Bardem, discípulo del músico Don Wayans (el saxofonista de Duke Ellington), amigo de Chet Baker y Orson Welles, que le escogió personalmente como director de segunda unidad en “Campanadas a medianoche”… No se vayan, aún hay más: actor sensacional en “El extraño viaje” de Fernando Fernán-Gómez y montador de una obra inconclusa de Welles, “Don Quijote”, que arrancó el beneplácito de la crítica. Tío del fallecido Ricardo Franco (“La buena estrella”), del periodista Miguel Marías (“¡Qué grande es el cine!”) y de su hermano, el escritor Javier. Y maestro de Emilio Martínez-Lázaro y Pedro Temboury (“Kárate a Muerte en Torremolinos”), entre otros. ¿Más? Triunfó en Berlín en 1967 con su “Necronomicón” y ha sido elogiado por autores tan dispares como Fritz Lang o Tarantino, quien le regaló el libreto de “Abierto hasta el Amanecer”. Fue declarado por el Vaticano “director peligroso” junto a Buñuel. Con éste, por cierto, compartió también guionista: el insigne Jean Claude Carrière, amigo íntimo con el que coescribió “Miss Muerte” y “Cartas boca arriba”. En cambio, y a pesar de tanta eminencia, hoy es recordado como el tío Jess, el más prolífico cineasta español, con más de 190 títulos a sus espaldas de los más diversos subgéneros: softcore de casquería, parodias de superagentes, peplums surrealistas… Y por ser, además, el descubridor de mitos nacionales (la malograda Soledad Miranda, su esposa Lina Romay) y terrores de andar por casa. Y por no tener pelos en la lengua: “Ahora soy mucho más radical que a los 25 años”, afirma. Dios nos coja confesados…

chicho_ibanez CHICHO IBÁÑEZ SERRADOR: El creador de Ruperta nació en Montevideo, Uruguay, allá por 1935, en plena gira de sus progenitores, actores de pura cepa, Narciso Ibáñez Menta y Pepita Serrador. Como Ossorio, fue un niño reservado, alejado de la calle y refugiado en los libros. Gran parte de culpa la tuvo que padeciera púrpura hemorrágica, una variante de la hemofilia. Tras el bachillerato, el joven Chicho, al fin curado, decide que ha llegado el momento de descubrir un mundo hasta entonces vetado. Sin dudar, se enrola en un mercante turco y trabaja como camarero, fotógrafo e incluso como presentador en una sala de fiestas de El Cairo. Tal vez ahí le pillara el gusto a eso de ejercer como maestro de ceremonias… Antes de cumplir los 18 ya es corresponsal de guerra en Egipto. Pero la tradición familiar pesa lo suyo y Chicho no tarda en seguir los pasos de sus mayores. Tras ser maquinista, apuntador, electricista, regidor y actor, dirige su primera obra, “El zoo de cristal” de Tennessee Williams. En 1959 estrena “Aprobado en Inocencia”, ya bajo el seudónimo con el que firmará sus escarceos literarios, Luis Peñafiel. El éxito en la televisión argentina le abre las puertas de nuestro ente público. “Estudio 3″, “Mañana puede ser verdad”, “La historia de Saint Michel”, “Historias de la frivolidad” y, sobre todo, “Historias para no dormir”, son éxitos sucesivos. En 1969 prueba suerte en el cine con “La Residencia”, claustrofóbico filme de terror enfundado en corsé de qualité. No repetiría hasta siete años después, con “¿Quién puede matar a un niño?”, variante insular de “El pueblo de los malditos” con denuncia social incluida. Entre ambas, en abril de 1972, “Un, dos, tres… responda otra vez” se cuela en los hogares de toda España. El resto es historia. Y educación sentimental de varias generaciones.

¡OZÚ QUÉ MIEDO! 5 NOMBRES PARA NO DORMIR


leon_klimovsky LEÓN KLIMOVSKY: El cine fantástico español, para bien y para mal, no sería el mismo sin él. Hijo de emigrantes ucranianos, fundador del primer cine-club en Argentina, amigo de Borges y Sábato y dentista durante 15 años antes de dedicarse al cine. Debutó adaptando “El jugador” de Dostoyevski y acabó en España dirigiendo “Escala en Tenerife” con El Dúo Dinámico. Un todoterreno.

patty_sheppard PATTY SHEPARD: Nació en Carolina del Sur, pero Patricia Morán Shepard encarnó como nadie la belleza gélida y morbosa que sin duda han de tener las vampiras transilvanas. La chica del coñac Fundador aterrorizó a más de uno en “La Noche de Walpurgis”, “Los Monstruos del Terror” o la más seria “El techo de cristal”. Y de paso, les calentó la entrepierna.

JAVIER AGUIRRE: Otro que sorprende. Igual le daba por el cine experimental -fue el creador del Anticine, un primo mayor del Dogma, con cortos como “Fluctuaciones entrópicas” o “Che che che”- que por la casquería en formato castizo (“El jorobado de la Morgue”). Dato para despistar aún más: en 1961 encargó la primera música electrónica española al compositor Luis de Pablo. Un visionario este Aguirre

helga_line HELGA LINÉ: Mujer de armas tomar, Helga Line Stern se ganó a pulso y ciñendo minifalda la admiración de los adictos a los terrores hispanos. Bailarina, contorsionista y modelo, la alemana cautivó en películas como “La saga de los Drácula” o “La orgía nocturna de los vampiros”. En los 80 se recicló con Almodóvar (“Laberinto de pasiones”, “La ley del deseo”) y como la irritante madre de Javi en “Verano azul”.

howard_vernom HOWARD VERNON: El rostro de Orloff. Actor suizo -su verdadero nombre era Mario Lippert- sin miedo alguno al ridículo. Bucear en su filmografía supone viajar de la contención (Melville, Frankenheimer, Zinnemann) al exceso (Vadim, Jeunet y Caro). Lo mejorcito: sus desmanes para Jesús Franco y su último personaje, el viejo que vivía rodeado de caracoles en “Delicatessen”.

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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