El camino equivocado

Wrong Way Movies

Cabañas perdidas en mitad de ningún sitio. Desvíos equivocados y decisiones aún más erráticas. Espíritus sepultados en oscuros rincones aguardando su oportunidad. Psychokillers agazapados entre los árboles con el arma a punto. Y jovencitos viajando por unas carreteras secundarias que no llevan a ninguna parte… a salvo. El subgénero del wrong turn -si me permiten el anglicismo- parece estar en mejor forma que nunca. Los estrenos, casi simultáneos, de “Km. 666″, “Dead End” y la nueva versión de “La Matanza de Texas” así lo prueban. El lugar equivocado está de moda, excursionistas. Permítannos mostrarles los antecedentes, hechos y consecuencias de un nuevo mito del terror. Eso sí, procuren no apartarse del camino…

 

Las raíces de la enfermedad, de tanto celuloide malsano con víctimas mutiladas por el psycho de turno en parajes no recomendados (para menores de 18 años), no conviene buscarlas en las pantallas. Me explico: si indagamos en el árbol genealógico de este subgénero tan lucrativo, el del camino equivocado, es fácil toparse con toda esa tradición de cuentos que nos asustaron cuando aún no levantábamos dos palmos del suelo. ¿Recuerdan a Hansel y Gretel, esos dos angelitos que tuvieron la mala suerte de encontrar una cabaña construida con tantos dulces que se les acabaron atragantando ? ¿Y a la pobre Caperucita desviándose del camino para ser manoseada por un lobo pervertido con afición al travestismo y acabar siendo carne de diván para psicoanalistas? Piensen, piensen… y comprobarán como esos bosques de nuestra infancia, tan amenazadores desde las ilustraciones de nuestraColección Clásicos Universal, no andan tan lejos de Crystal Lake, el hogar de Jason Voorhes…

Pero, teorías aparte, el más claro antecedente de las wrong way movies tiene lugar en los recovecos de un cine, el de los sesenta y primeros setenta, tan convulso como inspirador. Corría el año 1964 cuando al bruto de Herschell Gordon Lewis le dió por inventar un término, el gore, y sacudir las plateas de Norteamérica con una pesadilla rodada en colores pop teñida de hemogoblina. “2000 Maníacos”, que así se llamó el delirio, contaba de forma burda pero exitosa la historia de Pleasant Valley, un pueblo fantasma donde tuvo lugar una de las más bestiales masacres de la Guerra de Secesión. Y, como cada cien años, los lugareños reaparecen para celebrar el acontecimiento por todo lo alto: mutilando, destripando y descuartizando a todo turista despistado que comete el error de tomar el desvío -trucado- para Augusta.

Vista hoy, cuando cualquier abuelita recibe su ración diaria de sangre fresca ojeando los realityshows, la obra de H. G. Lewis (con títulos posteriores tan explícitos como “Blood Fest”“The Wizard of Gore”) no asustaría ni a un parvulario, pero en aquellos años aún tan inocentes levantó más de una ampolla. Eso sí, sentó de manera ruidosa las bases de una tipología aún por llegar y que. con el tiempo, se haría clásica: desvíos poco afortunados, chicas neumáticas (aquí la playmate Connie Mason, nada que ver con Charles, y Linda Cochran, otra mujer de armas tomar) y rednecks de pueblo con un odio visceral por los chicos de ciudad. Incluso la banda sonora presentaba a unos Pleasant Valley Boys, hillbillies de pro, que marcarían con los compases de sus banjos el devenir del género.

Pues los banjos vuelven a aparecer en la primera obra maestra de dicho subgénero: “Deliverance”. Cuatro años después del simpático desmán perpetrado por Lewis, al británico John Boorman, que por entonces sólo había cosechado cierto éxito con la negrísima “A quemarropa”, le dio por hacer las maletas y plantarse en mitad de ningún sitio. Ambientada en la América más rural, “Deliverance” es un cuento -no podía ser de otra manera- de terror gótico, pero de gótico americano, por supuesto.

¿La historia? Cuatro tipos de ciudad que, buscando su comunión con la Naturaleza -así en mayúsculas- en una excursión, acababan topándose con unos paletos (¡otra vez!) que los sometían a todo tipo de vejaciones y descubriendo lo frágil que es la naturaleza humana, así en minúsculas. Momentos a retener en la memoria: el duelo de banjos entre Ronnie Cox y un retrasado del pueblo, y la violación de Ned Beatty por parte de uno de los desagradables asaltantes. Terror en estado puro.

Y ese terror llamó a la puerta. El mismo año, 1972, un jovencísimo Wes Craven, aún muy lejos de compartir lecho y pesadillas con Freddy, volvía a remover la moral -y los estómagos- yanquis con una modesta película tan hortera y barata como efectista y exitosa. “La última casa de la izquierda”remake más tarde confesado de la menos zafia y más intelectualoide “El Manantial de la Doncella” de Ingmar Bergman, contaba con todo lujo de detalles las desventuras de dos chicas violadas y asesinadas por una pandilla de lunáticos -la impagablefamilia Stillo- tras perderse caminode un concierto y la posterior venganza llevada a cabo por sus respectivos padres. Burda, estridente y a ratos risible, cuenta, eso sí, con una de las mejores frases publicitarias del cine moderno: “Repítete a ti mismo… Es sólo una película… Es sólo una película…”.

