La protesta es la belleza

Phil Ochs “Pleasures of the Harbor” (A & M, 1967)


“Limpiad las letrinas con un trapo / Podéis usar vuestra bandera / Somos ricos y buscamos diversión / Las armas y la gente serán de verdad / Pero pagaremos con gusto por los destrozos / Porque somos los policías del mundo.” El Phil Ochs (1940-1976) de “Cops of the World” (1965) resuena actual, contundente y profético, convertido entonces en fugaz emblema de la canción protesta norteamericana. Después de tres álbumes de ortodoxa militancia, el tejano volcó inspiración y locura en una nueva vuelta de tuerca que alejaba su mudable figura del tópico y el lugar común. La pista de despegue se llamó “Pleaures of the Harbor”.

 

Aunque en una letra más reducida de la que merece, vida y obra de Phil Ochs ocupan una parcela de obligada parada y fonda en la memoria de la música contemporánea. En ella se habla de un joven atormentado por su enfermedad mental -diagnóstico: maníaco depresivo-, inquieto durante sus años universitarios en Ohio además de fascinado por Pete Seeger y Woody Guthrie a partir de su traslado a Nueva York a comienzos de los sesenta. Su amigo -y obsesión- Dylan le dijo: “No eres un cantante folk. Tú te dedicas al periodismo”. Y Phil Ochs radiografió en sus acústicas canciones dominadas por su clara, hermosa y poderosa voz, los valores y denuncias que buscaban cambiar el mundo con la música como aliado. 1967 trajo un giro estético que aupó la música a la misma jerarquía que sus textos. Acababa de dejar Elektra para firmar por A&M, había pasado de Nueva York a Los Angeles y Larry Marks tomaba las riendas de la producción sin ocultar el deseo de expandir audiencias.

“Pleasures of the Harbor” vio la luz en noviembre de 1967, precedido por la edición del single “Cross my heart” / “Flower Lady” que también formarían parte del álbum. El músico tejano había escrito la canción que bautizó el disco influenciado por el film “The Long Voyage Home” (1940) (aquí “Hombres intrépidos”) de John Ford. A modo de película, sus ocho canciones expandieron en espacio y tiempo -cuatro superaban los ocho minutos- sus posibilidades creativas, recalando en formatos camerísticos (“I´ve Had Her”), el ragtime -con un”Outside of a Small Circle of Friend”, que señalaba con ironía la indolencia política-, la disonancia orquestal -esa maravilla llamada ”The Crucifixion” tratando el ciclo vida/muerte conectado al asesinato de John Fitzgerald Kennedy- e incluso el sinfonismo absolutamente bien entendido en la impresionante canción titular. Las expresiones orquestales de Beatles y Beach Boys lo empujaron a redimensionar sus nuevas canciones con ricos arreglos de cuerda y viento firmados por Ian Freebairn-Smith y el gran Joseph Byrd (líder de los indispensables The United States Of America), además de coronarlas con el conmovedor piano de Lincoln Mayorga. Todo ello aportó una unidad conceptual esparcida en unos textos que ganaron en matices, conjugando la ácida crítica política y social con un barniz poético repleto de sugerencia pero también de desolación.

El álbum vendió más que ningún otro disco de Ochs, convertido en espejismo comercial de una trayectoria que se diversificaría creativamente -el no menos necesario “Rehearsals for Retirement” (69) sirve de ejemplo-, a veces incomprendida por sus mismos seguidores. El 9 de abril de 1976, un Ochs destrozado en su ideal, castigado por el alcohol y acosado por su activismo (“El país y yo nos deterioramos simultáneamente”, dijo) daría carpetazo a su depresión ahorcándose en el cuarto de baño de su hermana Sonny. Tenía 35 años. En las notas interiores de este portentoso álbum quedó plasmada una de las vigentes claves de su filosofía: “En tiempos tan amenazantes, la verdadera protesta es la belleza”.

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Salvador Catalán


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