Y Craven, supongo, fue el primero en repetírselo. De ahí que reincidiera tanto en el género. Cinco años después, en 1977, llegaba a las pantallas la primera parte de “Las Colinas tienen Ojos”. Nueva vuelta de tuerca al tópico de la familia perdida en parajes agrestes, la tosca película de Craven bebía tanto de los conocimientos antropológicos del director (no en vano Craven, profesor universitario, conocía la historia real de Sawney Beaney su demencial familia, un clan de antropófagos que aterrorizaron las highlands escocesas en pleno siglo XVI) como de un clásico recién llegado al género pocos años antes, “La Matanza de Texas”. Lo mejor del filme, unMichael Berrymanfreak por naturaleza y méritos propios y desde entonces habitual en subproductos infames, persiguiendo a Dee Wallace Stone, la mamá del Elliott en “E.T.”, con evidentes intenciones lascivas.

Y es que los setenta llegaban a su fin, con la sombra alargada de Leatherface extendiendo su abyecta influencia.“La Matanza de Texas” se estrenó en 1974, y se convirtió en un repentino y fulminante éxito. No tardarían en llegar secuelas, imitaciones y demás mutaciones que buscaban con ahínco explotar el balbuceante terror adolescente. Tobe Hopper encontró el filón en esta historia macabra de jovencitos en mitad de un mal viaje, hospedados a su pesar en la casa de los horrores del mastuerzo con la cara de cuero y su linaje de pirados. Inspirándose levemente en las hazañas reales de Ed Gein, que también fuera el modelo de Norman Bates, Hopper sentó cátedra con un filme inquietante, a mitad de camino entre el cinema verité y la ficción pesadillesca. De ahí al boom en los ochenta de las llamadas slasher movies sólo había un (mal) paso.

Y llegaron los ochenta. Y con ellos, como decimos, el auge del subgénero con dos cimas imperecederas(“Viernes 13″, de Sean S. Cunningham“Posesión Infernal”, de Sam Raimi) y un sinfín de subproductos (“El Día de la Madre”, “Body Count”“Las Colinas tienen Ojos II”…).

La stalker movie de Cunningham supuso un tremebundo e inexplicable éxito mundial, amén del nacimiento de uno de los psychokillers por excelencia del cine moderno, Jason Voorhes. Aunque muchos ya sabréis por “Scream” que no, que quien en realidad asesinaba en aquella primera parte era… ¿De verdad pensáis que vamos a desvelarlo? Corred al videoclub más cercano y devorad el dvd recién editado, donde descubriréis el enigma y, de paso, a un Kevin Bacon todavía con acné ensartado cual pincho moruno después de un calentón veraniego.

Por su parte, el genio indómito de un jovenzuelo llamado Sam Raimi dinamitó las convenciones de un género, reinventándolo. Revulsivo ejercicio de estilo, festival del exceso, carrusel del sobresalto, feria de la carne, “The Evil Dead” (título muchísimo más acertado que su traducción) llenó las pantallas de hemogoblina y mala baba. Deudor a partes iguales del espíritu de tío Hitchcock (Raimi sabía dosificar el suspense en un crescendocontinuo: el susto nunca llega a la primera, ni a la segunda, ni…) y del cachondo de Tex Avery (hay mucho decartoon en los trompazos del protagonista, un Bruce Campbell sosias de Silvestre, el gato), Raimi lograba sacudir a la audiencia en una comunión de sangre, risas, espasmos y vísceras que marcaría toda una época, daría pie a una grandguiñolesca trilogía y sería el disparo definitivo de salida para la carrera comercial de un género, el gore. Y de, a la postre, un subgénero, el de las pelis con camino equivocado, que tras la friolera de veintitrés años, amenaza con hacerse un hueco de nuevo en nuestras pantallas. Sea como sea.

Con Evil Dead, Raimi lograba sacudir a la audiencia en una comunión de sangre, risas, espasmos y vísceras que marcaría toda una época, daría pie a una grandguiñolesca trilogía y sería el disparo definitivo de salida para la carrera comercial de un género, el gore.

2004. Estamos lejos del año imaginado por Kubrick y no hay ni rastro del monolito, a no ser que lo confundamos con ese mamotreto de la PS2. Y encima, tras las últimas excursiones galácticas, parece ser que de vida allá en el espacio, nones. Así que el hombre de a pie vuelve a mirar hacia el bosque y se pregunta: “¿Y si el verdadero terror, lo desconocido, está ahí justo al lado, entre los árboles?”.

El éxito internacional de pequeñas producciones como la filogay y excelente “Jeepers Creepers”, la ingeniosa“Cabin Fever”“La Casa de los 1000 Cadáveres”, tan referencial como desquiciada, ha descubierto un atajo que conduce directamente a la taquilla, aún con riesgo de parecer políticamente incorrecto.

Tres nuevas producciones se suman este mes al suculento subgénero. Dos de ellas son remakes, inconfesos o no, de clásicos de la vieja escuela. “Km. 666″ (o “Wrong Turn”, en el original, por si quedaba alguna duda) es una versión encubierta de “Las Colinas tienen Ojos”, cambiando a la familia en apuros por jovencitos en líos. Dirige el semidesconocido Rob Smichdt (su anterior filme fue una adaptación teenager de… ¡”Crimen y Castigo” !) y protagonizan rostros habituales del terror adolescente: Desmond Harrington (“The Hole”), Jeremy Sisto(“May”) y Eliza Dushku, la Faith de “Buffy Cazavampiros”. La historia la firma Alan McElroy, en cuyo haber se encuentran joyas del cine trash como “Halloween 4″, “Spawn” o el último bodrio de Banderas, “Enemigos: Ecks Vs. Sever”. Como comprobarán, su historial da más miedo que los caníbales que persiguen a los protagonistas…

Mejor pinta tiene la puesta al día de “La Matanza de Texas”, a pesar de estar producida por Michael Bay, el cineasta de un plano por segundo. Dicen las críticas del otro lado del charco que el debutante Marcus Nispel no ha escatimado esfuerzos en potenciar el lado sórdido del relato. Si a tales rumores añadimos la presencia del guionista Scott Kosar, el nuevo niño mimado del cine de terror estadounidense (suyos son los libretos de “The Machinist”, lo próximo de Brad “Session 9″ Anderson y el inminente remake de “The Amityville Horror”), bien podemos afilar nuestros colmillos…

Y para terminar, la joya, por supuesto bien mohosa, de la corona: “Dead End”, de los también noveles Jean-Baptiste AndreaFabrice Canepa, flamante vencedora en la última Semana Internacional de Cine Fantástico de San Sebastián. Elevada a la categoría de película de culto desde su paso por diversos festivales, “Dead End” reincide en la temática que vertebra este reportaje: el hatajo que nunca debiste coger… Onírica, desasosegante y con cierto toque lynchiano, cuenta también con un casting sin nombres de relumbrón pero sí de probada eficacia:Lin Shaye, la vecinita con sobredosis de rayos uva de “Algo pasa con Mary” y habitual en los despropósitos de los hermanos Farrelly, y un cada día más sólido Ray Wise -secundario a reivindicar-que parece haberle cogido el gusto a los sobresaltos tras su descomunal interpretación de padre vengador en “Jeepers Creepers II”.

Y es que, como bien decía uno de los protagonistas de “Deliverance”, la precursora cinta de Boorman: “Algunas veces hay que perderse uno mismo para poder encontrar algo”. Pero vigilen por dónde lo hacen…

BREVE DICCIONARIO PARA ENTENDER UN (SUB)GÉNERO


Psychokiller. Dícese del tipo raro y con problemas de comunicación que caza, asesina, descuartiza, destripa, decapita o desmiembra a sus víctimas, llevándose el aplauso inmediato del público.

Wrong Way Movies. Películas, preferiblemente de terror, que demuestran la razón que llevan las madres al decir aquello de “te dije que por ahí no cogieras”.

Gore. Literalmente, sangre espesa. Cinematográficamente, mal rollo. A no ser que se tome con humor, léase el primer Peter Jackson, aquél de “Mal Gusto” y “Braindead”. En español, casquería.

Redneck. Paleto, usualmente de pocas palabras y muy mala leche.

Hillbilly. Como el anterior, pero con gusto por las camisas de felpa a cuadros y aficionado a tocar el violín o el banjo. Y como el anterior, tampoco es de fiar.

Slasher Movie. Toda película en la que los jovencitos huyen aterrorizados después de un buen revolcón, al percartarse de que el tipo raro que parecía que estaba masturbándose dos metros más allá, en realidad llevaba un hacha entre las manos, y no otra cosa. Sí, usualmente los que huyen mueren de forma horrible.

Stalker Movie. Como las anteriores, pero en fino.

Narciso Ibáñez Serrador. No, no es una errata. Es el único cineasta español -junto al Olea de “El Bosque del Lobo”, quizá- que ha probado suerte en el género con indudable solvencia. La prueba, “¿Quién puede matar a un niño?”, o “El pueblo de los malditos” versión cañí. Nunca el turismo español lo tuvo tan chungo…

 

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Tali Carreto

Siempre me tiró el lado oscuro: de renacuajo me metía debajo de las sábanas con una linterna y un libro. Menos mal que no me dio por las velas. Luego llegaría la sala del cine: tengo el record mundial de visionados de "Tiburón". Y al final, los antros: en una ocasión una chica se rompió el tobillo bailando lo que yo pinchaba. Literalmente. Catacrack. Pero un día vi la luz y con los Guisado bros. como jedialiados alumbré al mundo la FREEk!, el Monkey Week y algún que otro sarao interplanetario. No está mal para alguien que no sabe girar a la izquierda, como Zoolander.


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